La abstinencia, ya sea alcohólica o sexual, está histéricamente sobrevalorada. Pero se pone terriblemente de moda por estas fechas, después de los excesos y cabalgatas, cuando el foie se ha hinchado tanto más de la cuenta como el bolsillo ha disminuido.
Los buenos propósitos de inicios de año parecen dictados por un nuevo ejército de salvación de influencers de aspecto tristón. Cierto que hemos pasado de las inglesas largas y tiesas que gritaban a las puertas de los saloons del Far West a una nueva especie de criaturas asépticas de sexo incierto que beben té con fruición, pero su propósito es el mismo: la Ley Seca que tanto ha perjudicado a la civilización a lo largo de la Historia.
En el mundo angloamericano lo llaman Dry January, Enero Seco, y goza de especial consideración desde el final de ese espantoso virus creado en un laboratorio para confinar-confitar la vibrante humanidad, pero su puesta en marcha siempre ha sido más complicada en los países latinos de oro, seda, sangre y sol. Aunque en la cosmopolita Ibiza –no así en la invernal y espléndidamente solitaria Formentera, que sigue bebiendo como si no hubiera un mañana—, encuentro algunos seguidores que te predican sus propósitos abstemios a la mínima de turno. Incluso doy fe que hay una reputada sede de periodistas en Palma de Mallorca donde a veces me invitan generosamente a comer, pero no sirven siquiera vino o cerveza, como si estuviéramos en Afganistán. ¿Imagináis un frito o un arrós brut, una empanada o un tumbet pasados por coca-cola? ¡Tremendo desvirgar! Cual contrabandista ahora siempre porto alguna botella que comparto con los sedientos, ante las lágrimas de emocionada alegría del cocinero y alguna mirada envidiosa, que los talibanes, como los puritanos, acechan por todas partes.