Este 20 de enero, día de San Sebastián, se cumplen 19 años de la primera y única manifestación de guardias civiles de uniforme que tuvo lugar en la Plaza Mayor de Madrid en 2007. Miles de funcionarios, con el tricornio puesto, reclamaban derechos y dignidad al gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero (PSOE). Se incoaron una veintena larga de expedientes disciplinarios a los representantes de la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), entre los que yo destacadamente me hallaba como secretario general de la organización convocante de la concentración. Pero tras una ardua negociación, el Consejo de Ministros aprobó el 15 de marzo, apenas dos meses después, dos anteproyectos de ley orgánica que recogían el grueso de nuestras reivindicaciones. Aquel 20 de enero sabíamos perfectamente lo que estaba en juego. En una institución militar, con querencia por un uso desmedido del régimen disciplinario, un acto como aquel sería interpretado como toda una provocación y, por tanto, sus cabecillas serían depurados. Llegaron los expedientes y las sanciones. Pero lo más incómodo no fue el castigo, sino el intento de amedrentar y silenciar a la organización mayoritaria de guardias civiles. Intento vano, por otra parte. ¿Valió la pena? Sí, porque el miedo es un instrumento de mando, y aquel 20 de enero quedó desactivado a la vista de todos. No soy un héroe; sólo soy un hombre sencillo que no teme a nada. Y soy coherente y la coherencia siempre pasa factura. Sin embargo, hay facturas que se pagan con la cabeza alta. Asumí ese coste con estoicismo porque callar sale más caro ya que te roba la dignidad. Y yo, en eso, soy inflexible y no negocio. Escribió el insigne poeta catalán mosén Jacint Verdaguer: «Arribaren a creure que podien pendre’m per joguina i que, com lo blat en l’era, podien fer-me ençà i enllà amb una forca de ventar». Lo suscribo.
Opinión
Principios y dignidad
Joan Miquel Perpinyà | Ibiza |