Buena parte de los españoles tenemos desde el domingo la terrible sensación de que nada de lo que creemos seguro lo es. En Adamuz han muerto decenas de personas en un accidente ferroviario inexplicable. En Gelida ha fallecido un aprendiz de maquinista en otro accidente menos explicable aún. A pesar de lo accidental, ambos siniestros se veían venir desde hace tiempo. Mientras escribo esta columna, el derrumbe institucional de España parece imparable: Adif va como pollo sin cabeza; Óscar Puente dice que los maquinistas van a la huelga porque están emocionados; el NYT encuentra una pieza clave para la investigación de lo de Adamuz; se ha filtrado un audio a un medio del PSOE (te tienes que descojonar) en el que no se sabe quién tiene menos vida, si el maquinista del Iryo o el controlador de Atocha; Rodalies está paralizado porque, claro, en Cataluña enseguida se echan a la calle y prenden fuego a todo lo que puede quemar; en RTVE nos dicen que el cambio climático es la causa del accidente de Gelida, que las ruedas de los trenes son cuadradas y que Franco tiene la culpa de todo.
Mientras tanto, Puente sigue tuiteando. Hoy trolea menos de lo habitual, pero no suelta la app. Es ese señor que nos tiene sin convenios de carreteras en Ibiza y Formentera porque le sale a él del cipote. No hay otra explicación aunque ahora en Formentera los socialistas digan que, para recibir la pasta estatal a la que tenemos derecho, antes hemos de cambiar el modelo de movilidad. Con dos cojones.
Sufrimos desde 2018 el peor gobierno de la democracia. El más contrario a los ciudadanos. Un gobierno presuntamente corrupto que destroza todo lo que toca y que pasará a la historia como el que reventó un país en el que hoy solo tienen esperanza quienes viven de lo público y aquellos que pagan la mordida correspondiente para seguir forrándose a costa del ciudadano. Este socialismo llegó a bordo de unos trenes cargados de sangre. Conviene no olvidarlo. Nunca.