Unos chiflados maravillosos desafían con sus kitesurf al temporal pero cortejan a Ingrid. En la bahía de San Antonio la luz esplendorosa tiñe tornasoladas las olas gigantescas y ellos practican cabriolas bajo un sol que estalla de alegría. Si la aventura es buena forma de robarle tiempo a la muerte, si la acción es refugio de los desesperados, ¡qué arte tan noble y saludable es vivir jugando!
Cuestión de pasión, de vivir plenamente, de hacer un corte de mangas a tanto bolas triste que nos quiere sometidos por el miedo, encerraditos en casa, hipnotizados por la TV o la pantalla de un telefonino onanista. Hoy varias generaciones de niños viejos se pierden la magia del momento porque han olvidado cómo jugar y vegetan a través de una pantalla. Dicen que se aburren cuando tienen la naturaleza fabulosa a su alcance en estas divinas Islas Pitiusas: pasear por la campiña orgiástica y descubrir nuevos rincones insólitos, cuevas que siempre guardan un tesoro y fuentes que te bautizan con nuevos deseos, cabalgar y gritar de éxtasis como la amazona taoísta: los cascos de mi caballo me acercan el perfume de las flores que pisan; salir a la mar que eternamente otorga un aura de libertad y sana las tristezas, erotizándote de nuevo con la vida, que así es nuestro estado original pese a los vulgares domadores del más bajo denominador común.
¿Cultura? Por supuesto torna más amable la vida. Literatura, música, poesía, danza, pintura… que permiten darte cuenta de aquello que cantan bardos y espíritus libres al afirmar que la diversidad es la sirena del mundo, que la imaginación es la voz del atrevimiento. Quien cuenta los costes del gozo se pierde el paraíso.
Nos quieren en casa y aburridos pero como diría Belmondo. La Aventura es la Aventura.