El Parador de Ibiza por fin abre. Lo hace tras casi dos décadas de obras, paralizaciones, rediseños, hallazgos arqueológicos y sobrecostes, y una paciencia institucional que ya forma parte del patrimonio inmaterial de Dalt Vila. El antiguo castillo, emblema histórico y símbolo urbano de la isla, se estrena como establecimiento hotelero de alta gama, con spa, restaurante y vistas privilegiadas. Desde las instituciones se habla de recuperación patrimonial, turismo cultural, excelencia y sostenibilidad, etc. Pero basta rascar un poco para darse cuenta de que el proyecto tiene grietas.
El hotel de Dalt Vila, que será inaugurado el lunes 23 de febrero, nos ha costado la friolera de 47 millones de euros. Cuenta con 66 habitaciones, pero solo 41 de ellas serán comercializadas para hospedar a clientes del Parador. Las 25 restantes serán destinadas a alojar a los propios trabajadores del establecimiento. Casi el 40%. Es la prueba más descarnada del fracaso colectivo que supone la emergencia habitacional en Ibiza.
El Parador, concebido para alojar visitantes, acabará funcionando en buena medida como residencia laboral. Una especie de gran casa cuartel, salvando todas las distancias históricas y simbólicas, donde empleados y lugar de trabajo se funden bajo el mismo techo. Como en los viejos cuarteles de la Guardia Civil, donde vida laboral y vida particular se confundían.
Que una empresa pública del Estado —Paradores de Turismo S.M.E., S.A.— asuma que buena parte de su plantilla —60 empleados— no podrá encontrar vivienda en Ibiza y que, por tanto, haya que dejar de comercializar el 37,87% de las habitaciones para que los trabajadores tengan dónde vivir dignamente, es un síntoma grave. Significa que el problema no es coyuntural, ni estacional, ni fruto de picos turísticos. Está estructuralmente asumido, normalizado e incorporado al modelo de negocio.
¿Cómo se piensa hacer rentable un hotel que solo comercializará el 62,13% de su capacidad total? Eso es algo que solo el sector público se podría permitir. Ninguna hotelera, por eficiente y productiva que resulte, podría hacer algo semejante.
Durante años se nos ha dicho que la crisis de vivienda en Ibiza es compleja, multifactorial y difícil de abordar, lo cual es muy cierto. Lo que ya no lo es tanto es seguir tratándola como una externalidad inevitable. Cuando un hotel público necesita reservar decenas de habitaciones para alojar a sus propios empleados, se evidencia una realidad sonrojante.
La paradoja es brutal. Un establecimiento pensado para atraer turismo de alto poder adquisitivo todo el año solo puede operar garantizando alojamiento interno a camareros, recepcionistas, cocineros, camareras de piso o personal de mantenimiento. Los mismos trabajadores que, fuera de esos muros, compiten en un mercado imposible, con alquileres desorbitados y una oferta habitacional escasísima y a menudo inasumible. El Parador no soluciona el problema, sino que lo encapsula.
Se dirá que es una medida pragmática, responsable e incluso social. Y lo es, pero en el corto plazo. Mejor eso que trabajadores durmiendo en coches, caravanas, infraviviendas o chabolas. Pero no nos engañemos: esta solución es también una confesión. La admisión tácita de que Ibiza no es capaz de alojar dignamente a quienes la sostienen.
El Parador de Ibiza será, sin duda, un éxito turístico. Pero también es un incómodo recordatorio de hasta qué punto la isla ha asumido como normal lo que debería ser una anomalía. Que en pleno 2026, en uno de los destinos más rentables de Europa, trabajar y vivir en el mismo edificio sea la única salida posible. Como en una casa cuartel. Al menos aquí los trabajadores tendrán spa y vistas al mar.
Has obviado lo más importante, que más da si deja de facturar el 37 % menos , al final pagamos la cuenta todos los contribuyentes . Está empresa que tiene una gestión puramente política ( donde los altos cargos son elegidos según quien gobierna ) y donde no se les exigen ni resultados ni responsabilidades por los mismos .