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Opinión

Suerte que en Ibiza no hay tren

| Ibiza |

El ferrocarril español fue durante décadas un motivo de orgullo colectivo. Hoy el tren es sinónimo de incertidumbre gracias a una cadena casi ininterrumpida de incidentes que han degradado el servicio hasta extremos impropios de un país europeo que presume de sus infraestructuras. Cataluña se ha convertido en el paradigma del colapso. El caos ferroviario que vive el servicio de Rodalies es inaudito. Días enteros sin servicio, interrupciones sucesivas en un mismo día, accidentes graves, averías, robos de cable, sabotajes... El tren en la segunda ciudad del país, Barcelona, y su área metropolitana, funciona mal y a trompicones, dejando a miles de usuarios tirados en los andenes o vagones, sin información ni alternativas reales para moverse. Que se produzcan accidentes o incidencias puntuales entra dentro de lo desgraciadamente posible. Ningún sistema es infalible al 100%. Pero lo que no es aceptable es normalizar el desastre. Lo que llevan días padeciendo los usuarios de Rodalies no puede considerarse excepcional, fruto de la fatalidad e imposible de prever. El problema ya no es técnico, sino de dirección, gestión y planificación. Pero el deterioro no es exclusivo de Cataluña, aunque allí alcanza cotas nunca vistas antes. La red ferroviaria peninsular está saturada y es incapaz de responder a las crecientes necesidades de movilidad de la ciudadanía. Por eso el sistema ha petado por varios lados a la vez. Hay mantenimiento insuficiente, inversiones mal orientadas, gestión fragmentada y una incapacidad manifiesta para anticiparse a los problemas reiterados y resolverlos de forma adecuada. El tren en España ha dejado de ser sinónimo de fiabilidad y se ha convertido en un foco de problemas y desconfianza. Cuando algún político en Baleares denuncie saturación o colapso, bastará con señalar a Cataluña para zanjar la discusión.

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