Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, voy a contarles mi experiencia personal con el fútbol, ese deporte «tóxico» para el socialista Antonio Lorenzo, maestro de Educación Física y antaño campeón de España en salto de longitud en categoría júnior. Entiendo que lo suyo fue un calentón en pleno fragor de la batalla plenaria. De los comentarios de Angie Roselló ya se han explayado otros en el resto del país, por lo que no es necesario añadir nada más.
Mi recorrido deportivo ha transcurrido siempre alejado del fútbol, deporte del que soy fiel seguidor a través del televisor o de la radio por mi amor al Barça desde chiquitito. Mi hijo mayor tiene siete años y sus padres pensamos que este curso sería bueno que se iniciase en la práctica de un deporte de equipo. Mi propuesta fue el baloncesto. O el balonmano. La verdad es que me daba igual, pero por encima de todo no quería que se apuntara a fútbol por aquello del mal ambiente en los campos y las peleas que todos hemos visto alguna vez. «¿A fútbol? Ni loco», decía yo. Evidentemente, el niño escogió el fútbol, como la mayoría de compañeros de clase.
A regañadientes, apunté al chaval a jugar a fútbol con la esperanza de que al primer balonazo que se llevara en la cara me pidiera que lo desapuntara. No ha sido así. El niño va cada martes y jueves a entrenar sin quejarse y se lleva muy bien con sus compañeros. Sus entrenadores se esfuerzan para que mejore cada día y los días de partido los padres disfrutamos con ellos, ganen o pierdan. Llevo un par de meses en el mundo del fútbol base en Ibiza y no he escuchado a nadie aún quejarse de los árbitros (gracias por vuestra labor) y cada uno anima a los suyos y felicita al rival cuando lo ha hecho mejor. ¡Que viva el fútbol!