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Opinión

Sueños de África

| Ibiza |

En el avión de Iberia a Dakar increíblemente no servían whisky y el vino dejaba mucho que desear, así que me decanté por la vodka, que armonizaba con la prodigiosa vista de la cordillera nevada del Atlas. Inmediatamente se azuzó la varita mágica de la nostalgia, pues la vodka, como afirmaba el jugador Dostoievski, está hecha con la materia que se forjan los sueños; y me trasladé a cuando escalé imprudentemente el pico Toubkal, de 4000 metros, después de haber pasado la noche en un refugio de montaña cantando una serenata de amor a una alpinista húngara. En el descenso casi no lo cuento, entre nuestra poca preparación y los vientos aullantes era un sálvese quien pueda, pero me ayudó una mandarina del guía bereber. Naturalmente la húngara, que era alpinista profesional, ya no estaba allí. Nos habían tildado de locos al escalar con ese tiempo, pero el plato de lentejas moras y mi petaca de whisky fueron tan reconstituyentes que me despojaron de toda congoja.

En ese humilde refugio se comía mucho mejor que en el avión que volaba, cuyo catering era sencillamente repugnante. Así se lo dije al azafato, que increíblemente respondió que íbamos al Senegal. ¿Y qué tipo de excusa es esa?, respondí airado y exigiendo más vodka.

Afortunadamente en Senegal pude comer y beber divinamente entre baobabs y playas doradas. Sus nativos son una raza hermosa y ellas, elegantísimas, tienen andares imperiales y sonrisa deslumbrante. En mi macarrónico francés pregunté si algún cayuco podía llevarme de vuelta a Ibiza, y respondieron que sí entre risas, pero haciendo escala en Canarias. Son buenos pescadores y navegantes que se la juegan en su travesía a El Dorado europeo cuando tantos soñamos con África, costa ardiente y sensual donde las sirenas cantan como ruge el león.

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