Jonathan y Barbara Rose se conocieron por azar en una subasta. Se enamoraron perdidamente, se casaron y crearon una familia. Eran un matrimonio feliz formado por una pareja ideal. Él era un prometedor y adinerado abogado y ella la esposa, madre y ama de casa perfecta. Tenían dos hijos adorables, una sirvienta alemana, un Ferrari en el garaje, una casa envidiable y una vida acomodada. Pero cuando Jonathan fue ingresado en el hospital al creer que estaba sufriendo un ataque al corazón, Barbara no acudió a visitarle. Ella quería recuperar su propia vida lejos de su marido.
El problema no fue su separación, cargada de un repulsivo desprecio mutuo, de constantes insultos fáciles y escarnios imaginativos, sino que ambos deseaban quedarse en la casa en que vivían simplemente para herir al otro, convirtiéndola en un campo de batalla y en el epítome de sus desavenencias. Esta irreconciliable situación les condujo a una guerra sin cuartel en la que intentaron hacerse la vida imposible a cualquier precio hasta verse abocados al más trágico de los finales.
Esta es la trama narrada en La guerra de los Rose, una novela escrita por Warren Adler y publicada en 1981, en la que se basó posteriormente la icónica película homónima de 1989 dirigida por Danny DeVito y protagonizada por Michael Douglas y Kathleen Turner, que transmite de forma ácida e irónica un despiadado retrato, teñido de humor negro, del más absoluto desprecio y egoísmo que destruye sin remedio las relaciones a partir de una insana guerra de egos, en la que los contendientes disponen tanto de loables razones como de significativas mermas, pero dejando en todo caso entrever que ambos se importan tanto mutuamente como para odiarse hasta el infinito y más allá. Vaya, amor y odio en estado puro.
Y es que en la actualidad asistimos también a una batalla despiadada similar a la de los Rose que resuena a diario con estridente fuerza en los medios de comunicación nacionales. Porque tampoco en el ámbito político los unos quieren abandonar la lujosa casa en la que viven mientras que los otros pretenden instalarse en ella, no dudando para ello en recurrir a todo tipo de argucias.
A todas horas y de forma incesante resuenan en los medios de comunicación nombres como Carlos Mazón, Óscar Puente, Isabel Díaz Ayuso, Alberto González, Álvaro García Ortiz, Carlos Puigdemont, Pedro Sánchez, David Sánchez, Begoña Gómez, Koldo García, Santos Cerdán, Víctor de Aldama, José Luis Ábalos, Jésica, Claudia y hasta la colombiana nueva. Somos ya expertos en comisiones de investigación, informes de la UCO y hasta en instrucciones penales de lo más complejas seguidas ante las más altas instancias judiciales. La contienda también salpica a la prensa y a la judicatura, calificadas como peligrosos enemigos públicos. Todo está absolutamente politizado. Tanto que nuestras vidas giran sobre un constante «estás conmigo o contra mí», en dos polos opuestos e irreconciliables, como si de personajes de una desgarradora historia de desamor se tratara, de una triste guerra sin solución ni redención posible.
Pero, ¿creen que esta espiral de destrucción política importa realmente a los ciudadanos? ¿Creen que nos irá mejor a todos cuando, y según, terminen las distintas causas penales abiertas? ¿Nos ayudarán a superar nuestros problemas diarios todos esos tejemanejes interesados más propios de una telenovela venezolana? Porque, claro, mientras todo este circo partidista tiene lugar, cada uno intentando llevar la ascua a su propia sardina, lo preocupante es que no tenga lugar la aprobación de los Presupuestos, prorrogados desde el ya lejano 2023. Y es que, de esta carencia, que por sí sola nos daría bastante igual, depende la satisfacción de muchas de las necesidades más acuciantes de nuestra sociedad.
Porque mientras esta contienda tiene lugar seguimos esperando a que las necesidades de nuestras islas sean debidamente atendidas con servicios suficientes, adecuados y solventes. Porque durante este tiempo no se pone fin a la incesante llegada de pateras a nuestras costas, que mantienen colapsados nuestros escasos recursos. Porque pasan los meses y no se acaba de ver reflejada en la nómina la necesaria actualización del plus de insularidad, que permitiría a la administración del Estado procurar un servicio digno y de calidad. Porque tampoco se concluye el nuevo edificio judicial, que debería estarlo desde hace más de cinco años, como tampoco se da solución alguna al museo arqueológico, cerrado al público la intemerata de años. Y, lo que resulta más grave, porque no se hace nada para atajar definitivamente el problemón de la vivienda, que está abocando a familias enteras a situaciones de absoluta desesperación. Solo hay que recordar que las viviendas del solar de la comisaría y las de Can Escandell siguen durmiendo plácidamente el sueño de los justos.
Así que pueden seguir enzarzados en su lucha de egos interminable, en el manido recurso del «y tú más», en el eterno debate sobre si se debe dimitir o no, de si unos mienten más que otros en sus artificiales currículums y, en definitiva, en todo ese runrún diario al que ya estamos acostumbrados hasta quedar en el ostracismo lo que realmente importa a la ciudadanía: que una persona tenga que pagar mil euros mensuales por alquilar una simple habitación, que quien no pueda permitirse pagar ese importe tenga que habitar en autocaravanas o chabolas, que los enfermos no sean debidamente asistidos, teniendo que esperar demasiado para ser sometidos a una intervención, o que los procesos judiciales se dilaten en el tiempo.
Y es que, en definitiva, de nuestras islas parece que solo se acuerdan para venir a broncearse. Por eso deben terminar de una vez las hostilidades, trabajar por el bienestar del conjunto de los ciudadanos y olvidarse de ideologías, siglas y colores. Porque, parafraseando a Danny DeVito en el papel del abogado Gavin D’Amato en La guerra de los Rose, en la confrontación política, como ocurre en los divorcios, «no hay victoria, sólo grados de derrota».