Estamos inmersos en la sonata de invierno y el marqués de Bradomín, el Don Juan más admirable, feo, católico y sentimental, se ha refugiado en Ibiza para olvidar la vulgaridad del mundo exterior con sus paletas orgías fotografiadas. Viene de pasar una excitante temporada en los Cárpatos, hambrientas montañas donde se ha dedicado a su pasatiempo favorito: la seducción. El objeto de su deseo era una arqueóloga rumana descendiente de Vlad Dracul. Pero el vital Bradomín aprecia tanto su yugular como su independencia y, tras una noche de pasión, ha regresado a nuestro civilizado Mediterráneo con el cuello intacto y un ligero olor a ajos mezclado con agua de violetas.
Bradomín opina que es imprescindible empezar el día chapoteando como un recién nacido en alguna cala solitaria. Bautizo panteísta que aniquila todo sentimiento de culpa y te pone en armonía cósmica al primer alarido placentero. La mar es el mejor tonificante y da fuerzas para las empresas de alcoba, que son las únicas que le interesan. El baño de invierno regenera el virgo tras tanto abuso estival, bendita estacionalización, y luego se prepara una copa ad hoc, tal vez un Martini a la ibicenca que es maravilloso porque no lleva Martini, tan solo una gota de absenta que armoniza en alquimia amorosa con la vodka helada.
Opina a la Wilde que el lujo es lo único imprescindible en la vida, pero que hoy, como siempre, son pocos los que los comprenden. Para el lujo –dice— es preciso la luminosa cultura, sensibilidad hacia la belleza, cierto sentido del gusto y capacidad de enamorarse. Nada que ver con lo que venden las revistas o falsas élites de abultada cuenta corriente. Su mundo del lujo es muy diferente, y lo encuentra con gusto en las Pitiusas de invierno.