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Rosario Tijeras

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El 22 de febrero de 1962 nacía en Medellín Jorge Franco, un destacado escritor colombiano famoso por plasmar en sus obras, de forma cruda y despiadada, la realidad social de su Colombia natal. Su obra más reconocida es Rosario Tijeras, escrita en 1999 y popularizada por su adaptación al cine y a la televisión, una novela que con un estilo narrativo repleto de vitalidad nos sumerge en un relato trepidante lleno de acción y violencia ambientado en el mundo del narcotráfico y la delincuencia, pero también en una historia de amor en la que su protagonista se entrega en alma a Antonio y en cuerpo a Emilio. Rosario, que encarna al mismo tiempo la vida y la muerte, es una mujer violada a los ocho años por su padrastro y a los catorce por unos vecinos, consiguiendo vengarse de uno de ellos cortándole los testículos con unas tijeras. Con una infancia tan dura se vio abocada a una vida convulsa en la que se convirtió, por influencia de su hermano mayor, en una sicaria despiadada y en una prostituta de postín. Rosario no es dueña de nadie y vive la vida al límite. Pero, en mitad de una lucha constante por la supervivencia en un entorno desolador, se adentra en una peligrosa y trágica espiral de pasión y desenfreno en la que resulta herida de muerte.

Por historias como la de Rosario se conmemora hoy el Día Internacional de la Mujer para visualizar la desigualdad de género y reivindicar la efectiva igualdad de derechos de las mujeres en todos los ámbitos. Se trata de una lucha que comenzó ya a mediados del siglo XIX con aquellas trabajadoras textiles americanas que se atrevieron a alzar la voz ante sus precarias condiciones laborales, pero que resulta necesario continuar en la actualidad para su efectiva consecución sin caer en el error de permitir que la contienda vire peligrosamente hacia una absurda guerra de sexos en la que todo vale. Porque esta batalla se deja sentir ahora incluso en el lenguaje, convertido en un arma arrojadiza disfrazada de ironía que no mitiga lo que constituye un verdadero odio al opuesto, habiéndose normalizado el uso peyorativo de términos como feminazis o charos, curiosamente este último hipocorístico del nombre de la protagonista de la novela, para referirse a quienes mantienen posturas radicales en sus legítimas reivindicaciones. En contraposición, y también indebidamente, se ha generalizado el uso de otros términos incendiarios de índole masculina como señoro o machirulo que pusiera tan de moda una exitosa serie de televisión.

Se trata de un error de base. El sexo contrario no es el peligroso enemigo a batir, sino un colaborador necesario en esta compleja labor. Porque el verdadero enemigo debe buscarse en quien comete abusos o agresiones sexuales tan repugnantes como las que sufrió Rosario en su juventud. También en quien las oculta o mira hacia otro lado. El enemigo se integra por todos aquellos que fomentan, alimentan y se benefician de actividades de prostitución como a las que se vio forzada la protagonista de la novela. Está encarnado en quien adopta decisiones o medidas que no protegen de forma efectiva a las víctimas de cualquier tipo de violencia agravando su situación. Pero también hay que buscarlo en aquellas mujeres que, con su temeraria conducta, causan un daño irreparable a la efectividad del sistema previsto para su privilegiada protección. Pues es evidente que los supuestos de violencia de género se producen de forma reiterada y deben ser objeto de absoluta condena y erradicación por todos los medios legales al alcance. Pero no deben correr mejor suerte aquellos casos en que tan solo se busca beneficiarse del sistema para obtener un rédito negocial tan injusto como inmoral.

La Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género configuró un imprescindible escudo de defensa para las mujeres víctimas de estas repugnantes conductas mejorando la sensibilización ciudadana y la respuesta institucional. Pero esta protección no puede mostrar un reverso oscuro que la convierta en un látigo con el que atizar despiadadamente a aquellos hombres que se ven indebidamente envueltos en una trampa mortal. La finalidad de las medidas de protección no puede convertirse en una que justifique los medios. No pueden corregirse injusticias mediante mecanismos que, a su vez, provoquen otras. Porque las restricciones legalmente previstas en la custodia y visita de los menores por el padre, la estigmatización social al ser tildado de maltratador, la detención y privación de libertad que como un delincuente común se experimenta o el verse abocado a un procedimiento judicial largo y costoso en el que ya se empieza perdiendo por goleada, constituyen una experiencia devastadora para aquellos que son acusados injustamente de actuaciones que no constituyen un tipo penal delictivo, sino que encajan en comportamientos propios y habituales en situaciones de desavenencia sentimental y ruptura familiar con trascendencia meramente civil. Y este no puede ser un problema que haya que ocultar tras una espiral de silencio, sino ponerlo sobre la mesa, aunque escueza, para destruir sus perjudiciales efectos secundarios en un ejercicio de crítica honesta que coadyuve a procurar instrumentos lo más eficaces y justos posibles para todos.

Es este un terreno complejo, incómodo y áspero del que no se debe huir, sino afrontarlo abriendo una grieta en los discursos tradicionales para recuperar la esencia que sustenta la institución y desterrar la innecesaria estigmatización de cualquiera de sus damnificados. Ya decía Arthur Koestler, autor de El cero y el infinito, que «uno debe escribir despiadadamente lo que cree que es verdad o callarse», porque no puede tolerarse que una herramienta justa se pervierta vilmente con aquello de «que viene el lobo» hasta el punto de ocasionar un grave perjuicio a quiénes precisamente se debe proteger, sin olvidar nunca, pues así comienza la novela, que «como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte».

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