Este domingo se celebra el Día Internacional de la Mujer. Habrá manifestaciones en Baleares y en toda España, como cada año. Pancartas y reivindicaciones en favor de la igualdad entre hombres y mujeres, una causa más viva que nunca y en la que todavía queda mucha lucha por delante. La igualdad real todavía está lejos en muchos ámbitos y el 8-M sigue siendo una fecha necesaria para recordarlo.
Sin embargo, basta escuchar algunas de las consignas que se corean en estas movilizaciones para preguntarse si el mensaje no se está desviando con demasiada facilidad hacia otros terrenos. En la concentración celebrada el pasado viernes en Palma, convocada por CCOO y UGT para calentar motores de cara al 8-M, varias decenas de delegadas y delegados sindicales corearon una consigna que nada tenía que ver con la reivindicación feminista: ‘No a la guerra’.
¿Qué pinta exactamente ese lema en una movilización convocada para defender los derechos de las mujeres? Estar contra la guerra es algo que comparte prácticamente cualquiera, pero convertir el 8-M en una plataforma donde se cuelan todo tipo de mensajes políticos ajenos a la reivindicación central es una práctica cada vez más habitual. El feminismo se mezcla con el antiimperialismo, la política internacional o cualquier otra causa que forme parte del argumentario ideológico de la izquierda.
Sin embargo, cuando se trata de hablar de los lugares del mundo donde las mujeres sufren una opresión brutal, real y cotidiana, el silencio suele ser bastante más elocuente. Pensemos en Irán. Mientras en España se discute si las manifestaciones del 8-M deben ser exclusivamente de mujeres o si deben incluir a mujeres trans —un debate muy interesante sobre el que llevamos discutiendo varios años y que hace que en muchos lugares ya no se celebre una única movilización unitaria, sino varias—, en Irán las niñas están obligadas por ley a llevar velo desde los nueve años.
Es una obligación impuesta por el Estado y las consecuencias de no cumplirla son graves, denigrantes y penosas. Quitarse el velo en público puede acarrear detención, multas, penas de prisión o incluso latigazos. Entidades como Amnistía Internacional informan que en los últimos años miles de mujeres fueron detenidas por mostrar el cabello por la policía iraní de la moral, con patrullas de fanáticos islamistas vigilando la ropa de las mujeres en la calle. Todos conocemos el caso de la joven kurda de 22 años, Mahsa Amini, fallecida bajo custodia en septiembre de 2022 tras haber sido detenida en Teherán por llevar el hiyab mal puesto.
Esa es la realidad cotidiana para millones de mujeres iraníes. Sería interesante preguntarles a ellas qué opinan sobre la situación política en su país, sobre el debilitamiento del régimen de los ayatolás o sobre la muerte del ayatolá Alí Jameneí y muchos de los jerarcas del régimen, todos hombres, bajo los misiles del ejército de Israel y de los Estados Unidos. Y también sobre quienes, desde Occidente, se apresuran a denunciar cualquier intervención militar contra ese régimen mientras al mismo tiempo hablan de feminismo.
¿Qué se ha hecho hasta ahora por las mujeres iraníes? Nada. O, como mucho, compadecerlas desde la distancia. Publicar algún manifiesto, compartir un eslogan en redes sociales o expresar indignación durante unos días, algo completamente inútil para quienes viven bajo un régimen teocrático que controla hasta cómo deben vestirse.
Ese es el problema de cierto feminismo occidental: que a veces resulta extraordinariamente cómodo. Muy combativo en las sociedades democráticas, donde puede protestar sin riesgo alguno, pero sorprendentemente prudente cuando se trata de señalar a regímenes autoritarios que realmente someten a las mujeres.
Por eso resulta difícil no percibir cierta dosis de hipocresía cuando en una manifestación del 8-M se escucha corear ‘No a la guerra’. Porque mientras aquí nos permitimos el lujo de convertir el feminismo en un debate ideológico más, en Irán muchas mujeres solo reclaman algo infinitamente más sencillo: poder quitarse el velo sin acabar en la cárcel. Y eso sí que debería ser una causa verdaderamente feminista.