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Opinión

El chiringuito de Silvia Abril

| Ibiza |

Con pomposo vestido de lentejuelas, su característica insolencia histriónica y pisando una moqueta regada con dinero público, la ¿actriz? Silvia Abril se atrevía a atacar en los Goya a los jóvenes que se refugian en la Fe cristiana. Desde la pandemia, los jóvenes que abrazan la Fe cristiana han pasado de un 29% a un 37% en España, de un 29% a un 48% en Reino Unido o la sorpresa de Francia, dónde el número de bautizos ha aumentado un 48% en tan sólo un año. Pero a Silvia le molesta que las nuevas hornadas de jóvenes descarten su páramo espiritual y se acerquen a la iglesia como refugio y custodia de la Verdad, los valores occidentales y como un faro de esperanza. Para ella, todo se reduce a un chiringuito. Es cuanto menos curioso que lo diga quien se agarra a la subvenciones públicas como único método de supervivencia. El sector más subvencionado y menos formado nos da lecciones de espiritualidad y de geopolítica (menos de cine).

Los domingos, Rosalía, Hakuna o, en Ibiza, los Portadors de Santa Maria, no son fenómenos aislados. Esto escuece, porque donde hay familia y Fe, no hay permeabilidad a los delirios de una corriente política empecinada en desnaturalizar nuestra identidad. A diferencia de ellos, la iglesia sí pisa los territorios en guerra y aporta ayuda humanitaria. La iglesia no es sólo la pomposidad y belleza de la liturgia heredada por siglos de tradición, sino que es la institución misionera que construye hospitales y escuelas, que acoge a los descartados, la que da de comer al hambriento y la que llega allí donde la administración no lo hace. A Silvia le falta conocer más curas de pueblo, misioneros o voluntarios de Caritas. Aunque para ello es necesario cambiar los tacones por zapatos y los focos por la sombra del anonimato.

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