Nada es como era, para bien o para mal. Tampoco el lenguaje. Los que hicimos EGB recordamos frases como la cagaste Burt Lancaster, guay del Paraguay, chachi piruli Juan pelotilla, qué risa tía Felisa, nasti de plasti, toma Jeroma pastillas de goma, no te enrolles Charles Boyer o de qué vas Bitter Kas. No llego a comprender el motivo que nos hacía pensar que molaba cantidubi usar unas expresiones que ahora suenan tan viejunas. Tal vez nos sentíamos más molones, modernos, cosmopolitas o vete tú a saber. Pero cuando descolgabas el teléfono era habitual soltar un ¿digamelón?, saludábamos con un hola caracola, negábamos con un nanai de la China, afirmábamos con un dabuti y nos despedíamos con un hasta luego Lucas, agur Benhur, me las piro vampiro o ciao pescao. Pero echa el freno Madaleno, porque la cosa no es que mejorara demasiado con el inicio del nuevo siglo, apareciendo otras muchas expresiones recurrentes del tipo que te calles Karmele, pim pam toma lacasitos, cómete el pollo, ¿qué pasa nen?, te pego dos yoyas o ¿quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?
Pero la evolución del lenguaje ha continuado durante los años siguientes. Tanto, que ahora los jóvenes, alucina vecina, utilizan de forma habitual palabras anglosajonas para absolutamente todo, mientras que nuestro inglis pitinglis se limitaba a afirmaciones tan vintage como yes very well fandango, okey makey o efectiviwonder. Los mendas lerendas, a lo sumo, podían marcarse un thanks, please o good bye dándoselas de snobs para parecer unos auténticos fitipaldis. Qué nivel Maribel. Pero para todo lo demás se utilizaba siempre su término castizo, normalmente más certero y esclarecedor que todas estas palabras tan rimbombantes traídas de fuera de nuestras fronteras. Y es que ahora expresiones como cute, bro, chill o too much, se intercalan en el lenguaje juvenil con términos como crush, match, celebrity, weekend y single o con abreviaturas como LOL o LMAO.
Esto ha derivado en que ya no corramos, sino que hagamos running. No vayamos al gimnasio, sino al gym para practicar boxing, crossfit, steep o stretching. No vamos de compras, sino de shopping. No hemos encontrado modelito para la ocasión, sino un outfit que combina con nuestro look. No tenemos pasatiempos, sino hobbies. No cambiamos de canal, sino que hacemos zapping. No estamos en forma, sino fit. No leemos tebeos, sino comics. No tenemos vestíbulo, sino hall. No nos enamoramos, sino que estamos in love. No comemos panceta y madalenas, sino bacon y cupcakes. No llamamos a la niñera, sino a la baby sitter. No almorzamos, sino que tomamos el bruch. No usamos calzoncillos y medias, sino slips y panties. Ah, y ya no nos ponemos en porretas, sino que hacemos topless. De hecho, escribimos en tablets el contenido de blogs para targets con posts, podcasts, chats y banners a los que se accede mediante links para darle like a nuestros selfies y que nuestros hashtags sean trending topic a pesar de los haters. ¡Ya ves truz!
Y es que, en un mundo dominado por el uso de los smartphones, internet y las redes sociales como Twitter, Facebook, Instagram o Tinder, serás un auténtico boomer si no manejas términos como ghosting, fishing, benching, breadcrumbing, orbiting, zombieing o love bombing. Eso sí, la llevarás clarinete si eres víctima de uno de los frecuentes phishing, smishing o vishing. ¡Es que no te enteras, contreras! Pero para lo que ya estamos demasiado mayores es para conocer y manejar las amplias y nuevas modalidades amatorias bautizadas con términos tan modernos como el sexting, que básicamente consiste en mantener sexo virtual mediante el envío on line de mensajes, videos o materiales subiditos de tono. También el dogging, con el cruising como alternativa, que viene a consistir en practicar sexo en lugares públicos, ojo al matojo, con uno o varios conocidos o desconocidos. ¿Pero qué me estás container? ¡Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy!
No solo el nivel de inglés ha aumentado entre la población, sino que también es mayor el grado de exposición a esta lengua entre las nuevas generaciones debido a la música, la publicidad, la moda, el deporte y, en general, a la pertenencia a un mundo absolutamente globalizado. Da exactamente igual estar en la Castellana que en Times Square. Y eso, por sí solo, no es algo negativo, ni mucho menos.
Lamentablemente, los cincuentones no tuvimos tantas posibilidades. No había tantos colegios bilingües ni becas orgasmus para desarrollar nuestras capacidades lingüísticas. Tampoco vuelos low cost para viajar alegremente al extranjero y conocer otras lenguas y culturas exóticas. Pero esta invasión anglosajona sin precedentes en nuestra cultura, sociedad y forma de vida no puede servir para justificar el poder prescindir sin límite alguno del uso de términos castellanos exactamente igual de expresivos que aquéllos aunque puedan parecer menos cool para los teenagers. Porque lo contrario nos abocará irremediablemente a hablar una especie de dialecto spanglish bastante lamentable, como ocurre en otras latitudes más reguetoneras y próximas a una influencia yanki desmedida, que cercenará los pilares de la lengua que Antonio de Nebrija forjara allá por 1492 en su gramática castellana y que sirvió de base para la construcción de todo un imperio que aún perdura allende los mares en lo que al idioma se refiere. Ya hemos perdido bastantes cosas como nación como para perder también la riqueza de la lengua de Cervantes.
En fin, Serafín, que en todo caso ya saben que si no pueden con su enemigo tendrán que unirse a él, por lo que ya pueden ir integrando en su vocabulario cotidiano palabras como cringe, prime, random, simp, stalkear, fake, slay o top para no parecer auténticos gualtrapas desfasados delante de sus adolescentes churumbeles. Aunque les aseguro que los guachisnais más viejunos del lugar a los que califican como millennials continuaremos dando leña al mono que es de goma, moviendo el esqueleto y pegándonos un voltio, porque a nosotros plin, dormimos en Pikolín. Au cacau. XoXo.