Si el mundo es un anillo, el estrecho de Ormuz es su joya. Así reza un proverbio árabe, o quizás persa, tal vez cantado por Simbad el marino en la época medieval en que el océano Índico era una especie de lago musulmán de Zanzíbar a la India. También se referían al mar de Arabia como el mar de leche, y al que navega por Etiopía, como el mar de manteca.
Ribetes poéticos para regiones ricas y convulsas, siempre infestadas de emprendedores piratas y dulces contadoras de cuentos, donde se iniciaron portentosos navegantes de larga distancia, impulsados por la predecible regularidad de los vientos monzónicos para navegar y comerciar entre el Imperio Celeste de China y la costa este africana, sedas y marfiles, pimienta e incienso, opio y esclavas.
Era agradable salir a navegar sabiendo que siempre podías encontrar un viento que te trajera de vuelta. Y siguen haciéndolo hoy en día los veloces dhows, sin motor pero con carga secreta. En el resto del mundo se solía navegar más contra el viento, para asegurarse el regreso. La aventura atlántica de España al Nuevo Mundo no comienza hasta varios siglos más tarde, dando paso a la Modernidad, cuando las carabelas se adentran dentro del océano tenebroso donde moran los dragones, por el sueño y apuesta de un intrépido navegante que, según la tesis de Nito Verdera, era un Colón ibicenco.
Y es revelador que el nombre de Ormuz venga de Ahura Mazda, el dios creador en la religión zoroástrica, con su dualismo y guerras entre luz y oscuridad. Ahora su estrecho está en llamas, como tantas veces, y también se emplean todo tipo de excusas religiosas por un mísero barril de petróleo o la grandiosa libertad de la mujer.