En el valle de lágrimas, ser reconocido como víctima es una aspiración para tener más derechos que otro. Eso ha permitido que simples características sexuales, religiosas o raciales se impongan al mérito o la inteligencia con leyes tan delirantes como injustas, con la excusa de favorecer la igualdad. Algo absurdamente infantil que tiene hasta letra de tango: El que no llora no mama y el que no afana es un gil.
Entre mis amistades hay gentes de muy diversos tonos de piel que se quejan de sufrir racismo según dónde se encuentren; mujeres que despotrican contra el machismo (alguna incluso lamenta su espléndida belleza, como si eso fuera un hándicap para ser tomada en serio); homosexuales que dicen sentirse despreciados con la burla social (como Oscar Wilde en el Quisisana, a quien solo salvó la galantería del barón Fersen); semitas seguidores de la Torá o del Corán, que se alarman cuando me ven con un plato de jamón o brindando con un Long Island Ice Tea en vez de té a la menta; pintores que lloran por no ser lo suficientemente reconocidos .«Te pareces a Van Gogh, ¿por qué no te cortas una oreja? (con semejante crueldad, que aprendí de Andrés Monreal, antes paraba su lloriqueo. Ahora sé que fue Gauguin, tras una loca pelea regada con absenta, quién cortó de un sablazo la oreja del loco del pelo rojo); heterosexuales blancos, cristianos y conservadores lloricas por ser la última mona en el actual escalafón social de oprimidos…
Naturalmente muchas veces tienen razón. Y hacen muy bien en llorar en hombro amigo un rato. Pero tales actos deben ser esporádicos, no una costumbre; en caso contrario la resaca sería inaguantable. Hoy, hasta el presidente Peter Repelús alega estar enfadado o hambriento para no dar explicaciones de sus desmanes.