Hoy celebramos el Domingo de Resurrección, la Pascua para los católicos, la festividad central del calendario cristiano. Culmina una semana de recogimiento y tradición en la que millones de creyentes han recordado la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el hijo de Dios. Para quienes profesan esta fe, se trata de la expresión más profunda de sus convicciones, sostenidas —según enseña la Iglesia— por un don esencial: la fe como manifestación del Espíritu Santo.
La religión, para millones de personas, sigue siendo un elemento estructural de su vida. No sólo como marco espiritual, sino también como referencia moral, cultural e incluso comunitaria. En una sociedad plural como la nuestra, ese hecho no debería generar conflicto, sino todo lo contrario: debería ser entendido como una riqueza que exige respeto y convivencia.
España es un Estado aconfesional. Eso significa que ninguna religión es oficial, y todas son legítimas y dignas de respeto. Y, por tanto, todas merecen reconocimiento y protección en el marco de la Ley. La libertad religiosa no es una concesión caprichosa ni una garantía menor, sino un derecho fundamental. Cada individuo tiene la capacidad de creer —o no creer— y le está reconocida la posibilidad de practicar su fe sin interferencias indebidas; mucho menos del Estado o las autoridades políticas.
En este contexto, resulta preocupante comprobar cómo, en ocasiones, se intenta señalar o cuestionar determinadas confesiones. No hay nada positivo en dificultar celebraciones religiosas, ni en poner trabas a determinados ritos o en generar polémicas artificiales en torno a prácticas perfectamente compatibles con la legalidad. El ejemplo de los comedores escolares es paradigmático: permitir que los niños puedan acceder a menús adaptados a sus creencias no rompe la convivencia, sino que la refuerza. Resulta descorazonador que haya quien pretenda prohibir los menús halal, del mismo modo que sería una ofensa gratuita prohibir las procesiones de Semana Santa. ¿Qué se gana con ello? ¿Qué se persigue con este fanatismo prohibitivo contra prácticas religiosas pacíficas y voluntarias, que sólo atañen a quienes libremente optan por ellas?
La historia nos enseña que la religión ha sido utilizada a menudo como instrumento de confrontación. Guerras, persecuciones y divisiones han tenido, en no pocas ocasiones, un componente religioso. Pero ese tiempo debería estar superado. En sociedades democráticas, maduras y diversas, no tiene sentido convertir la fe en un campo de batalla.
El respeto no es unilateral. Exigir respeto para las propias creencias implica, necesariamente, ofrecerlo hacia las de los demás. Esa reciprocidad es la base de la convivencia. Y también es la garantía de que nadie se verá obligado a renunciar a su identidad por presiones externas.
No vivimos en una teocracia ni aspiramos a ello. No somos talibanes ni ayatolás, ni queremos imponer creencias a nadie. Pero tampoco aceptamos que se minusvaloren las nuestras. La aconfesionalidad del Estado no debe confundirse con desprecio u hostilidad hacia lo religioso, sino con neutralidad y protección de todas las opciones.
La Pascua, más allá de su significado religioso, ofrece una oportunidad para reflexionar sobre esto. La fiesta que hoy celebramos los cristianos debe interpretarse también como un símbolo de amor a Dios y también al prójimo, por diferente que sea, y como la oportunidad de construir una sociedad más justa, más tolerante y más respetuosa.
Porque, en última instancia, la convivencia no se impone por decreto ni a base de prohibiciones. Se construye día a día, desde el reconocimiento del otro y de los derechos que como ser humano le son propios e inalienables. Es en ese equilibrio entre libertad y respeto, donde reside la verdadera fortaleza de una sociedad democrática. No señalando ni discriminando o poniendo dificultades a quienes adoran a otra deidad. Eso no nos hace mejores ni trae ningún beneficio. Todo lo contrario. Nos enfrenta y nos divide.
En este Domingo Santo, Pascua de Nuestro Señor Jesucristo, les deseo de todo corazón muchas felicidades. Molts d’anys i bons!
Lo dice quien escribe todos los artículos desde su trinchera política. Ya nos gustaría que tuviera un poco de respeto a su profesión de periodista y dejara de polarizar para favorecer la convivencia. En cuanto a la fe, soy más de ciencia.