Durante el Viernes Santo tuve que esquivar a miles de ciclistas embutidos en inarmónicas mallas fosforitas por los valles de Corona y Aubarca. Los campos estallaban orgiásticos e invitaban a la siesta del carnero, para que la procesionaria pedaleadora se perdiera en la lontananza empujada por la Tramontana; algo fundamental para recuperar cierta serenidad y seguir camino a las iglesias de Santa Inés y San Mateo en la visita de monumentos. Los templos radiaban espiritualidad con sus flores y velas, en precioso silencio solemne a veces roto por la cháchara o flashes de algunos pelmazos recalcitrantes que no saben respetar lo sagrado ni divertirse con lo profano.
A la tarde el puerto de San Antonio festejaba a los marinos de la Ruta de la Sal, cuya sed homérica había sido espoleada por la intensa travesía. Justo es destacar que la sed y apetito del marino es muy diferente a la del ciclista. Prefiere el Gin-tonic al Gatorade, el bar a la cafetería, la sobrasada al tofu, el ligoteo en la taberna o la calle caliente antes que la aséptica frialdad online; pues naturalmente tal dieta, aliñada con el aire salino, la libertad del mar y el vaivén sensual de las olas, impulsa los apetitos vitales con mucha más alegría que un duro sillín sin vida ni esperanza que asfixia perinealmente el chackra del Muladhara.
A veces he oído terribles historias acerca de barcos abstemios y macrobióticos que incluso prohíben subir a bordo a las deslumbrantes Mai-Mitis que imperan en los puertos de toda isla libre; y siempre terminan en rebelión, motín, marooning y pasaje a lo incierto, pues pirata viene del griego peiratés, emprendedor, el que busca la fortuna en la aventura en la mar color de vino.
¡Feliz Pascua!