Nunca entendí cómo el comité de los Premios Nobel decidió en 2009 otorgar el de la Paz a un recién llegado como era Barack Obama. Muchos nos quedamos sorprendidos ante un galardón que premiaba a futuro y no por lo realizado. La cosa se complicó aun más cuando Obama profundizó en una política exterior que poco tenía que ver con la paz.
Años antes había sucedido algo parecido con Yasser Arafat, Isaac Rabin y Shimon Peres, que fueron galardonados con el mismo premio. En aquel caso, el Nobel de la Paz se otorgó por los Acuerdos de Oslo de 1993 que tenían como objetivo acabar de una vez por todas con el conflicto palestino-israelí. El resultado fue, como mínimo, decepcionante.
El comité del Nobel ha tenido otros episodios similares. También le otorgó el Nobel de la Paz a Henry Kissinger por su papel en los Acuerdos de París que tenían que poner fin a la participación de EE.UU. en la guerra de Vietnam. En este caso, la postura coherente fue la del diplomático vietnamita Le Duc Tho, que, premiado con el mismo galardón, lo rechazó porque en su opinión no existía una paz real en el país. La polémica fue tan seria que dos de los miembros del comité Nobel presentaron su dimisión como protesta.
Hay premiados que desprestigian el premio. Es lo que sucedió con el Nobel después de ser otorgado a Obama. A partir de entonces, lo de reconocer el trabajo por la paz dejó de ser una cosa medio romántica para pasar a ser otra muy diferente. Y no es algo que suceda solo con el Nobel. Lo hemos visto en otros reconocimientos como la Medalla de Oro de Barcelona, otorgada a Jordi Pujol en 1992 y que devolvió en 2014 a petición del Ayuntamiento cuando estalló el escándalo de la presunta mafia familiar que había montado.
No siempre el premio dignifica al premiado. A veces, es el premiado el que degrada al premio. Y eso no siempre es culpa del que recibe la medalla sino de quien decide dársela.