Paseando por una ribera a la falda de los Dolomitas la luz dorada me inundó a chorros como un vino antiguo, dionisíaco e iniciático. Se filtraba alegre e invencible entre las ramas frondosas, rezumantes de un verde tan vivo y lujurioso que podía renovar las células de una momia. La sensación era tan inmensa que, a la mitad milenaria de un puente romano, me desnudé y empecé a bailar como un derviche giróvago, canté a voz en pecho y me arrojé cual amante sin seso al agua del río. Estaba helada pero no me quitó la embriaguez; fui arrastrado por la corriente, riendo como un chiflado por jugosas millas entre la luz dorada y el verde erotizante, sintiendo que cualquier metamorfosis era posible, que las ninfas y ondinas jugaban conmigo en aquel río de oro de un paraje fabulosamente mitológico.
Cuando varios mundos después comenté tal raptus en una terraza de la encantadora Merano, donde se bebe y fuma sin complejo de culpa, me dijeron que algo parecido hacía la emperatriz Sissi cuando escapaba de la encorsetada corte vienesa y volvía a ser una hermosa al.lota riente y enamorada de Aquiles y los versos de Safo.
Por cierto que Sissi también estuvo en Ibiza, donde vino navegando a bordo del Miramar, procedente de Corfú. En la travesía la sorprendió una borrasca rugiente de esas que brotan del golfo de León, y la emperatriz se hizo atar a un sillón en cubierta para vivir más intensamente la tempestad. «Hago como Odiseo, porque me seducen las olas». Así se lo confesó a su primo el Arxiduc Luis Salvador y a Julio Verne, fondeados una noche lunática bajo La Mola en Formentera. Años después la asesinó un anarquista, a ella que siempre fue tan libre.