Amar Bharati no es un hombre corriente. Era un empleado de banca hinduista que vivía cómodamente en Nueva Delhi junto a su esposa y sus tres hijos. Cansado de una vida rutinaria y mundana, decidió abandonar su empleo, su hogar y su familia renunciando a todo lo material para dedicarse plenamente a la vida espiritual y entregarse como peregrino a la meditación, el ayuno y la oración. Pero este Sadhu devoto de Shiva, que dejo todo atrás para seguir el camino de la penitencia en búsqueda de la iluminación, quería ir más allá en su obstinado propósito de reivindicar la paz mundial. Así, en 1973 y tras tres años de profunda reflexión, no se le ocurrió mejor manera de ejemplificar su voluntad extrema de protesta contra la violencia en el mundo que levantar su brazo derecho. Desde entonces, nada más y nada menos que la friolera de 53 años después, aun no lo ha vuelto a bajar. Alucina vecina. Según el propio Bharati sus primeros años de promesa y sacrificio fueron extremadamente dolorosos. Con el tiempo su brazo se fue paralizando y entumeciendo cada vez más. Perdió todo tipo de sensibilidad hasta quedar completamente atrofiado y sin funcionalidad deviniendo en un mero apéndice rígido y esquelético similar al brazo incorrupto de San Vicente Mártir. No podría bajarlo nunca más, aunque quisiera.
Con el paso de los años su extraordinario gesto de compromiso inquebrantable, fe abnegada y resistencia física se convirtió en un faro de esperanza y en un ejemplo de entrega que inspiró a otros muchos seguidores que decidieron imitarlo y mantener su brazo elevado también durante excesivo tiempo. Muchos fueron los que acudieron a él en busca de consejo y bendiciones hasta convertirlo en una figura tremendamente venerada y respetada en su comunidad, lo que le encumbró a la condición de reconocido icono mundial y prácticamente a la de santo viviente. Hasta una de las canciones del nuevo disco de Jeff Tweedy, líder de la banda de rock Wilco, está dedicada a este asceta hindú tan peculiar. Sin embargo, otros muchos detractores piensan que este duro sacrificio físico carece de sentido. Que se trata de una auténtica tontada sin trascendencia alguna. Que no sirve absolutamente para nada y que con su ocurrencia no va a conseguir la tan ansiada paz en el mundo ni de casualidad.
Solo hay que echar un ojo a cómo está el patio para ver que tampoco es que le haya salido muy bien la jugada. Pero lo más sorprendente es que también en nuestras islas podemos presenciar cada cierto tiempo reiterados actos que, por su absoluta ineficacia, provocan el mismo pensamiento en quien los observa. Sí, eso mismo, que no sirven para nada de nada.
Y es que, si la semana pasada se produjo el lanzamiento de los ocupantes del enésimo asentamiento chabolista, concretamente el de Sa Joveria, durante esta ha tenido lugar el que había florecido en Can Misses, desalojos masivos ambos que vienen a unirse a una larga lista integrada por otros como los de Can Rova, I y II, Es Gorg o Can Raspall. Todos se encuentran sobradamente justificados, bien sea por la legítima defensa de los derechos de los propietarios de los terrenos, por las molestias aducidas por los vecinos que los sufren o por las loables razones de seguridad, salubridad e higiene alegadas por las distintas administraciones competentes, faltaría más. Pero cada vez que se producen no puedo evitar pensar en aquel inefectivo gesto de protesta de Bharati levantando el brazo durante la intemerata de años para conseguir la paz en la tierra. ¿Alguien cree que, con este nuevo desalojo, se solucionará algo? ¿Alguien piensa que los desalojados no se van a desplazar hasta otro terreno? Hagan sus apuestas… ¿Cuál será el próximo?
Habría que pararse a reflexionar. ¿En qué momento hemos pasado de la existencia de una mayoritaria clase media trabajadora, con posibilidades de cómodo acceso a una primera e incluso segunda vivienda, a tener que vivir en chabolas o caravanas destinadas antaño a quienes no podían o no querían trabajar? No puede llegar a entenderse que no se ofrezca mayor solución o alternativa a todos estos ciudadanos más que la de su desalojo de un lugar para su posterior reunificación en otro distinto consumiendo por el camino ingentes recursos públicos derivados del largo proceso de desahucio y ulterior ejecución, de la limpieza que necesariamente debe acometerse de las toneladas de residuos depositados en los terrenos e incluso de la atención psicológica y social que debe prestarse a todos los afectados para su debido acompañamiento y orientación.
La isla necesita mano de obra de todos los colores que debe poder procurarse una vivienda digna en condiciones acordes a su retribución. Lo contrario es un auténtico drama para muchas familias que no puede tolerarse. La solución no puede quedar limitada exclusivamente a un gesto tan improductivo y estéril como el de levantar un brazo en honor del dios hindú de la destrucción y la transformación. No sirve de nada afirmar que no puede accederse a una vivienda o a una habitación para, acto seguido, apostillar escuetamente que no se va a seguir tolerando vivir en estas chabolas. Ale, ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿Sin más? ¿Qué tal si nos preguntamos qué va a hacerse para que este desalojo sea el último y definitivo o para evitar que los precios sean prohibitivos y se procure que haya vivienda asequible disponible para todos los trabajadores? Porque se aprecia mucha celeridad para vaciar estos poblados antes del inicio de una nueva temporada turística, no sea que queden mal en las fotos para Instagram, pero poquita para adoptar respuestas institucionales reales y efectivas en favor de los siempre sufridos administrados. ¿Dónde están todas esas soluciones habitacionales anunciadas y prometidas a bombo y platillo? Parole, parole, parole. Por lo menos Amar Bharati, sin tantos alardes, sigue cumpliendo fielmente su promesa más de medio siglo después. Que cunda el ejemplo.