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Opinión

El mito de Ibiza

| Ibiza |

Me dice un promotor de famosos pinchadiscos que en los openings de las macrodiscotecas se cobraban hasta 400 pavos por entrada a última hora. Los garitos electrónicos estaban tan apelotonados que nadie bailaba a excepción de las gogós. Probablemente en las colas del rebaño clubber hubo hasta reventa, como en los toros o en el fútbol.

La metamorfosis de Ibiza ha sido alucinante y su éxito comercial procede –aunque hoy poco recuerde— por tantas décadas de ser un mito de libertad, epicentro planetario de artistas vitales, ácratas y escapados, por su fabulosa belleza y proverbial tolerancia corsaria del vive y deja vivir, pero no des el coñazo.

¿Ha cambiado todo para seguir igual?, como se preguntaba el gatopardo Salina en Sicilia. Actualmente Ibiza es una olla a presión social que está a punto de saltar a cada instante, y que guarde cierto equilibrio resulta milagroso. Decía Oscar Wilde que el lujo es lo único imprescindible en la vida, y, como casi siempre, el alegre dandy de la brillante acera de enfrente tenía razón. Pero también estaría de acuerdo con Quevedo y Machado en que solo el necio confunde valor y precio. Y el lujo que generalmente se publicita en Ibiza resulta de una vulgaridad extrema, hortera, macarra y tan paleta, que haría cortarse las venas al presumido Stendhal: «Amo al pueblo y detesto a los opresores, pero creo que preferiría quince días en la cárcel antes que vivir con los tenderos».

Semeja que hay una mafia apoyada por políticos a diestra y siniestra que solo favorece a ciertos tenderos que venden una cosa fea a precio de oro, decibelios insultantes incluidos. Las prohibiciones para el resto a la hora de gozar son cada vez más obscenas. Así el mito desaparece.

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