Entre las colecciones de libros juveniles más populares del siglo XX se encuentra la de Los cinco, obra de la inglesa Enid Blyton, publicados en nuestro país por Editorial Juventud y que narran las andanzas de los hermanos Julián, Dick y Anne, junto a su prima Georgina y su perro Tim. Cinco eran también los personajes de El club de los cinco, película estadounidense escrita y dirigida por John Hughes en 1985, considerada como la mejor producción de todos los tiempos para adolescentes, en la que, al son del mítico Don’t you forget about me de Simple Minds, se representa a cinco jóvenes de un instituto de secundaria americano que, con diversas personalidades propias de los clásicos estereotipos estudiantiles, son castigados a pasar todo un sábado juntos encerrados en la biblioteca del colegio. En ambos supuestos los protagonistas son cinco, número impar, primo, cuadrado centrado y poliedro regular convexo relacionado habitualmente con la astrología, la biología, la historia, la religión o la música, pero también con la televisión, la prensa, los juegos olímpicos, el perfume y hasta con un periodo de reflexión presidencial. Cinco son los sentidos, como los océanos y como las veces que Brasil ha sido campeona del mundo de fútbol. El jugador es el número 5 en la película dirigida por Rick Bieber en 2010, así es como se llama el prototipo de robot de Cortocircuito, la película dirigida por John Badham en 1986, y también el 5 es el número que se califica como perfecto en la adaptación cinematográfica de la novela de Igor Tuveri de 2019. No hace falta que les haga también la rima.
Aunque en este caso también habría que referirse al número siete, como los magníficos, las novias para los hermanos, los pecados capitales, los sacramentos, el thriller de Brad Pitt y Morgan Freeman, el grupo de las super economías del mundo o la famosa serie de Ana Obregón. Porque siete fueron exactamente los menores de edad que el 3 de septiembre de 2025 alcanzaron la costa ibicenca procedentes de Argelia. Estos jóvenes, que llegaron solos tras millas de navegación y que retransmitieron su viaje desde Tamentfoust hasta su llegada al centro de menores, mostraron al mundo la fragilidad de las fronteras nacionales vanagloriándose de su hazaña y sonrojando a nuestro Estado. Se unían de esta forma a los centenares de inmigrantes menores no acompañados de nacionalidad argelina acogidos por Baleares de los que más de un centenar lo son por los Consells de Ibiza y de Formentera, entidades que se encuentran desbordadas en lo que a su capacidad técnica, económica y humana se refiere. Más sorprendente resultó que, inmediata e inéditamente, se formulara desde el gobierno argelino una solicitud de repatriación exclusivamente de estos siete menores, que no así del resto de los que se acogen. Aun así, la petición ha sido recientemente atendida por nuestro país respecto de cinco de estos intrépidos navegantes, por cuanto uno alcanzó la mayoría de edad durante estos ocho meses de estancia y otro puso pies en polvorosa dirección a Francia esquivando su destino. Sus padres, titulares de la patria potestad, los habían reclamado, iniciándose con ello las oportunas conversaciones entre el ministro español y su homólogo argelino. La fiscalía llevó a cabo una ardua tarea y el proceso fue complejo, pero finalmente han sido devueltos sanos y salvos a su país de origen en un avión fletado por nuestro Ministerio del Interior.
La jugada constituye el precio a pagar por recuperar la vigencia del Tratado de amistad, buena vecindad y cooperación celebrado entre España y Argelia el 8 de octubre de 2002 que había quedado en suspenso por voluntad argelina desde 2020 como consecuencia del acercamiento de nuestro país a la postura de Marruecos respecto del Sáhara Occidental. Pero, una vez recuperada su vigencia, no debería olvidarse que este acuerdo bilateral prevé promover la estabilidad y la cooperación entre ambos países en materia de control de flujos migratorios y de lucha contra el tráfico de seres humanos sobre la base de principios generales como el respeto a la legalidad internacional, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. Y resulta necesario recordarlo cuando la repatriación de los cinco chavales ha sido algo novedoso y excepcional que no palía la gravedad que supone la incesante llegada de menores a nuestras costas, en su mayoría en situación irreal de desamparo y víctimas de despreciables mafias, que se suman a los demasiados que ya son atendidos por los Consells Insulares y que saturan sobre manera unos exiguos recursos financiados por todos y cada uno de nuestros sufridos contribuyentes.
Ya no solo es que los centros de acogida se encuentren saturados siendo focos de constantes conflictos, sino que la atención prestada, que incluye alojamiento, manutención, educación e integración social, vigilancia y seguridad, así como atención sanitaria y psicológica, se sitúa en un promedio nacional de 4.350 euros mensuales por cabeza, pudiendo llegar a alcanzar en Ibiza la desorbitada cifra de entre 9.000 y 10.000 euros debido al alto coste de la vida, la ausencia de infraestructuras adecuadas, el precio de la vivienda y la escasez de personal. Hagan cuentas y verán que pastizal les sale. Casi res. Después se quejan los instagramers de los precios de los restaurantes pijos. Lo que resulta evidente es que con estas escandalosas cifras el modelo de protección social es insostenible, debiendo reflexionarse seriamente sobre las prioridades del gasto público en esta sensible materia. Por mucho que se recaude a través de un régimen fiscal asfixiante ningún Estado puede soportar semejante sangría cuando también debe atender otro tipo de acuciantes necesidades y a otros colectivos igualmente vulnerables. Destinar a esta exclusiva finalidad semejante cantidad de fondos públicos, desatendiendo otras de gran relevancia, tan solo confirma que, como decía Judd Nelson en el papel de John Bender, el protagonista malote de El club de los cinco, «los tornillos se caen todo el tiempo. El mundo es un lugar imperfecto».