En este país llevamos años instalados en la creencia de que todos los políticos son corruptos. Y eso nos ha llevado a ver como normal que un tipo con sueldo a cargo del contribuyente meta la mano en la caja, coloque a sus sobrinas o reciba prebendas a cambio de adjudicaciones. «¿Tú no lo harías?», te preguntan muchos cuando les dices que eso es inaceptable y que tan feo es cobrar el 3% por un concurso público como que cargues en forma de dietas los gastos en gomina.
El PSOE de Sánchez, que nació con Zapatero y, si me apuran, con Maragall en Cataluña y Antich y los inventos de los pactos en Baleares, nos ha traído una corrupción mucho más dura. Las cantidades de dinero de las que se habla hasta ahora no son excesivamente altas si las comparamos con otros casos. Pero lo verdaderamente llamativo para mí es que el saqueo se ha producido en momentos tan delicados para la sociedad como, por ejemplo, la pandemia de COVID-19. Mientras los españoles nos dedicábamos a amasar pan y a agotar las existencias de papel higiénico esperando a que llegaran las 20.00 para aplaudir no sé muy bien qué, un número indeterminado pero aparentemente alto de cargos y excargos públicos del PSOE se entretenían robando, presuntamente, a manos llenas y dándose la vida padre, también presuntamente, en bares, puticlubs y villas.
Como hemos normalizado la corrupción, a mí lo que ahora me indigna es el momento en el que esta se produce. Básicamente porque tengo la impresión de que quien se dedica a mangonear cuando la sociedad está en una etapa crítica no es solo un ladrón, sino que carece de una emoción tan humanamente básica como la empatía. Tal vez por eso, cuando repasas los logros políticos de personajes como Zapatero, te das cuenta de que el legado real fue bastante menos brillante de lo que nos hicieron creer. Y he ahí otro de nuestros grandes problemas: la propaganda y la infinita capacidad del ciudadano para tragársela. Eso ya da para otra columna.