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Opinión

Catarsis pontifical

| Ibiza |

El Santo Padre se ha dado un baño de masas, especialmente en Madrid, con casi un millón y medio de asistentes. Su visita se ha cerrado sin un sólo incidente, sin un contenedor quemado y sin una sola detención, demostrando que el cristianismo es la verdadera raíz de la civilización occidental.

Robert Prevost es un pontífice humilde, simpático e incluso algunos ya le atribuyen cierta aura de santidad. Sin caer en la banalidad, guarda un respeto exquisito por las formas y por una doctrina y una liturgia en las cuales se apuntala una iglesia que se rearma en tiempos de relativismo. Precisamente eso ha convertido a León XIV en un faro moral para creyentes y ateos en un contexto de escasez de referentes. Su centralidad en el Evangelio no es inocua, pues le han valido críticas a derecha e izquierda. Pero por eso la única iglesia que fundó Cristo resiste, porque no cambia al compás de los tiempos, sino que aguanta los embates de la posmodernidad.

La Verdad es una, revelada por dos únicas fuentes: la Sagrada Escritura y la tradición. Pero la manera de vivir esa fe es polifacética. Así lo hemos visto en este viaje apostólico. Mientras en Madrid Manolo Lama narraba «los goles de la iglesia» con un espectáculo de danza, en Barcelona se rezaba en latín. Mientras en Madrid se cantaba a ritmo de Broadway con Godspell, en Barcelona se cantaba el Virolai. Cobo diseñó un recibimiento multitudinario más descafeinado y evangélico, mientras que Omella se despidió del palio con un derroche de solemnidad y con una bendición de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia que supera cualquier otro espectáculo que hayamos visto antes.

Lo más duro quedó para el final. En Canarias, mientras pedía un esfuerzo de integración a los inmigrantes, el Papa ha sacado los colores a la Unión Europea, a la los que miran para otro lado y a las mafias que trafican con vidas humanas, advirtiéndoles que deberán rendir cuentas por todas esas almas. León XIV vino, vio y (con)venció.

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