Millones de mariposas atigradas sobrevuelan alegremente las Islas Pitiusas. Se posan en mi copita de frígula, en mi obligo-omphalos cuando hago el muerto en la bañera cósmica que es actualmente la mar ibicenca, en los eternamente jóvenes labios con sabor a frutas de la gata que devora mi tierno corazón (la experiencia sensual demuestra que es el órgano que mejor se regenera), mientras Venus coquetea astralmente con la Luna en nuevas posturas fabulosas, conjunción portentosa que se alía en cocktail perfecto con las largas tardes de solsticio –cuando los placeres se dilatan y el nirvana se confunde con samsara, que la joya está en el loto de la vida—, y la mágica noche de San Juan.
En el Mare Nostrum, la mar color de vino más soñada y poética, danzaremos alrededor del fuego y daremos saltos en piruetas purificadoras, como mariposas atraídas por la luz. Pues estas ligeras indiscretas son universalmente consideradas como símbolo de transformación psíquica y evolución espiritual. En los poéticos blasones heráldicos, representada de frente con las alas extendidas, es emblema del corazón enamorado y la amistad generosa. En el arte religioso muestra la esperanza de Resurrección. En el psicoanálisis representa el renacer. En la mitología griega, Psyqué es la personificación del alma humana; se la representa como una mariposa o una joven con alas y es jaleada por el Amor que mueve al Sol y las estrellas. Canta Homero que el último aliento del moribundo sale en forma de mariposa, que vuela siempre atraída por la luz divina...
Y hoy nos invaden gozosas, libres y ligeras, abanicando ilusiones. Li Po comentaba así el asombro taoísta: Chuang-tzu soñó una mariposa, y ¡la mariposa era Chuang-tzu! Una realidad está cambiando constantemente de formas: ¡sucesos sin fin fluyen hacia la eternidad!