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Opinión

Canícula

| Ibiza |

Ya ruge en los cielos la estrella Sirio, conocida como «La Abrasadora», que irradia su canto de sirena, allegro tempestuoso en sinfonía púbica que puede tornar lascivo al más triste asexual. Es la sofocante canícula, húmeda, tórrida y pegajosa ¡y no encuentro un Singapur Sling! Así que vierto un tequila salado como la concha de Afrodita y brindo por las sirenas que enloquecen a machos vitalistas y níveas violetas de gozadoras sáficas.

En un día tan sofocante como hoy, en Capri, hace un par de milenios, el emperador Tiberio ordenó un cónclave de poetas y magos a los cuales exigió: «¡Explicadme lo que cantan las sirenas!». Pero eran demasiado intelectuales y acabaron despeñados por los acantilados de Villa Jovis. Entonces llego un pescador trayendo el mensaje de la muerte del gran dios Pan (colega de nuestro querido Bes, que la siesta pánica y pansexual continúa bajo los pinares pitiusos). Y Tiberio ordenó: «¡Dadme labios jóvenes, con sabor a frutas!».

Por cierto que la clave del canto de la sirena me la dio Luís Racionero durante un almuerzo en Es Torrent. En medio de un suculento bullit aparecieron unas bellezas acompañando a unos macarras. Estaba claro que ellas se aburrían mortalmente, pero alquilaban su presencia. Hacía un calor insoportable y las coquetas no aguantaban más a los brutos con gorra en la mesa, así que empezaron a apuntarnos sensualmente, como hacía Regina Asia. Súbitamente el aire se encantó con la música púbica, músculos secretos que tiritan como crótalos tartesios, sensuales notas que en la corta distancia esclavizan la voluntad de cualquier enamorado de la vida. Y naturalmente caímos rendidos durante el

tiempo que quisieron regalarnos. Son los milagros de la abrasadora canícula en nuestra amada Ibiza, delta de Venus de los gozos planetarios.

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