Durante el anterior mandato en Vila, el entonces concejal de Medio Ambiente y Limpieza, el socialista Jordi Salewski, afirmó que teníamos que acostumbrarnos a convivir con las cucarachas. El anuncio, lógicamente, generó gran indignación porque no hay un insecto que despierte más repugnancia que ese.
En 2023, el hoy alcalde, Rafa Triguero, dijo lo contrario en una entrevista con este periódico: «No vamos a convivir ni con ratas ni con cucarachas».
La realidad tres años después es que ratas y cucarachas son cada vez más abundantes en la ciudad. Sobre todo las segundas. Ya las tenemos hasta en su versión voladora. Personalmente, las cucarachas me generan un asco infinito y paralizante. Uno de los recuerdos de mi infancia que más grabado tengo es el de despertarme con cuatro años, levantarme y, al encender la luz, notar que lo que estaba tocando no era precisamente el interruptor. Era una cucaracha gigante, voladora, caribeña. En ese momento nació el terror.
En verano, cada noche, cuando llego a mi casa, atravieso un portal en el que siempre hay unas cuantas. En la calle lo mismo. Se fumiga, sí, pero algunas se empeñan en demostrar el tópico de que sobrevivirían a una bomba nuclear. Mi hija ha heredado el mismo pánico que tengo yo y, en cuanto las ve, empieza a gritar y a correr alocada. Yo intento mantener la calma. Hace unos días, al abrir las puertas del ascensor, dos de ellas nos observaban desde el interior. Creo que nunca hemos subido tan rápido los tres pisos sin ayuda mecánica. Si estás en una terraza, cualquier sensación extraña que te recorra las piernas te hace ponerte alerta. A ti y a todos los que están allí. Así es imposible relajarse. No sé si es fácil o difícil acabar con las cucarachas. Pero estoy segura de que entre convivir con ellas como si fueran amigas y extinguirlas hay un término medio. A ver si alguien en el Ayuntamiento da con la tecla entre reel y reel.