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Opinión

El Rey no está triste, pero transmite seriedad

| Ibiza |

Los jardines del Palacio de Marivent acogen, desde 2022, la recepción que ofrece Felipe VI a la sociedad civil, instituciones y personalidades de las Islas.
Este año, por motivos no explicados, se demoró la convocatoria a los medios. Llegó una semana después. El protocolo del evento se repite con precisión: muchos controles, vigilancia eficaz, identificaciones, aparcar en el estacionamiento de la Base Naval de Portopí y, después, los buses lanzadera de Rafael Roig trasladan a los invitados al conjunto residencial construido por Juan de Saridakis que hoy es propiedad del Govern.

Larga cola para el saludo, ya sin cabezazos ni plongeons, al jefe del Estado y la reina Letizia, la princesa Leonor, la infanta Sofía y la reina emérita, doña Sofía. Cientos de flashes centellean al unísono y arrancan las conversaciones en torno a un ejército de camareros que ofrece sabores de cada Isla.
Se forman corros en torno a cada uno de los miembros de la Familia Real. Es un baile de movimientos sutiles, maniobras y estrategias para acercarse al Rey o a Letizia, saludarlos y obtener el trofeo de la noche: la fotografía.

Los Reyes, con paciencia infinita, escuchan peticiones inverosímiles, son amables con personas a las que no conocen –hay alcaldes que les regalan gafas con el escudo de su municipio para ver el eclipse–, mientras el bochorno de la noche tórrida va calando.

Felipe VI, preparado desde niño para ejercer el oficio más difícil del mundo, este año apenas sonrió. No estaba triste, pero su semblante transmitía seriedad y preocupación. En algún momento frunció el ceño. Estaba tranquilo, pero menos distendido y con un rictus más severo. Encanecido y enflaquecido, su mirada es más profunda. España le interpela, le inquieta y le duele. Su pensamiento le llevaba a Ceuta y Marruecos.

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