En los tiempos de incertidumbre abundan los voceros del desastre. Si en la Antigüedad anunciaban hambrunas y guerra, en la Edad Media la venida del Anticristo y en la Edad Moderna la ruina de civilizaciones, el siglo XX fue el de la amenaza nuclear y el agotamiento de los recursos de la Humanidad; este nuestro siglo es el del cambio climático, la crisis demográfica y el colapso energético. Y la Inteligencia Artificial que según expertos en la materia, transformados en genuinos agoreros, podrá destruir a la raza humana en un plazo de diez años.
El tremendismo fue una corriente literaria y artística española que en los años cuarenta del pasado siglo se caracterizaba por exagerar los aspectos más crudos de la realidad, que en Mallorca se asoció a la influencia sobre algunos autores de Camilo José Cela. Es el caso de Baltasar Porcel (1937 – 2009); en una de sus primeras obras, Solnegre (1961) los estudiosos destacan los ambientes que describe: violencia, marginación, crimen y personajes sometidos a circunstancias extremas. En El mar (1958) del inmenso Blai Bonet (1926 – 1997) aparecen elementos que la crítica ha relacionado con el tremendismo: muerte, alcoholismo, enfermedad y una visión particularmente áspera de la existencia. Los tremendistas actuales se manifiestan en ámbitos muy diversos con un objetivo común: inocular el miedo en el tejido social para, a renglón seguido, ofrecer soluciones generalmente sencillas ante problemas complejos con el fin de intentar captar apoyos. La secuencia es muy visible en la política. La extrema izquierda excita el miedo ante las expectativas electorales de la extrema derecha, que por su lado agita el temor a la inmigración que convierte en sinónimo de inseguridad: violaciones, robos, peleas.
Los agoreros que nos son más cercanos coinciden en enfatizar aquellos aspectos que puedan oponer a las políticas de la actual administración autonómica. Las señales del cataclismo irremediable de Balears, sin ánimo de exhaustividad: carencia de viviendas y precio de los alquileres, presión turística, incremento excesivo de población, inmigración ilegal, dificultades en el suministro de servicios básicos, proliferación de atascos circulatorios y hasta la temperatura del agua del mar, advirtiendo con especial énfasis que todo ello y la falta de refugios climáticos y de reservas estratégicas de alimentos y medicamentos dejan indefensa a la sociedad insular frente a las catástrofes de todo signo que provocará el cambio climático.
En un colegio palmesano de frailes, en los años sesenta de la centuria anterior, las mentes sensibles e impolutas de los niños (todavía faltaban años para las clases mixtas) eran sistemáticamente asediadas con la amenaza del fuego infernal y el llanto y crujir de dientes para toda la eternidad como castigo por cualquier transgresión, por nimia que fuera, que pudiera, según sus códigos, ser catalogada como pecado. Tal era la angustia que podían llegar a crear que sus técnicas de dominio dejaron como herencia una nada desdeñable cantidad de descreídos. No les vaya a suceder lo mismo a los profetas locales de la debacle. Las cuestiones que subrayan son sin duda problemas reales, pero quizá bajar el diapasón del ultimátum podría contribuir a enfrentarlos con sosiego y templanza.