Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, Telmo Lazkano (Zumaia, 1994) imparte este viernes en el Centro Cultural des Puig d’en Valls una interesante charla titulada 'En el corazón de las redes sociales. ¿Qué tenemos realmente entre las manos?'. La cita será a las 19 horas y va dirigida a padres y docentes preocupados por los peligros de las redes sociales y su profundo impacto en la salud mental de los jóvenes.
Lazkano es también profesor de Ciencias Sociales y coautor del ensayo divulgativo 'Las voces del silencio. La salud mental adolescente en la época del cambio' junto a Maitane Ormazabal.
—Es el Día Mundial de la Salud Mental, una jornada importante.
—Todos los días debemos tener muy en cuenta la salud en general y la mental, en particular, y es importante dedicarle un día concreto para darle esa relevancia.
—En su charla va a advertir sobre el peligro de las redes sociales.
—Para ello, vamos a hablar un poco de lo que sucede detrás de la pantalla para entender las acciones que realizamos cuando nos ponemos delante. Vamos a destapar una relación muy interesante porque, entendiéndola, comprenderemos después muchas situaciones de nuestro día a día.
—Como experto, ¿se está encontrando con muchos jóvenes adictos a las pantallas y a las redes?
—A jóvenes y adultos. Esto es un problema y un dilema social con nombre y apellidos. Si todos pasamos más tiempo de lo que nos gustaría con nuestros teléfonos móviles, no es casualidad, sino causalidad. Son los productos digitales que consumimos los que, en gran medida, hacen que pasemos tanto tiempo en las pantallas y es que su economía de negocio se basa en eso, en la economía de la atención. Es algo que vemos tanto en datos como a través de la observación social.
—Desvelará las estrategias que usan estas páginas para captar nuestra atención y que no resulte fácil desconectar.
—Literalmente, se las saben todas porque tienen información conductual y psicológica de un número muy elevado de personas. Por poner ejemplos, en el caso de Meta, estamos hablando de más de 2,9 mil millones de usuarios activos y, si lo juntamos con la red X, hablamos de más de 4,8 mil millones. Hay gente que tiene más de una cuenta, pero hablamos de más de la mitad de la población del planeta y, al recabar tanta información, podemos decir que nos conocen muy bien.
—¿La sociedad es ya consciente de estos peligros y riesgos?
—En ese sentido creo que estamos mejor que ayer y espero estar peor que mañana. Creo que estamos despertando y la pandemia fue un acelerón, nos hizo despertar y ver que la tecnología nunca es neutra y siempre responde a un diseño y a una financiación y que detrás siempre hay un objetivo subjetivo porque hay una persona o más detrás. También debemos diferenciar que hay una tecnología a nuestro servicio y otra que nos quiere a su servicio y es fundamental diferenciarlo. Una nos va a ayudar mucho, como puede ser la utilizada en investigaciones contra el cáncer, por ejemplo, pero otra está diseñada para robarnos tiempo. Analizándolo, en eso se basa su negocio. Nos ofrecen productos porque lo que hacen es explotar nuestros datos y nuestra conducta 'online' para rentabilizarnos y así, nos deben tener más tiempo delante de la pantalla.
—¿Qué inquietudes le transmiten los padres que acuden a sus charlas?
—Muestran una gran frustración e impotencia porque ven cómo sus hijos pasan gran parte del día en estas aplicaciones y se llegan a producir situaciones de 'ciberacoso'. Hay muchas discusiones en los hogares. Es un revulsivo que está castigando los vínculos y la convivencia y las familias sienten mucha frustración. Además, no es justo sólo poner toda la responsabilidad sobre las familias porque aquí hay muchos actores y hay una industria y unas instituciones que alimentan todo esto. Es la situación que les ha tocado vivir e intentan ver cómo mejorarlo. Por parte del profesorado ven más problemas de salud mental entre los alumnos, problemas emocionales, y menor capacidad de atención en las aulas o menor riqueza dialéctica, entre otras cosas. La causa de todo esto reside, en parte, en estas tecnologías digitales.
—Sin embargo, muchos padres dan mal ejemplo a sus hijos cuando en algunos casos se pasan horas con el teléfono o utilizando las redes.
—Claro. Al final, el punto de partida es que una industria irresponsable está pidiendo un uso responsable. Ahí las cosas ya no cuadran porque crean tecnologías diseñadas de una determinada forma y, si no haces un uso responsable, te culpan de ello. Como adultos, sí tenemos la obligación de dar el mejor ejemplo e intentar responder ante estas situaciones y cuando nuestros hijos tienen entre 8 y 14 años, ser un buen ejemplo ayuda mucho haciendo que nuestros hechos hablen más alto que nuestras palabras.
—Le preguntarán constantemente sobre la edad recomendada para el uso de los dispositivos digitales.
—Siempre digo que a un menor no se le prohíbe nada. No se le prohíbe entrar en una discoteca. Es a la discoteca a quien se le prohíbe dejar entrar al menor. Esto es un poco lo que se va a aplicar en ciertos productos, como ha pasado en Australia para menores de 16 años. Se prohíbe a una industria digital acceder a estos menores con sus productos potencialmente dañinos. Si algún menor logra entrar, la sanción no recaerá en él o en su familia, sino en la propia empresa. Hasta que no se demuestre que estos productos digitales pueden ser beneficiosos, en el mundo 'online' debería aplicarse la misma legislación que en el mundo 'off line'.
—¿La salud mental en los jóvenes ha empeorado?
—Es un hecho y está empeorando muy notoriamente, sobre todo en la última década. No hay múltiples causas, pero sería muy interesante acudir a los archivos de Facebook, un informe interno que reconoce los impactos negativos de sus productos en la salud mental de sus usuarios menores. En 2021, reconoció que al 32% de usuarias británicas adolescentes Instagram les hacía sentir mal con sus cuerpos. Así, estas redes han traído más perjuicios que beneficios a estas edades.