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Bares de siempre

Bares de siempre en Ibiza: Sa Carroca, medio siglo de «boca a boca»

Fundado a mediados de los 70, el bar Sa Carroca se ha convertido en el punto neurálgico de Sant Jordi

| Sant Jordi de ses Salines |

A mediados de los años setenta abría sus puertas en el barrio de Sa Carroca, en Sant Jordi, un pequeño bar y tienda de comestibles que con el tiempo se convertiría en uno de los establecimientos más emblemáticos de la zona. Sus fundadores fueron Pep Tur, conocido como Pep ‘Verdera’, y su esposa Antonina Roselló, quienes decidieron bautizar el negocio con el mismo nombre del barrio en el que se instalaba.

«Después del de Can Bellotera, este fue el segundo bar de la zona», recuerda Pepita, la mediana de los tres hijos del matrimonio. Por entonces ella ya trabajaba en hostelería en el bar La Bota de Vila, aunque, tal como explica, «prácticamente enseguida me puse a trabajar en el bar con la familia». A diferencia de sus hermanos, que abandonaron el negocio pocos años después de su apertura, Pepita continuó trabajando junto a sus padres durante décadas, convirtiéndose en una de las figuras clave de la historia del establecimiento.

Orígenes

Los primeros años de Sa Carroca estuvieron marcados por su carácter de bar de barrio. «Era un bar siempre lleno de vecinos», explica Pepita. «Los hombres se sentaban a jugar a las cartas y las mujeres se sentaban a charlar mientras esperaban a que terminaran». Los juegos más habituales eran el ramer o la manilla, muy populares en la Ibiza de la época.

Imagen de archivo del bar Sa Carroca, durante los años 70. Foto: Archivo

No faltaban tampoco las peticiones más arriesgadas. «A mi padre le llegaron a pedir que habilitara un espacio discreto para poder jugar al munti», recuerda Pepita. «Pero él se negó desde el principio. No quería ningún problema con la justicia».

A finales de los años setenta el barrio apenas comenzaba a desarrollarse. «Sa Carroca no era más que un camino», afirma. «Ni siquiera había electricidad en el barrio, aunque en el bar sí que teníamos». Como ocurría en muchos negocios familiares de la época, el horario era prácticamente ininterrumpido: «No cerrábamos ningún día, ni siquiera en Navidad».

La oferta del bar en aquellos primeros tiempos era muy sencilla. «Al principio nos limitábamos a poner copas», explica. Poco después, por iniciativa de Pepita, la familia instaló una plancha para ampliar la oferta. «Empezamos a preparar algunos bocadillos o lo que pudiéramos hacer a la plancha». Desde el primer momento, Antonina Roselló se encargó de la cocina: «Mi madre hacía fritas de pulpo o de cerdo que siempre gustaban mucho».

Barrio

El bar funcionaba como un auténtico punto de encuentro vecinal. «Cualquier día hacíamos una torrada de ‘guerreo’ en la chimenea o celebrábamos cualquier cosa», recuerda Pepita. Durante la matanza del cerdo, que se realizaba justo detrás del local, la familia repartía bunyols entre los clientes y Pep ‘Verdera’ organizaba un sorteo con la cabeza del animal.

Interior del bar Sa Carroca, en la actualidad. Foto: Toni P.

La confianza entre los clientes era tal que el propio funcionamiento del bar se adaptaba a la dinámica del barrio. «Muchas veces venía alguien con una garrafa de vino y la repartía entre todos mientras se torraba sobrasada en la chimenea», explica Pepita entre risas. «Esos días apenas hacíamos caja, pero se hacía parroquia».

Entre los personajes habituales de esta parroquia figuraban vecinos muy conocidos del barrio, como Bartomeu de Coesa, Resalte, Bernat Joan i Marí, Xumeu de sa cantera o Ramis. Este último, recuerda Pepita, «había trabajado en la Fonda Formentera y cada día estaba a las seis de la mañana en la puerta para tomarse su 103 y fumarse un Celtas largo». Vivía en Cas Mut y con frecuencia perdía el autobús de regreso, por lo que muchas veces eran los propios dueños del bar quienes lo llevaban hasta casa.

Tienda

Además del bar, el establecimiento contaba con una pequeña tienda de comestibles que ampliaba su papel como centro de abastecimiento del barrio. Pepita y su marido, Pep Tur —que pronto se incorporó también al negocio familiar— recuerdan aquel espacio como un lugar donde «podías encontrar cualquier cosa».

Imagen de archivo del personal del bar. Foto: Archivo

Desde pienso para animales hasta sobrasadas, pollo payés criado en los corrales de la propia familia —«los mejores de la isla según Balaçat, el carnicero de Vila, que se quedaba prácticamente todos nuestros pollos»—, además de sanallons, agujas, espardenyes, congelados, embutidos o pescado por encargo.

La tienda se mantuvo abierta hasta bien entrados los años ochenta. Sin embargo, la apertura del supermercado de Can Bellotera marcó un punto de inflexión. «No podíamos competir con sus precios», recuerda Pepita. Con el tiempo, el pequeño comercio se convirtió en «la tienda de los olvidos», donde los vecinos acudían a comprar aquello que les faltaba y donde las cuentas se apuntaban en una libreta. Finalmente, la familia decidió cerrar la tienda y concentrar todos sus esfuerzos en el bar.

Cocina

Ese cambio supuso el inicio de una nueva etapa marcada por la apuesta decidida por la comida. «Pusimos dos planchas y empezamos a servir jamón de bellota —no entraba nadie que no lo pidiera—, queso del Roncal, montaditos, parrilladas, carne asada o rosbif», recuerda Pepita.

El jamón de bellota fue uno de las primeras ofertas gastronómicas del bar. Foto: Toni P.

A ello se sumaban las famosas tortillas que preparaba Antonina Roselló y unas ensaladas que se servían con galleta forta, muy populares entre los clientes. El bar tenía, además, una peculiaridad: durante años no hubo freidora. «Las patatas las hacíamos a la plancha después de hervirlas», explica.

Según Pep Tur, la clave del éxito fue precisamente esa sencillez: «Nunca pusimos anuncios en los medios de comunicación. Todo funcionaba por el boca a boca». Aun así, el bar comenzó a atraer a clientes de toda la isla que acudían a comer o a ver los partidos del Barça.

Además de la clientela local, por el establecimiento pasaron visitantes ilustres como el chef Juan Mari Arzak, Felipe de la Peña, Pepe Navarro o diversos políticos «de todos los colores». A pesar de ello, el bar mantenía una característica muy particular. «Este era el único bar en el que todo el mundo hablaba en eivissenc», recuerda Pep.

Evolución

El último capítulo de la etapa familiar comenzó de forma trágica en 1994, con el repentino fallecimiento de Pep ‘Verdera’ tras un robo en el establecimiento. A partir de ese momento fue Pepita quien asumió la dirección del negocio.

Exterior del bar Sa Carroca, en la actualidad. Foto: Toni P.

La creciente demanda obligó entonces a contratar personal. «La primera persona que contratamos fue Carol Tur y estuvo muchísimos años con nosotros», explica Pepita. «Fue la primera persona que entró en el bar tatuada. Era gótica y si la veíamos por la calle casi no la reconocíamos. Pero para trabajar se transformaba. Fue siempre mi gran apoyo, aunque algunos clientes se escandalizaran porque iba toda pintarruchada».

Con el tiempo se incorporaron otras trabajadoras que también dejaron huella en el establecimiento, como Sandra García, Paquita Parejo, Merche Oñate o Natalia Galeano, que empezó hace dos décadas y continúa hoy en el bar. «Solo tuvimos a un empleado hombre», dice Pepita entre risas. «Y decidí que nunca más: las mujeres son mucho mejores trabajadoras».

Relevo

La etapa familiar de Sa Carroca llegó a su fin en 2024 con la jubilación de Pepita y Pep, quienes traspasaron el negocio a Toni ‘Escarrer’ y Vicent ‘Curtet’. Desde entonces, ambos lo gestionan junto a Juan, encargado del establecimiento.

«Conservamos lo de siempre para no perder la seña de identidad del bar», explica Juan. La base de la carta sigue siendo la misma que popularizó la familia fundadora, aunque se han introducido algunos cambios. «Ahora tenemos freidora y podemos hacer patatas fritas, aunque seguimos preparando también las patatas asadas como se han hecho siempre».

El nuevo equipo es consciente de que la ubicación del bar no facilita el paso de clientes ocasionales. «Estamos en un lugar que no es de paso. Aquí hay que venir aposta», reconoce Juan. Por eso la filosofía sigue siendo la misma: cuidar a la clientela. «Cuesta mucho ganarse a los clientes y es muy fácil perderlos».

Clientela

La fidelidad de quienes frecuentan el bar es, de hecho, uno de los rasgos más característicos del lugar. Entre ellos se encuentra Pepillo, vecino del barrio que participó en la construcción del edificio junto a Pep ‘Verdera’. «Sigo viniendo cada día», explica. «Siempre encuentras buena gente, está muy limpio y la comida es muy buena. Vengo con mi familia o para hacer comidas de empresa».

Pepillo. Foto: Toni P.

José y Carmen, también vecinos desde hace décadas, aseguran que «este es el único bar al que venimos». «Lo hacemos desde que abrió Pep y los dueños siguen siendo igual de buena gente», señalan. «Aquí nos sentimos ibicencos del todo».

Jose y Carmen. Foto: Toni P.

Otros clientes, como Loli, aseguran que llevan más de veinte años acudiendo casi a diario. «Nunca he encontrado un bar tan agradable», afirma. Su marido, Toni ‘Canela’, resume el espíritu del lugar: «Venimos varias veces al día. Venimos a consumir, a saludar y a disfrutar. El servicio es excelente».

Loli y Toni 'Canela'. Foto: Toni P.

Para Selena, que recientemente ha vuelto a vivir en el barrio, el bar sigue siendo «un lugar mítico». «Es un bar de los de antes», dice, «de esos que no han perdido su esencia». Y quizá esa sea la clave que explica que, medio siglo después de su apertura, Sa Carroca continúe funcionando del mismo modo que en sus inicios: gracias al boca a boca y a la fidelidad de todo un barrio.

Selena. Foto: Toni P.

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