Hay negocios que se hacen conocidos por su cocina y otros por su ubicación. En el caso del bar-restaurante Los Rosales, en Platja d’en Bossa, su verdadera seña de identidad siempre ha sido la familia que hay detrás de la barra. Porque hablar de Los Rosales es hablar inevitablemente de Manolo Álvarez, conocido por toda Ibiza como ‘El Pájara’, un hostelero que convirtió un pequeño establecimiento de barrio en un punto de encuentro para trabajadores, vecinos y turistas gracias a una receta basada en la cercanía, las barbacoas y el trato familiar.
La historia de ‘El Pájara’ comenzó lejos de Ibiza. Manolo llegó desde su Granada natal con apenas 16 años para trabajar en los hoteles de una isla que empezaba a consolidarse como destino turístico. Pasó por establecimientos tan emblemáticos como el Don Pepe o el Algarb, donde nació el apodo que acabaría acompañándole toda la vida.
«Como en uno de los hoteles llevaba pajarita y en el otro no, cuando se presentaba a trabajar siendo el único que llevaba pajarita empezaron a llamarle «el Pajarita», hasta que al final se quedó en «El Pájara»», explica entre risas su hija Manuela. Ella misma bromea con que, después de toda una vida dedicada a la hostelería, «con todo lo que sabe ahora ya debería ser «el Pajarraco»».
Antes de aterrizar en Los Rosales, Manolo emprendió distintos negocios propios, entre ellos el recordado Solimar o el Burguer Bros, hasta que decidió trabajar durante una temporada por cuenta ajena. El rumbo de la familia cambió cuando dos de sus hijas, Encarni y Manuela, se quedaron sin trabajo.
Fue entonces cuando Manolo y su esposa, Encarna Perales, decidieron quedarse con uno de los locales de Los Rosales, un establecimiento que la familia conocía desde hacía décadas.
«Siempre estaba cambiando de manos. Nosotros veníamos cuando era pequeña todos los veranos a la piscina y siempre había un dueño nuevo», recuerda Manuela.
Corría el año 2011. Apenas tres días antes de inaugurar el negocio, Manuela acababa de cumplir 18 años.
«En aquella época no había tanto trabajo como hay ahora, así que mi padre decidió montar esto para que pudiéramos trabajar para nosotros mismos», explica.
Poco después, Manuela se marchó durante un año a Barcelona para continuar su carrera como futbolista profesional, militando en equipos como el Òdena y el Manresa de la Liga Nacional femenina, mientras sus padres y su hermana se hacían cargo del restaurante.
A su regreso, la vida volvió a cambiar. Encarni aprobó unas oposiciones y una enfermedad obligó a Manolo a jubilarse antes de tiempo. En 2021, Manuela tomó una decisión importante: cerrar su negocio de uñas y tatuajes para ponerse al frente de Los Rosales junto a su marido, Johnatan.
Barbacoa
Si hay algo que hoy identifica a Los Rosales es su enorme barbacoa, aunque su origen fue completamente improvisado.
«Fue prácticamente por casualidad», recuerda Manuela. «Mi padre tenía una pequeña barbacoa y vino un grupo de gente preguntando si podía hacerles un menú económico para una mesa grande. Dijo que sí, les encantó, empezó a hacerlo los fines de semana y ahora hemos llegado al punto de tener que renovar la gran barbacoa todos los años de la caña que le damos».
Y es que la parrilla permanece encendida prácticamente sin descanso, desde las doce del mediodía hasta la medianoche.
Aunque la carne a la brasa es la gran protagonista, la oferta gastronómica va mucho más allá. Las tapas elaboradas por Encarna siguen siendo uno de los grandes reclamos del establecimiento.
«Las servimos con las cervezas para que nuestros clientes andaluces se sientan como en casa», explica Manuela.
A ellas se suma un alioli cuya receta procede de la época del Solimar y unos postres caseros elaborados diariamente siguiendo las recetas de Encarna, convertidos también en uno de los mayores atractivos del restaurante.
Primero el trabajador
La filosofía que siempre marcó ‘El Pájara’ sigue siendo la misma: «Mi padre siempre nos decía que aquí primero es el trabajador, que debe sentirse como en casa, y después el turista, que solo viene unos días».
Ese espíritu explica buena parte del ambiente que se respira en Los Rosales y también la fidelidad de una clientela que lleva años formando parte de la familia.
Toni conoce bien esa historia. Además de ser uno de los clientes más habituales, fue el primer parrillero del restaurante.
«Vengo desde que abrieron. Son muy buena gente y siempre recibes un buen trato. Vengo prácticamente todos los días y con mi mujer, Sílvia, solemos venir a las barbacoas».
Jennifer llegó desde Cádiz hace tres años para trabajar en Ibiza y encontró en Los Rosales algo más que un restaurante.
«Aquí me siento como en casa. Más que una clienta me siento una amiga rodeada de buena gente, cercana y humilde».
También Lua mantiene intacto ese vínculo. Vivió en Ibiza como futbolista y cada verano regresa para reencontrarse con quienes considera parte de su familia.
«Siempre que vengo tengo que visitarles. Siempre fue mi bar de confianza y allí forjamos una gran amistad».
En familia
Esa forma de entender la hostelería también se traslada a quienes forman parte del equipo.
Actualmente, Los Rosales cuenta con una plantilla de una docena de trabajadores y la familia Álvarez pone a disposición de muchos de ellos su propi piso para facilitarles alojamiento durante la temporada, una ayuda especialmente importante en plena crisis de vivienda que atraviesa Ibiza.
Mariela es la empleada más veterana, seguida por Erika, Julio, Marta, Jose y Abdul. Este año también se han incorporado Jessibel —hija de Julio—, Juan, antiguo cliente y amigo de la casa, además de Tatiana, Luis María y Joan.
Y entre todos ellos tampoco puede faltar Johnatan, marido de Manuela.
«Nos conocimos aquí mismo. Venía como cliente y le conocí comiendo pollo», cuenta entre risas. «Ya hace trece años».
Legado
Las anécdotas acumuladas durante todos estos años son innumerables. Manuela todavía recuerda las «tapas voladoras» que su padre lanzaba de una punta a otra del bar para sorprender a los clientes o las barbacoas dominicales que acababan convirtiéndose en auténticas fiestas improvisadas.
«Ponía ‘La Barbacoa’, de Georgie Dann, y hacía bailar a absolutamente todo el mundo. Al principio los vecinos estaban fritos», recuerda entre carcajadas.
Pero si hay un momento que conserva con especial cariño es el día en que Johnatan le pidió matrimonio.
«Fue aquí, durante una de las barbacoas y delante de todo el mundo».
Historias como esa explican por qué Los Rosales ha dejado de ser simplemente un restaurante para convertirse en un lugar donde muchos clientes celebran los momentos importantes de su vida. Un legado construido a fuego lento por ‘El Pájara’ y Encarna, y que hoy continúa una nueva generación manteniendo intacta la filosofía con la que todo empezó: hacer que cualquiera que cruce la puerta se sienta, aunque solo sea por unas horas, como en casa.