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«La pesca del gerret engancha»

Nicolás Vallespir cambió su trabajo en la hostelería por la pesca hace 17 años

Vallespir. | Toni Planells

| Ibiza |

Nicolás Vallespir (Ibiza, 1969) es pescador en Sant Antoni. Un oficio que emprendió tras dejar su vida dedicada a la hostelería en un negocio familiar.

—¿Cuánto tiempo lleva pescando?

—Soy pescador desde hace 17 años y todavía me queda mucho por aprender.

—¿A qué se dedicaba antes?

—A la hostelería. Decidí cambiarlo por la pesca por que los peces no se emborrachan ni te arman follón. Como mucho te pica alguna rascassa o alguna roja. Pero solo pican, ni hacen ruido ni molestan. Cuando estás pescando todo es tranquilidad, fíjate que ya he aprendido a hablar conmigo mismo ¡y a contestarme y todo!. (Ríe)

—¿Y se pone usted de acuerdo consigo mismo?

—Sí, aunque alguna vez me insulto un poco, nunca he tenido que llegar a las manos (ríe). Tengo una relación de amor odio un poco curiosa conmigo mismo.

—¿Cuándo discute con usted mismo?

—Cuando me equivoco, por ejemplo. Tú piensa que la pesca, aunque no lo parezca, es una ciencia. Si no interpretas bien las señales no pescas nada y claro, entonces te enfadas.

—¿Cuáles son esas señales?

—Los fondos, la luna o las corrientes, por ejemplo. Yo no me creía mucho eso de las corrientes y desde que pesco el gerret me he dado cuenta de la importancia que tienen. De tener la corriente a favor o no tenerla hay una diferencia abismal. La diferencia de pescar cuatro gerrets con mala corriente o pescar 30 cajones.

—¿Me ha hablado de la Luna como factor a tener en cuenta a la hora de hacerse a la mar?

—Sí, más luna, más pescado. No sé explicarte el porqué, pero así sucede. Ya te digo que es una ciencia, aunque un poco incierta.

—¿Cual fue su experiencia en la hostelería?

—Trabajaba en un negocio familiar que abrieron mis padres. El hostal Rosalía. Yo trabajaba de sereno-barman-recepcionista. Todo en uno. Es lo que tiene un negocio familiar. Llegó un momento, creo que tendría unos 32 años, en el que me di cuenta de que me había hecho viejo para trabajar de noche. Mi horario era de ocho de la noche a ocho de la mañana.

—El horario del pescador tampoco es que sea muy amable, ¿qué horario tiene?

—Es verdad: dejé un trabajo de noche para trabajar de noche. Cuando empecé como pescador lo hice en un barco de bou (arrastre). Me levantaba a las tres de la madrugada para hacer la ceremonia diaria: ir a comprar tabaco y tomar café en un bar que todavía no hubiera cerrado. Yo iba al bar de Montes, que me esperaba antes de ponerse a limpiar la cafetera para cerrar el bar. Pero ahora Montes ya se ha jubilado. ¡Ahora vive como un funcionario! (Ríe), a mi sólo me quedan unos añitos.

—¿Tiene ganas?

—No. Aguantaré unos años más, me podría jubilar a los 62, en solo 12 años, pero me esperaré un poco más.

—¿Tiene pensado lo que hará llegado el momento?

—Sí: dormir mucho. Todo lo que no he dormido hasta ahora (ríe).

—¿En qué barcos estuvo embarcado?

—Pues yo empecé en el Charpat [hace una pausa reflexiva, tal vez a modo de homenaje a la embarcación hundida y recuerdo a su patrón fallecido en el naufragio, Vicent Ramon], allí estuve tres meses. Después estuve en la Joven María durante tres años, hasta que el barco se jubiló. Después en La Ganasa unos meses hasta que compramos El Blasco entre cuatro socios. Más adelante vendí mi parte y me compré mi Juan. Pero ahora también me embarco en el Bribona de José. Como apenas hay pescadores, y para hacer el gerret hacen falta dos personas, hay que desembarcar de una para completar la tripulación en otra embarcación. No hay relevo generacional.

—Es un oficio arriesgado, como por desgracia quedó patente con la desgracia del Charpat Segundo.

—Así es. El llaüt está lleno de trampas, desde el anzuelo que te puedes clavar a las redes que te puedes enganchar. Fuera del llaüt está la mar, si te caes no queda ni agujero. Te quedas allí abajo. Aparte de Vicent, del Charpat, también perdimos a Bigots o a Miquel con la Tànit.

[Un pescador jubilado, Bartolo, saluda a Nicolás y se ponen al día. Bartolo le explica, entre otras cosas, que el día anterior pescó una sirvia de    20 kilos]

—Un pescador le habla de su captura de 20 kilos, ¿cuánto pesaría en realidad?

— (Ríe) Si es Bartolo quién te lo dice es que pesaba 20 kilos. Si te lo dice otro mucho menos.

—¿Cuál ha sido el pescado más grande que ha capturado?

—Una sirvia de 22 kilos, otra vez me vino una de 28 kilos en la red de las langostas.

—¿Cuál es su pesca favorita?

—Sin duda la pesca del gerret. Engancha, por la cantidad de pescado que llegas a coger, pero también por la satisfacción de liberarlo. Cuando ya tienes suficiente se suelta el resto y es un espectáculo. [Muestra un vídeo en su móvil en el que liberan unos 200 kilos de pescado. Se le iluminan los ojos], ¿Ves por qué engancha?.

—¿Es estresante la pesca?

—Bueno, sobre todo por si se te estropean los aparejos de pesca con las rocas o por los delfines. Que los cabrones son capaces de acabar con las redes de toda la temporada en un día. Cuando ves la aleta ya te pones nervioso.

—¿Qué es lo más raro que ha pescado?

—Un dron y una taza de water a dos millas a poniente de Es Vedrà. De plástico, con las barcas de bou, cada día llenábamos un contenedor.

—¿Recuerda algún momento especial en el mar?

—Los amaneceres. Sobre todo si vas al norte de la isla y ves a los mallorquines allí al fondo.

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