Alfonso, ‘Alfonsito', Borrás (Sant Joan, 1954), es natural de Sant Joan. Sin embargo pasó buena parte de su infancia en Mallorca, interno en la Casa de la Misericordia, un lugar en el que acababan los niños ‘problemáticos' en unos tiempos en los que los trastornos de personalidad en la infancia no recibían la atención que reciben hoy.
— ¿Dónde nació usted?
— Nací en Sant Joan, en una casa payesa que se llamaba Can Vicent d'es Jai, que era del padrino de mi madre, Catalina. Al poco tiempo nos fuimos a otra casa, a Can Cama, donde vivimos bastante tiempo con mi hermana, María Isabel y con mi padre, Alfonso.
— ¿A qué se dedicaban sus padres?
— Mi madre trabajaba en casa y, cuando yo era pequeño, también cosía mucho por comisión junto a una vecina. Mi padre trabajaba en la construcción y con ese trabajo llevó siempre su casa adelante. Él vino de Valencia cuando era muy joven, de vacaciones con su hermano Jesús, y los dos acabaron casándose en Ibiza y haciendo su vida aquí. Los dos llegaron igual a Ibiza y los dos murieron en Ibiza de la misma manera, en un accidente de tráfico.
— ¿Qué recuerdos conserva de su infancia en Sant Joan?
— Cuando era pequeño, era un niño que, de ‘bueno' no tenía nada. En realidad, siempre he sido un travieso. Siempre estaba haciendo putadas, pero hice una demasiado grande. La cuestión es que, tras llevarme a la clínica mental de Jesús, acabaron por llevarme a Palma, a la Casa de la Misericordia. No recuerdo cuantos años tendría cuando llegué, pero sí que fue antes de hacer la Comunión, porque sí que recuerdo perfectamente que la hice allí. Podría decir que me crié en la Casa de la Misericordia. Allí había niños y niñas y todos éramos, de alguna manera, problemáticos. A los pocos meses de estar allí estaba de monaguillo y a los niños se les ocurrió que podíamos bebernos el vino del cura. Aunque yo no quería, estaba atrapado entre que me pillara manía el cura o que me pillaran manía los niños. Total, que nos pillamos una buena coroza con el vino del cura (ríe). ¡Menuda paliza que nos dio el cura!
— ¿Cómo era la vida en la Casa de la Misericordia?, ¿eran muy severos?
— Allí íbamos a clases; en verano nos llevaban de excursión a la playa. También nos llevaban al cine o al fútbol, a ver al Mallorca. Había algunos profesores que no eran tan severos. De hecho, el día de mi Comunión todos los niños se habían ido con sus familias y me quedé solo. El profesor de Religión se acercó y me dio 500 pesetas (un dineral) para que me fuera al cine. Sin embargo, terminé por escaparme, me fui a trabajar a una finca de los alrededores durante una semana y, cuando cobré el viernes, me saqué un billete de barco y vine a Ibiza para no volver más. Al llegar me fui al hotel Mare Nostrum, donde trabajaba mi hermana, para irnos después a Sant Joan.
— ¿Cuándo empezó a trabajar?
— Mi primer trabajo fue con mi padre, de peón, en Es Canaret. Pero estuve poco tiempo. Después, quise entrar en la Marina. Al lado del bar Ses Botes, había una especie de oficina de reclutamiento y cogí los papeles para apuntarme. Se necesitaban la firmas de mi padre, así que esperé a la cena para proponérselo. A mi madre no le hizo ninguna gracia y, aunque estoy seguro de que mi padre hubiera accedido, no firmaron la autorización. Al volver a la oficina me dijeron que tenía que esperar a ser mayor de edad y, al final, nunca llegué a ir.
— ¿Me contaría alguna de esas travesuras que ya haya prescrito?
— Te voy a contar la más gorda que hice. Y ya no era ningún chaval. Un día estaba en el Xaloc, en Figueretes, era invierno y recuerdo que llovía y hacía mucho frío. Unos cafres que habían bebido demasiado la liaron con unos contenedores en medio de la calle, así que vino la Policía. A mí me dejaron que me marchara y me refugié de la lluvia en una cabina. Total, que me entretuve mirando el tocho de la guía telefónica que había dentro. Yo no es que fuera cargado (de alcohol), pero tampoco iba vacío, ya me entiendes, así que pensé en hacer una buena broma. No se me ocurrió otra cosa que gastarla al aeropuerto. Busqué en la guía el número de teléfono, llamé y, con voz muy seria dije: «preste mucha atención. Soy el teniente del Comando Rojo del Partido Revolucionario. Les daré instrucciones para que hagan el pago de 50 millones», y colgué. Salí de la cabina y seguí caminando hacia Vara de Rey, pensando qué decirles, hasta que me metí en otra cabina y volví a llamar: «Hay una bomba preparada para estallar en un vuelo». La chica que me cogió el teléfono me preguntó que si lo que quería en realidad era ligar con ella. Estuve apunto de decirle que sí (ríe), pero seguí con mi rollo: «Si no hacen entrega de 50 millones en el cruce de Portinatx, con un 600 y una mujer vestida de blanco, haremos estallar la bomba». Así, llamando de cabina en cabina, llegué hasta Vara de Rey.
En aquellos años no estaba tan iluminado como ahora y, al llegar, ¡eso era un nido de policías buscando con sus linternas!. Me metí en otra cabina y no tardó en entrar uno de los policías gritándome «¿Dónde está la bomba?». Yo le dije «no existe tal bomba». «Se me llevaron, pero no llegaron a detenerme. Lo que sí que me echaron una buena bronca y me advirtieron de que, si llega a haber algún atentado, me hubiera cargado yo toda la culpa. De hecho, creo que llegaron a parar todo el tráfico aéreo de Baleares». (ríe).
De verdad no teneis nadie más interesante para entrevistar?