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Gente de Ibiza

«En este oficio nunca te aburres»

José Roig ha pasado media vida como bombero en Ibiza

Palauet tras su charla con Periódico de Ibiza y Formentera | Foto: Toni P.

| Ibiza |

José Roig Riera (Santa Eulària, 1961), bombero recién jubilado del Consell de Ibiza, ha dedicado más de tres décadas a un oficio exigente y vocacional. Criado en Santa Eulària y profundamente vinculado a la vida rural y comunitaria de la isla, su trayectoria profesional está marcada por la diversidad de intervenciones, el compañerismo y el compromiso con el servicio público.

—¿Dónde nació usted?

—Nací en casa, en Can Palauet, en Santa Eulària. De hecho, la matrona le dijo a mi madre que mi parto iba a ser el último que hacía. En esa época la gente ya iba al hospital. Mi padre era Pep ‘Palauet’, de Santa Eulària, y mi madre es Maria, de Jesús (que también está en Santa Eulària), por lo que no se puede ser más de Santa Eulària que yo. ¡Tengo el pedigrí completo! (risas) Se da la coincidencia de que, igual que mi padre, me casé con una mujer de Jesús, Lina, y también hemos tenido solo un hijo, Marc. Además, estuvimos ‘festejant’ durante el mismo tiempo antes de casarnos: nueve años. En mi caso fue porque nos quisimos hacer la casa en el campo, poco a poco.

—¿A qué se dedicaban sus padres?

—Mi padre compró una de las primeras tabernas y tiendas a pie de la carretera de Santa Eulària, que estaba muy cerca de la finca de mi abuelo. Lo construyó un hombre que siempre fue soltero, con la casa encima del negocio y, al jubilarse, mi padre se lo compró poco antes de casarse. Lo llevó hasta mediados de los años 90, cuando se jubiló y dejó de tener sentido una tienda como esa tras la llegada de supermercados y grandes superficies.

—¿Cómo recuerda su infancia?

—Vivíamos en Can Palauet, en el barrio de Can Marçà, y mi padre y mi madre se encargaban de la tienda y de la taberna. En verano, mi madre se ocupaba del negocio mientras mi padre se encargaba de hacer las compras para la cocina del hotel Fenicia. Yo solía acompañarle en la furgoneta, yendo a ver a los payeses, al mercado… Cuando íbamos por algún camino, me dejaba conducir la furgoneta con solo unos 11 o 12 años. Como me gustaba tanto conducir, aprendí a montar en bicicleta yo solo, con una de esas grandes con la barra en medio. También me enseñó a llevar el tractor a la misma edad. Desde entonces no volvió a trabajar en el tractor (risas).

Solía jugar al fútbol con los cuatro o cinco niños que había de mi edad en el barrio. Nos hacíamos nuestros propios juguetes: una caña podía ser un caballo y nos hacíamos tirachinas, arcos y flechas… y jugábamos por los alrededores. Nos juntábamos cada día para ir juntos al colegio que, aunque estaba a unos 20 minutos, tardábamos una hora en llegar, jugando todo el camino.

—¿Dónde iba al colegio?

—A Santa Eulària. Al principio no había ni colegio y nos tenían repartidos en distintos locales del pueblo. Cuando iba a sexto, nos pasaron a todos a la nueva escuela de Sant Ciriac. Ahora está todo construido, pero entonces no había nada; el patio era todo alrededor. Cuando terminé el EGB fui a hacer el bachiller a Vila, en el instituto Santa Maria.

—Al terminar el instituto, ¿siguió estudiando?

—No: hice la mili como voluntario para que no me destinaran fuera de Ibiza. Tuve una mili relativamente tranquila, si no fuera porque me pilló de lleno el 23-F. Yo estaba en el economato, en Vila, y nos vinieron a buscar para estar en el cuartel aguardando a ver qué iba a pasar. Menos mal que se solucionó rápido, pero había tensión en el ambiente.

«Cada servicio es distinto, no sabes nunca lo que te vas a encontrar. Eso te mantiene vivo y atento»

—¿Dónde empieza su vida laboral?

—Cuando iba al instituto. Durante los veranos trabajaba en la carnicería de Salewsky, donde seguí trabajando al terminar la mili durante unos ocho años. Yo no me veía toda la vida en ese oficio, así que probé durante unos cuatro años en Iberia. Estaba bien, pero solo trabajaba en verano e iba un poco justo económicamente.

Dio la casualidad de que un primo mío, Eloy, apareció un día diciéndome que había una convocatoria para conseguir plazas de bombero. Por probar, nos presentamos los dos y ambos suspendimos. Yo suspendí porque se me escurrió la cuerda por la que estaba trepando, pero me volví a presentar a la siguiente convocatoria y la aprobé. Mi primo no volvió a presentarse.

—¿Qué le pareció el oficio de bombero?

—Es un trabajo muy emocionante que me llenó desde el primer momento. Cada servicio es distinto, un mundo distinto donde no sabes lo que te vas a encontrar. Esto te mantiene activo; no sientes monotonía como en otro tipo de trabajos. En este oficio nunca te aburres.

—¿Ha cambiado mucho este oficio desde que empezó?

—Sí, mucho. Cuando entré, en 1991, el parque de bomberos del Consell apenas llevaba diez años en marcha y no éramos más que 22 personas. Ahora hay 58. Estábamos repartidos en turnos de cuatro o cinco personas, incluso tres. Sin embargo, solucionábamos cualquier servicio, por complicados que fueran. Entonces todos éramos gente de Ibiza, gente de campo que conocía la isla y estaba familiarizada con trabajos en el campo, usar motosierras… Ahora ha mejorado todo muchísimo, aunque todavía queda mucho más por hacer. Lo que pasa es que, en este oficio, cuando no pasa nada parece que sobra gente, pero cuando pasa, nunca somos suficientes.

—¿Pasan muchas cosas?

—Ya lo creo. Que no se queme un bosque no significa que no hagamos otras cosas. Tocamos todos los temas: inundaciones, incendios en pisos o coches… Últimamente se han incrementado los rescates a personas mayores que están solas y, por algún percance, no pueden abrir la puerta de su casa. Los accidentes de tráfico son de lo más desagradable; me he llegado a encontrar cuerpos desmembrados repartidos por la carretera. Lo más satisfactorio es la sensación del trabajo bien hecho: cuando has podido contribuir a salvar bienes o incluso alguna vida.

—¿Recuerda algún caso concreto en el que contribuyera a salvar alguna vida?

—Afortunadamente no es lo más habitual, pero recuerdo un incendio provocado en un piso para suicidarse. El piso estaba lleno de humo y no se veía nada; sin embargo, logramos dar con ella y salvarla.

«No son seguros los bosques de Ibiza. Aquí tenemos el problema de que están llenos de edificaciones, incluso urbanizaciones como, por ejemplo, Siesta.

—Cuando no hay emergencias, ¿a qué dedican la jornada?

—Lo primero que se hace es revisar los vehículos, además de hacer cursos y prácticas. Se hacen simulacros, practicamos excarcelaciones en vehículos que nos ,ceden desde Ca na Negreta, a entrenar con la escalera…

—¿Han salvado a muchos gatos de los árboles?

—(Risas) ¡Lo de los gatos nos lleva locos! Cualquier persona de campo se muere de la risa cuando le cuentas que tienes que rescatar a un gato de lo alto de un árbol. Los gatos se suben a los árboles porque se asustan de algo, de un perro, por ejemplo. ¡Ya bajará! ¿Alguien se ha encontrado alguna vez a un gato muerto en un árbol? (risas). Con tanta conciencia animal mal entendida, muchas veces acudimos más para evitar que alguien se caiga de la escalera intentando «salvarlo» que por otra cosa. Debido a esto, ahora hay un protocolo para estos casos en los que solo se acude pasadas 24 horas. Evidentemente, si se caen a un pozo acudimos enseguida. También hay otros servicios inverosímiles, y es que hay gente que confunde una urgencia con una incidencia doméstica y nos llaman porque se han quedado encerrados fuera de casa o porque les gotea un grifo… Los bomberos son un servicio de extinción, salvamento y rescate. Este tipo de cosas son las que valora un jefe de turno antes de salir, así como el número de efectivos y la estrategia adecuada.

—¿Son seguros los bosques en Ibiza?

—No. Aquí tenemos el problema de que los bosques están llenos de edificaciones, incluso urbanizaciones como, por ejemplo, Siesta. Esto provoca lo que llamamos ‘interface’: que un incendio pase de forestal a urbano. También hay quien hace casas en bosques con una sola entrada y salida, muchas veces de difícil acceso. No hay previsión.

—Hace poco que se ha jubilado, ¿a qué se dedica ahora?

—Sí, me jubilé este 31 de diciembre e hice mi último ‘arròs de matances’ para los compañeros. Ahora hago el trabajo de casa, que siempre hay que hacer, además de dedicar más tiempo al grupo de obreros de la parroquia de Santa Eulària o a la Cofradía del Cristo atado a la columna, a los que pertenezco desde hace años. Siempre me ha gustado colaborar y mantener las tradiciones.

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