José Luis, Pep, Sala (Eivissa, 1976) encontró en el mar su verdadera vocación desde muy joven. Una vocación que nació sobre una tabla de windsurf y que sigue activa desde el puente de mando de un barco de línea como capitán. El oficio de capitán de barco le ha aportado innumerables vivencias, la gran mayoría satisfactorias y divertidas, pero también episodios en los que su experiencia le permitió evitar una tragedia tras el naufragio de un ferry frente al islote de Castaví.
—¿Dónde nació usted?
—Nací en Vila, en el antiguo ambulatorio, donde ahora está la Comisaría de Policía. Mis padres son Vicent, de Can Beia, de Sant Mateu, y Cristina.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—Mi padre hizo un poco de todo. Desde repartir bebidas a los hoteles con su hermano, también trabajó en un cash y acabó dedicándose a la construcción con su primo. Mi madre, además de ocuparse de la casa y de cuidarnos a mi hermana Sonia y a mí, también cosía en casa para una modista de la moda Ad Lib, limpiaba y estuvo la mayor parte del tiempo en las oficinas de La Sirena. Seguro que hizo muchas más cosas que se me pasan por alto.
—¿Dónde creció?
—En Vila. Soy ‘vilero’. Vivíamos en Isidor Macabich, 28, segundo primera. Me sé la dirección desde que era muy pequeño y me sirvió de mucho un día que me perdí en la calle. Mi madre habría salido a comprar y yo me despisté. Acabé sentado en un portal de la calle Catalunya hasta que se acercó un Policía Local, Javier —quien más adelante nos enseñaría judo—, y me preguntó qué hacía allí. Le recité la dirección de memoria y me llevó a casa, donde mis padres estaban con un disgusto que ya os podéis imaginar (risas). Era una Vila muy distinta; más o menos todo el mundo se conocía y estos percances se solucionaban fácilmente. Desde casa hasta el colegio, Juan XXIII, íbamos andando casi todo el tiempo por en medio de Feixes. No había nada. Más adelante, a los nueve o diez años, nos mudamos a Sa Carroca, donde mi padre se había comprado un terreno y había construido nuestra casa. En realidad, cuando nos mudamos no había ni las ventanas (risas). La fuimos terminando poco a poco; recuerdo que yo me dedicaba a ‘grivar’ la arena. Ni siquiera había valla en la casa. Allí, en Sa Carroca, la cosa era distinta. Íbamos todos los niños del barrio de acá para allá con nuestras bicicletas BH. Yo tenía un modelo Bicicross rojo, de esos con el sillín grande y el manillar tipo Harley.
—Nos ha dicho que iba al colegio Juan XXIII, ¿cambió al mudarse a Sa Carroca?
—No. Fui siempre al mismo colegio. El primero que se me viene a la cabeza es don Rafael Zornoza, el profesor de música. También estaba don Domingo, Isabel, Murtera o don Juan Orihuela… Todos ellos son gente que nos marcó la vida y que todavía nos saluda por la calle llamándonos por nuestro nombre. ¡Y eso que éramos 49 en la clase! (yo era el número 37). Era una educación que, sin ser demasiado estricta, nos hacía ir por el camino que nos marcaban. Formábamos en el patio y los primeros años hasta rezábamos el Padre Nuestro en la clase. Al menos yo nunca me sentí maltratado, aunque alguna colleja me llevé (risas). Entre compañeros, aunque había una jerarquía y los mayores se metían todo lo que querían dentro del colegio, una vez fuera había camaradería entre todos. Como en la época en la que bajaban otros ‘niños’ de Dalt Vila o Sa Penya y venían a ‘pedirnos dinero’: los mayores del colegio nos defendían.
—¿Siguió estudiando?
—Sí. Fui al instituto, al Seminario, donde hice el BUP con profesores como don Salvador, don Miquel, Ángeles, Carmen y el ‘sherif’ del condado: Guimerá. Allí el ambiente era prácticamente el mismo que en Juan XXIII. El cambio llegó cuando fui a hacer el COU a Santa Maria. Allí el trato con los profesores era muy distinto. La mayoría venían de Valencia o de Mallorca y tampoco ponían mucho interés en los alumnos. No había ningún control. Se juntaron varios factores para que ese año fuera ‘complicado’ en cuanto a los estudios, que siempre me habían ido muy bien. Me había sacado el carné nada más cumplir 18 (los cumplo en enero) y en esa época era muy surfista, así que me pasé medio curso haciendo ‘salera’ para hacer windsurf en la playa con Ascanio o con Jordi.
—¿Dejó entonces sus estudios?
—Fue un momento un poco crucial, el típico en el que te preguntas qué quieres hacer en tu vida para tomar un camino u otro. Yo había descubierto el windsurf hacía años con mi vecino de Sa Carroca, Ascanio, y en verano había estado dando clases en la escuela de vela de Jaume Bossa, Anfibios. Estaba todo el día en la playa. Pero el mar me había obsesionado desde niño. Recuerdo preguntarle a mi madre, mientras estábamos en la playa, qué era eso que se veía en el horizonte. Me explicó que era un barco que llevaba a la gente fuera de Ibiza y entonces tomé conciencia de lo que significa el mar. El mar siempre me llamó, así que decidí dedicarme a algo relacionado con él. De hecho, el mar me lo ha dado todo, hasta a Eneida, mi pareja desde hace 10 años.
—¿De qué manera se dedicó al mar?
—Primero sacándome los títulos necesarios para ejercer como monitor y el titulín para poder llevar la lancha de goma. Entonces decidí que quería ser capitán de barco. El problema era el dinero, así que me asesoré con alguien que era capitán en Costa Cruceros, que me preguntó si quería estar estudiando cinco años más, con todas las prácticas, para trabajar en un sector que estaba yendo al carajo. Él ya veía que la marina mercante en España estaba en decadencia y me aconsejó sacarme los FP de Cabotaje y Mayor de Cabotaje —ahora se le llama Técnico Superior en Transporte Marítimo—. Antes de tomar una decisión me fui a Andorra a hacer una temporada de esquí como operario de telesilla. Allí me di cuenta de que cada dos semanas necesitaba coger el coche para ir hasta Barcelona para comer junto a la playa. Mi mundo no era otro que el mar, así que me fui a estudiar Cabotaje a Tenerife. Estuve dos años trabajando como instructor de vela para el Cabildo por las mañanas y estudiando la FP por las tardes. Antes de volver a Ibiza me saqué también el título de instructor de buceo en Lanzarote.
—¿A qué se dedicó en Ibiza?
—Los primeros años trabajé como instructor de buceo en Anfibios, pero pronto me puse a trabajar para lo que me había preparado. Lo primero fue en Sant Antoni, con un llaüt, el ‘Foam’, con el que llevábamos a turistas por distintos lugares de la zona. Después estuve llevando el Ulisses entre Platja d’en Bossa e Illetes unas temporadas más. También estuve llevando ‘party boats’… una época muy divertida, pero demasiado estresante. En invierno estuve un par de campañas con barcas de pesca, la Llopis y el Xarpat, con Vicent ‘Empenyu’ y Toni Sastre, con quienes aprendí mucho. También aprendí que el mundo de la pesca es precioso, pero muy duro, así que decidí dedicarme al pasaje. Cuando terminé las prácticas decidí buscarme una línea.
—¿Lo logró?
—Sí. La primera fue con Mediterránea Pitiusa, en el ‘Illa Pitiusa’, entre Ibiza y Formentera, de puerto a puerto (en esta compañía conocía a Eneida). Se acabó la etapa de turistas. Durante una época llevé un barco de carga donde se trabajaba muy a gusto; solo llevábamos materiales, vehículos y los chóferes. Con la llegada de los barcos Eco en Baleària, en 2018, empecé a trabajar con esta compañía hasta el día de hoy.
—Habrá vivido muchas anécdotas en el mar.
—Miles. Algunas divertidas y otras que no tanto. Además de las veces que teníamos que esquivar las olas del Nixe con el Foam cada vez que atracaba en Sant Antoni. Una divertida sería en el Nemo, cuando cargamos en un viaje del Imserso en enero, en plenas ‘minves de gener’, cuando el mar está más bajo, y el barco tocó fondo cuando todo el mundo estuvo a bordo. De alguna manera tenía que conseguir que todos fueran a popa para poder sacar el barco sin que nadie entrara en pánico. Tiramos pan por la borda y le dijimos a todo el mundo que había ‘peces típicos’ y que, si querían hacerles fotos, fueran todos a esa zona del barco.
—Nos ha contado una divertida…
—También tengo otra que no es tan divertida, sí. Fue con el barco de línea de Baleària. Se trata de una navegación que se hace muy cerca de la costa y, cuando hay viento de poniente, la navegación es algo desfavorable de camino a La Savina. En estos casos, al enfrentar Es Freus, se hace muy incómodo para el barco y para el pasaje, y a los ‘antiguos’ nos enseñaron a pasar entre Castaví y Es Gurrinets para evitarlo. En un último viaje del día tomé la decisión de tomar esa ruta, con la mala suerte de que una ola nos arrastró hasta la lengua de Castaví, creando una gran vía de agua y dejando el barco inoperativo. La situación fue verdaderamente comprometida. Como capitán tenía que tomar una decisión y, tras estudiar la situación con calma, decidí que las condiciones eran las adecuadas para levantar el ancla y dejarnos arrastrar por la corriente para varar en la arena de la playa de manera controlada hasta que llegara el rescate. Dentro de una situación tan complicada, pese a que hubo gente con dolor de cuello o que tal vez no quiera volver a subir a un barco, todo el mundo volvió sano y salvo a casa esa noche.
—Tras ese episodio, ¿se planteó dejar ese oficio?
—Al principio tal vez sí hubo algún momento de duda. No sabía si la empresa querría seguir contando conmigo, si mi profesionalidad se vería cuestionada… Sin embargo, la empresa confió en mí tras estudiar el caso y, por mi parte, decidí que hay que seguir adelante. Dentro de esta experiencia también he aprendido cosas, como que hay que cambiar ciertos sistemas de aprendizaje y evitar riesgos innecesarios. A la hora de enseñar a alguien, tras esta experiencia, también he aprendido a ser más didáctico y más comunicativo, porque las cosas pasan y hay que estar preparado. Si hay algo que tengo claro es que quiero jubilarme como capitán.
en otra vida, este señor, hubiera sido corsario. excelente entrevista.