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Antònia Ribas, figura clave en la lucha contra la droga en Ibiza: «La droga arrastra también a toda la familia»

Antònia Ribas es una figura clave en la lucha contra la droga en Ibiza

Antònia tras su charla con Periódico de Ibiza y Formentera | Foto: Toni P.

| Ibiza |

Antònia Ribas Ribas (Platja d’en Bossa, Sant Jordi, 1944) es una figura clave en la lucha contra la drogodependencia en Ibiza. Impulsora de la asociación Eivissa i Formentera sense drogues y pieza fundamental en la implantación de Proyecto Hombre en la isla, su trayectoria vital está marcada tanto por una infancia humilde en el campo ibicenco como por un compromiso firme con las personas afectadas por las adicciones y sus familias.

—¿Dónde nació usted?

—Nací en Platja d’en Bossa, en la finca de Can Puig, donde mis padres trabajaban como mayorales para ‘Marianito’ Tur de Montis. Mi madre era Francisca, de Can Tallada, de Sant Josep, y mi padre, Vicent, de Can Tomàs, aunque todo el mundo le conocía como de Can Llarg desde que mi abuelo, Joan, bajaba cada temporada desde Sant Miquel para trabajar en las Salinas. Como era muy alto y nadie le conocía, empezaron a llamarle así y así nos han llamado hasta ahora (risas). Yo era la pequeña, la ‘caganius’, de los siete hijos que tuvieron. Hoy solo quedamos los dos pequeños, y mi hermano Pep sigue cuidando de su huerto a los 86 años. Un médico le dijo que este trabajo es la mejor pastilla que puede tomarse (risas).

—Nos ha contado que sus padres eran mayorales.

—Así es. Cuidaban y cultivaban la finca de Tur de Montis y, dos veces a la semana, se le llevaba un gran ‘senalló’ a Dalt Vila repleto de las mejores frutas y verduras que se recogían en la finca. Para él siempre se seleccionaban las mejores piezas y las más bonitas. Si había, por ejemplo, mandarinas, nosotros no podíamos tocarlas. Por supuesto que nos comíamos alguna, pero después nos teníamos que lavar muy bien las manos para que nuestros padres no se dieran cuenta (risas). El resto se llevaba a una vendedora que había en el carrer de sa Font, que los sábados nos pagaba lo que le daba la gana (risas).

Los domingos, mi padre y mi hermano Vicent, el segundo mayor —el mayor, Pep, tenía la salud demasiado débil para trabajar en el campo y no sé cómo se las apañó, pero logró estudiar y convertirse en maestro—, cargaban un carro con frutas y verduras para ir hasta Sant Josep a venderlas a la salida de misa. Con el dinero que fueron ahorrando pudieron comprar una pequeña finca de secano, con unos cuantos algarrobos, donde ahora está el campo de fútbol del Ibiza, en Can Misses, donde se hicieron la casa mis padres y dos de mis hermanos.

Mucho más adelante, el Ayuntamiento amenazó con expropiarnos la finca si no se la vendíamos; con lo que nos dieron pude comprarme un piso en Vila, al lado de Can Ventosa.

—¿Pudo ir al colegio?

—Sí, iba a las monjas de Sant Jordi. Pero allí rezábamos más de lo que aprendíamos (risas). Allí conocí a varias monjas jóvenes, entre ellas a Sor Micaela, que fue maestra en el colegio de La Consolación. Estuve en el colegio hasta cuarto grado; el examen final nos lo hacían por parejas: nos ponían a ‘competir’ dos niñas haciéndonos preguntas una a la otra. Yo quedé segunda al confundirme en la última de más de 30 preguntas (risas).

El diploma nos lo dio el capellán del pueblo, Escandellet. Era un cura muy peculiar y divertido. Hablaba siempre con la zeta y al principio no gustó nada a los hombres más serios y ricos del pueblo. Se los acabó ganando yendo al bar de Cas Sac e invitándolos a todos antes de mandarlos a misa. Hasta entonces solo iban sus mujeres (risas).

En una ocasión, un vecino del pueblo, algo malhablado, Juanito ‘Jordi’, se subió al autobús blasfemando sin darse cuenta de que Escandellet estaba allí. Cuando el cura salió, le agarró del hombro y le dijo: «Me alegro mucho de que sigas creyendo en Él» (risas).

Para Navidad no hacía falta gastarse el dinero que se gasta ahora en fiestas; con ir a la misa de Matines la diversión estaba garantizada con Escandellet, cuando nos hacía cantar en latín: «Za feta ha de zortir molt bé», nos decía (risas). Yo fui la primera a la que bautizó en Sant Jordi. Mi padre era obrero de la parroquia y le acompañaba por toda la venda de Platja d’en Bossa, donde había hasta 52 casas, a hacer la Salpassa. En cada casa les ofrecían una copita de vino dulce. ¡No sé cómo llegaban derechos después de 52 copas de vino blanco! (risas).

—¿Cómo recuerda su infancia en Platja d’en Bossa?

—No teníamos apenas nada con lo que jugar; con dos tonterías nos conformábamos. Para los Reyes Magos, como mucho, nos dejaban algún paquete de horquillas o un huevo dentro de la zapatilla. Mi hermano mayor, con el que me llevaba 18 años y era mi padrino, alguna vez me trajo una muñeca de cartón desde Tarragona.

A veces íbamos a jugar a las cartas a la finca de al lado, Can Bossa, y jugábamos con garbanzos o habas. Para las celebraciones hacíamos bunyols, pero solo con un poco de agua y harina. Sin embargo, éramos felices; ahora los niños tienen de todo y no lo son. Los Viernes Santos y los domingos del Corpus, después de ver la procesión nos sentábamos en el Alhambra o en el Mar i Sol a bebernos una ‘graciosa’. Esta era la mayor fiesta que hacíamos (risas).

—Vivió en Platja d’en Bossa hasta que se mudó a Vila.

—No. Estuve en Platja d’en Bossa hasta los 15 años, cuando nos trasladamos a Jesús. Primero a la finca de Can Toni Bessó unos años y después a la de Can Cuensa, que era de los Villangómez. En esa época yo ya era una jovencita y los domingos iba en bicicleta con mi hermano Vicent y mi cuñada al hipódromo de Can Bufí a ver las carreras de caballos.

Allí conocí a Vicent Escandell, un día que se sentó a mi lado. Él era de Formentera, pero llevaba mucho tiempo en Ibiza. Estuvimos ‘festejant’ unos cuatro años hasta que nos casamos, cuando yo tenía 20 años. Tuvimos cuatro hijos —Vicent, José Antonio, Montse y Juanma— y ahora ya tengo siete nietos.
Él era camarero. Empezó en el hotel Noray antes de irse a la mili y el día que abrieron el Celler Balear, el primer restaurante bueno de Ibiza, le llamaron para echar una mano. Estuvo trabajando allí hasta el día en que cerró. Gumà y Joan, los propietarios, eran barbero y serrador, respectivamente, y no conocían el oficio de la hostelería como Vicent, que aprendió con un maître valenciano en el Noray que le hacía trabajar con guantes blancos sin mancharlos.

Él sabía cuándo entraba a trabajar, pero no cuándo salía. Sin embargo, tenía un carácter muy parecido al de Escandellet: sabía tratar a la gente. Cuando se hacía demasiado tarde y los clientes no se marchaban, les ofrecía la llave para que cerraran ellos mismos con la condición de devolvérsela a la mañana siguiente, a las ocho, para poder abrir de nuevo. ¡Siempre se levantaban y se marchaban! (risas). Estuvo trabajando allí toda la vida, hasta el mismo día que cerró: 35 años. Vicent nos dejó hace siete años.

—¿Trabajó usted tras casarse?

—Sí. Cuando mi hijo pequeño tenía ocho años empecé a trabajar los veranos en el hotel Palm Beach, en la limpieza del comedor. Más que trabajar, también estuve luchando mucho por traer el Proyecto Hombre a Ibiza. El problema de la droga nos golpeó en casa y estuve mucho tiempo viajando a Mallorca.

En Ibiza no había nada y, junto a una amiga, Lola Muñoz, logramos montar la asociación Eivissa i Formentera sense drogues para traer el Proyecto Hombre a la isla. Hasta entonces no había medios para la acogida y la reinserción de las personas con esta enfermedad —porque es una enfermedad— y las familias debíamos ir a Mallorca continuamente.

Después de muchos años de lucha logramos traer el Proyecto Hombre a Ibiza. Hacíamos cualquier cosa, sobre todo vender ropa en el mercadillo de Sant Jordi que nos donaban las tiendas, para recaudar fondos. Estuvimos buscando socios por todos lados. Entre otras cosas, conseguimos que los hijos de las personas con esta enfermedad obtuvieran las ayudas que les correspondían y de las que nadie nos había hablado nunca.

—¿Cómo recuerda el problema de las drogas en Ibiza en aquellos años?

—Los chicos no sabían dónde se metían; fue como una trampa. Además, ese problema era un tema tabú en las casas, del que no se hablaba. En la mía también pasaba lo mismo y tuve que sacar de donde no había para poder enterarme de lo que era.

Ahora que sé perfectamente de qué va y qué es lo que pasa, me da mucha pena la gente que está enganchada. Había auténticos nidos de droga, incluso en bares pegados al mismo instituto. Las familias que tenían dinero podían llevar a sus hijos de un sitio a otro, pero quienes no teníamos tantos recursos solo teníamos la opción de entrar en Proyecto Hombre.

Todavía en Mallorca teníamos un grupo al que llamábamos el de ‘los banqueros’, que era gente que vestía con americana y corbata durante la semana y que, cuando llegaba el fin de semana, se abandonaba al alcohol y la cocaína. Son los mismos que pagan a alguien para que vaya a Sa Penya a por droga por vergüenza de ir ellos mismos.

—¿Cómo considera que está Ibiza en cuanto a las adicciones a la droga?

—Ahora hay más adictos que cuando llegó la droga a Ibiza. Hay muchísima juventud de entre 15 y 20 años, incluso más jóvenes, que beben y consumen. Con tantos años de experiencia, solo con ver cómo camina alguien por la calle ya sé de qué pie cojea.

He trabajado y luchado mucho, también he podido ayudar a mucha gente, y me sigo compadeciendo de las familias que tienen este problema. La droga también afecta a las familias, que siempre deben estar pendientes de su familiar con problemas o de sus hijos, sin poder disfrutar de una vida normal y tranquila. Yo he tenido que estar pendiente de este mundo y no me arrepiento: tengo la conciencia muy tranquila.

3 comentarios

user luisa | Hace 1 día

ver que hay personas como esta sra nos da paz a los que vemos pasar el circo de como esta el mundo , por culpa de unos seres que se dice son de la misma raza que la sra del reportaje....

user Puff | Hace 1 día

,,,simplemente,, GRACIAS..

FJ FJ | Hace 1 día

La verdad es que las madres que luchan contra esta lacra, impulsadas por los problemas de sus hijos, tienen mucho mérito. No hay más que ver las madres en Galicia, enfrentándose a los miserables de los traficantes de drogas, cuyo mejor sitio es el trullo (por no decir otra cosa).

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