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«Se me paralizó media cara como consecuencia del estrés de no encontrar vivienda en Ibiza»

Rubén Corral publica ‘Diario de un temporero’, donde cuenta sus experiencias trabajando en la isla

Rubén Corral, autor de 'Diario de un temporero'. | Foto: Arguiñe Escandón

| Ibiza |

Rubén Corral llegó a Ibiza en el año 2012 junto a su vehículo y con apenas 500 euros en el bolsillo. En ese momento abandonaba su pueblo, en el cual el futuro le era incierto, tanto por las dificultades económicas como por las personales: «era un poco cabra y ahí hubiera acabado mal», reconoce. Ahora, después de tantos años en la isla, Rubén resume con franqueza sus experiencias y anécdotas en Diario de un temporero, su primer libro, publicado recientemente en Amazon y en el que relata con su toque personal todas sus vivencias.

Lo que encontró al llegar fueron muchas adversidades, sobre todo en lo económico. El primer mes sobrevivió compartiendo una habitación por la que pagaba 300 euros «la habitación entera eran 600, éramos dos»—y alimentándose de pan con ketchup de McDonald’s. Fue gracias a un desconocido que pudo empezar a trabajar: un hombre mayor que le paró por la calle al verle repartir currículums y le puso en contacto con un restaurante que buscaba personal. Después siguió haciendo extras en un hotel de cinco estrellas, donde una directora reparó en su forma de trabajar y le abrió una puerta mejor. El inglés lo fue aprendiendo solo, hablando y trabajando.

Crisis de vivienda

Sin embargo, las dificultades seguirían, sobre todo en lo relacionado con la vivienda. Uno de los veranos, y en plena temporada, su casero se echó novia y le comunicó de un día para otro que ya no le alquilaba la habitación. Acabó durmiendo en el coche un par de noches antes de encontrar una habitación provisional con tres camas en literas, donde pasó mes y medio hasta reubicarse.

Otra temporada, tenía una habitación apalabrada, la había visto, había dado su palabra. Cuando faltaban diez días para incorporarse al trabajo, el casero le comunicó que la había alquilado a otro por más dinero. Lo que encontró a la desesperada fue un cuarto de cinco metros cuadrados: solo una cama, una ventana rota en la pared y una televisión pequeña colgada detrás. Pagó 550 euros al mes por ello. Era 2018. «No es que yo quisiera llegar a esa situación», aclara.

Estrés

Aquel año la tensión acumulada le pasó factura de una forma inesperada: desarrolló una parálisis de Bell, la parálisis facial periférica que le dejó media cara sin movimiento durante tres meses. El médico se lo dijo sin rodeos: estrés. «Me quedaban como 20 días para empezar a trabajar y el chico no me contestaba. Cuando me faltaban diez días me dijo que había alquilado la habitación por más dinero».

Ese año empezó durmiendo en el sofá de un amigo hasta que encontró aquel cuarto a la desesperada.
Corral trabajó todas las temporadas desde su llegada, excepto durante la pandemia, cuando regresó a su pueblo y no volvió a la isla hasta 2023. Son más de diez años de veranos en Ibiza, y su balance es el de alguien que ha crecido en un entorno que también le ha desgastado. «He crecido mucho como persona, pero he tenido situaciones muy malas y situaciones muy buenas», dice. Lo que más le pesa, mirando atrás, es que buena parte de aquellas situaciones malas venían de la misma fuente: no tener dónde vivir con dignidad.

Hoy Corral vive en casa de un amigo policía desde 2023, en un alquiler de renta antigua. «Ahora estoy muy bien», admite, consciente de que eso le convierte en una excepción. Si tuviera que pagar los precios actuales del mercado, asegura que se iría de la isla sin dudarlo. «Al final es un mal vivir, y si encima tienes un alto volumen de trabajo como el que hay aquí, ya lleva una edad que no es compatible».

Vista atrás

Cuando se le pregunta si le recomendaría a alguien venir a hacer temporada, su respuesta es matizada pero honesta. A lo largo de estos años mucha gente le ha hecho esa pregunta, y siempre ha dado la misma contestación: depende. «Si tienes la suerte de dar con alguien bueno que solo quiere que estés bien y encuentras algo para estar cómodo, ven. Pero si es para malvivir y no es por necesidad, no vengas.» Para los más jóvenes que buscan simplemente vivir la experiencia de un verano diferente, entre playas y fiestas, lo entiende: pruébalo un año. Su experiencia vino siempre marcada por las condiciones económicas: «yo vengo de una familia muy humilde, no tenía nada más. Lo hice por necesidad, más que nada.» Si no hubiera sido así, reconoce, probablemente no lo habría hecho.

Diario de un temporero nació como terapia. Corral empezó a escribir el invierno pasado, «para desahogarme, todo seguido y mal escrito», sin ninguna intención editorial. Fue al final de la última temporada cuando revisó lo acumulado y vio que allí había una historia. Los recuerdos de años anteriores, las experiencias de viaje, los sentimientos que se repetían con distintos escenarios: todo encajaba. «Dije, ¿por qué no lo uno todo e intento hacer un libro?».

Sus expectativas eran cercanas: tenerlo en papel y que lo leyeran su madre y su abuela. Ambas cosas ya se han cumplido, y la acogida inicial entre quienes lo han leído que, en muchos casos, llegan a sentirse identificados.

1 comentario

user Serafintintin | Hace 2 horas

Llora llora, que seguro rascas algo!!!

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