Tuvo un origen cruento, la guerra civil española, pero apenas quedan ya signos de aquel aeropuerto de campaña militar con el que comenzó su andadura. Hoy es Codolar representa mucho más que una base aérea de posición estratégica -su orientación al suroeste se explica por carecer de elevaciones y obstáculos naturales-, significa la primera puerta de entrada a la isla para millones de turistas, nacionales y extranjeros. En 1991 cerraría definitivamente una puerta al pasado cuando se hizo cargo de la gestión Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, AENA, labor que continúa en la actualidad.
En su historia cabe citar numerosos nombres (a partir de 1982 todos civiles) de Rafael Losana a Gonzalo Aguarón, primer y actual director de las instalaciones, y otros tantos acontecimientos. En la memoria de muchos, los accidentes que ha sufrido desde que se abriera al tráfico civil, el primero en 1961 cuando un Bristol 170 procedente de Barcelona se salía de la pista mientras aterrizaba, hecho que no causó ninguna desgracia personal.
No hubo tanta suerte el 7 de enero de 1972 jornada en la que un vuelo que llegaba de Madrid y Valencia se estrelló en ses Roques Altes de sa Talaia muriendo sus 104 ocupantes. Un error del piloto parece que fue la causa del que hasta entonces fue considerado el mayor accidente aéreo en nuestro país. El último susto ha sido reciente: la desviación de un Condor al tomar tierra el año pasado, aunque tampoco entonces hubo que lamentar muertos. Pero las tragedias se minimizan con una labor diaria que comenzó vinculada al Ejército y se mantendría tras finalizar la contienda, aunque la precariedad de las instalaciones hizo que su utilización fuese algo menos que escasa. En 1948 se acuerda la anexión de 436.000 metros cuadrados de terrenos contiguos para la construcción de tres pistas, aunque la iniciativa nunca llegó a tener su réplica en la práctica. La paulatina incorporación de es Codolar en la ruta de compañías nacionales, las pioneras Iberia y Aviaco, o internacionales, con LTU a la cabeza, precipitan las reformas para dar cobertura a las nuevas necesidades. La apertura al tráfico civil, la recepción y salida de aparatos durante las 24 horas del día o la falta de una oficina de aduana que obligaba a realizar escala en Mallorca para controlar pasaportes y equipaje, son las principales cuestiones a las que se debe atender durante las décadas de los sesenta. Todo ello posibilita que a mediados de los sesenta la cifra de pasajeros llegue a los 100.000, una cantidad que contrasta con los cuatro millones de 1999. La nueva cara del edificio, que se mantiene en la actualidad, data de 1985. Son las formas de un relato al que aún hay que añadir multitud de páginas, entre ellas una nueva ampliación, que costará 1.500 millones de pesetas y reforzará la eficacia.