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Alejandra Vallejo-Nágera: «La adolescencia desestabiliza mucho a los padres porque no controlan a sus hijos»

Alejandra Vallejo-Nágera ofrece esta tarde una charla.

| Eivissa |

Alejandra Vallejo-Nágera es profesora de psicología clínica y neuropsicología de la Universidad Autónoma de Madrid. Además de su labor docente, colabora en el programa televisivo Saber vivir y en el programa Gente Despierta de RNE. Hoy a partir de las 19,30 horas ofrece en el Palau de Congressos una charla sobre la edad del pavo dentro del ciclo La aventura de educar en familia, que organiza el Ayuntamiento de Santa Eulària.

—¿Cómo han de afrontar los padres de la edad del pavo?

—Primero reconociendo que la adolescencia es una época de cambio, es una crisis y, como tal, entraña dejar detrás lo que ha dejado de funcionar para abrirse a una posibilidad nueva, teniendo en cuenta que los adolescentes adolecen de experiencia y van a salir al mundo necesitando apoyarse en alguien y ya no van a ser los padres, a los que llevan once años conociéndoles a fondo. Se apoyan en los amigos, que empiezan a cobrar una importancia fundamental en la adolescencia y esto desestabiliza mucho a los padres porque, por primera vez, en la vida no controlan lo que hacen sus hijos las 24 horas del día.

—¿A los once años empieza la adolescencia?

—Empieza a esa edad, con el cambio del cuerpo, la pubertad. Cuando pensamos en ello nos imaginamos unos 15 años, pero esa es la parte media, es una adolescencia asentada que en teoría termina a los 18. Con la infantilización de la sociedad está terminando mucho más tarde la adolescencia. Los padres deberíamos asumir que la preparación de este periodo de cambio debería concluir a los 18 años para empezar otro periodo de cambio, la edad adulta. A las once años comienzan a abrirse, a dejar de mirar el mundo interior de la casa, a tomar como referencia a sus padres, y apoyarse en los que van a ser sus iconos a partir de ahora, sus amigos. Empieza con el cambio del cuerpo. También sucede un problema y es que las chicas evolucionan antes, al menos casi dos años antes. Tenemos situaciones escolares en una misma clase con niños de 11 y 12 años en los que las niñas se portan como si tuvieran quince cuando los varones son muy niños. Tienen la misma edad cronológica pero no psicológica.

—-¿A qué se refiere con la infantilización de la sociedad?

—Una persona inmadura se define como que no sabe distinguir el capricho de lo que le conviene. Tenemos adolescentes de 20, 21 y 22 años que deberían estar madurativamente preparados para comprender lo que les conviene y hacer el esfuerzo para conseguirlo pero no, siguen teniendo 21 años y esperando que sea la vida y sus padres los que provean, haciendo muy poco a cambio.

—¿A qué se debe esta situación? ¿Hay una sobreprotección de los padres?

—En parte a una sobreprotección de los padres y también a un aislamiento de la sociedad, que está consumiendo la vida como si fuera café instantáneo en la que la retribución tiene que ser inmediata y alta, donde las personas jóvenes van buscando los momentos de magia porque activa ciertos neurotransmisores en el cerebro, que son muy adictivos, y no poniendo atención en que la retribución puede ser más retrasada en el tiempo. La búsqueda de la magia continua y de la satisfacción inmediata, hace que se busquen premios sin el esfuerzo correspondiente para conseguirlo.

—¿Cómo se le pueden para los pies a los chavales?

—Asumiendo responsabilidad. Una familia no es una democracia, alguien tiene que asumir el papel de adulto, que es incómodo porque tienes que poner límites. Poner límites es entrar en la posibilidad de una discusión, no se trata de poner los límites a grito pelado, hay que tenerlo muy claro.

—¿Cuándo es imprescindible que se pongan limites?

—El sentido común lo va a marcar todo. Los padres asumimos la paternidad y la maternidad que es la responsabilidad más grande de nuestra vida. Es más importante esa responsabilidad que cumplir con un objetivo profesional o ganar dinero y le damos prioridad a otras cosas, por encima del cuidado y atención. Los padres somos la referencia más importante de nuestros hijos aunque den la sensación de que están con la mirada puesta en otro lado y lo están, pero seguimos siendo una referencia importante. En los adolescentes es muy frecuente que digan a fulanito les deja hacer lo que le da la gana, porque sus padres pasan de él. Ellos mismos comprenden que pasar de una persona es dejarlo a su libre albedrío y que en realidad eso no es bueno. Cuando hay límites los adolescentes van a negociar. Aprender a negociar forma parte de su madurez y la mejor escuela son los padres.

—Es muy frecuente ver a adolescentes con móviles, ¿debería limitarse el uso de las redes sociales?

—Las redes sociales forman parte del mundo. Estamos demonizando algo que está a nuestra disposición. El asunto es utilizarlo bien, la responsabilidad de los padres es ayudarles a que las utilicen bien, no que las eliminen. Es inútil prohibir algo que existe, que está a disposición y puede ser una buena fuente de conexión con otras personas. Lo malo es el uso que se ha ce de ello.

—Ha llegado a escribir un libro sobre la edad del pavo, ¿da para tanto esta etapa?

—Por supuesto, porque es una etapa en la que se produce mucha desestabilización familiar. A los padres les estresa no controlar a sus hijos, no poder vigilarles las 24 horas al día como cuando eran pequeños y que tengan la mirada puesta en otro sitio que no sean ellos De hecho, de los 32 libros que he publicado es el que más he vendido.

—¿Qué consejos da a los padres ante la llegada de la adolescencia?

—La adolescencia no es la peor época de la vida de nadie, sino que es una etapa necesaria, de descubrimiento y crecimiento, que hay que vivirla a la edad que corresponde. En esta etapa va a ser de mucha turbulencia para los adolescentes, que no saben ni donde van, y necesitan mucho apoyo y vigilancia de lejos de los padres. Los padres tienen que ser una referencia. Tienen que asumir el papel de adulto, no pueden pretender ser amigos de sus hijos. Hay que estar ahí y va a ser incómodo pero para eso estamos y hemos tenido hijos.

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