Lamia y Romain fueron dos de las 19 víctimas que disfrutaban de su cena en La Belle Équipe la noche del fatídico 13 de noviembre de 2015, cuando varios comandos yihadistas abrieron fuego indiscriminadamente en distintos puntos de París. Amélie Gillet trabajaba entonces como ayudante de cirugía dental, y la casualidad quiso que aquella velada no acompañara a sus amigos al local de su distrito natal, lo que le salvó la vida.
Cambio de vida
«Había mucha paranoia en toda la ciudad; cualquier ruido en la calle me provocaba un sobresalto», recuerda Gillet sobre aquella época, en la que también vivió de cerca el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, «que estaba junto a la oficina de mi madre». Esta experiencia, sumada a que «no estaba cómoda en el trabajo» y a que «ese año cumplía los 30», la llevó a plantearse que «la vida es corta».
Amélie mantenía contacto con Ibiza desde 2008 gracias a un amigo que residía en la isla. «Me dijo que apenas había panaderías francesas y que era una buena idea para emprender aquí». Gillet explica que «siempre que venía a Ibiza –nunca para ir a las discotecas– me sentía bien. A diferencia de París, se respira mucha calma y la gente te saluda por la calle. Al principio me sorprendía mucho (risas)», señala sobre su elección de establecerse en la isla.
«Lo primero que hice fue formarme en París y, aunque en un año obtuve el título, me pareció insuficiente, así que decidí hacer otro año de prácticas en una panadería de prestigio, donde se producía muchísimo y adquirí gran experiencia», cuenta Amélie. Poco después, su amigo en Ibiza le informó de que había encontrado un local totalmente vacío en Jesús, «un pueblo que me encanta».
Comenzar de cero
Tras más de un año de trabajo para poner en marcha su proyecto –«el local estaba completamente vacío y tuve que buscar toda la maquinaria, decidir todos los detalles: desde dónde colocar los enchufes hasta la decoración…»–, Amélie se mudó definitivamente a Ibiza a finales de 2019. Sobre los inicios, difíciles por su escaso dominio del castellano, destaca que «la gente aquí es muy buena, todo el mundo te ayuda. Tuve mucha suerte».
El año 2020 comenzó con el fallecimiento de su amigo en Ibiza. Su cumpleaños hubiera sido el 13 de marzo, el mismo día en que Amélie abrió su negocio: Pierre & Marcelle, nombre elegido en honor a sus abuelos maternos.
Dos días después de la apertura, el mundo entero cerró sus puertas por la pandemia. «Gracias a vecinos como Alberto y Jacqueline, que me apoyaron desde el primer día, pude superar esos inicios tan duros», admite emocionada. «Fue difícil. Empecé con un panadero –compañero de la escuela en Francia– y dolía tener que tirar material al final del día porque no sabíamos cuánto producir. Menos mal que conocimos a la gente de ‘Los que nadie quiere escuchar’ y pudimos donar lo que sobraba a quienes más lo necesitaban». Entre risas, reconoce: «Si tuviera que comenzar sola de nuevo, no lo repetiría. Emprender en solitario en un oficio tan sacrificado como la panadería, y encima en plena pandemia, fue muy duro. Cuando montas un proyecto con un socio o tu pareja es una cosa, pero si lo haces sola, apenas tienes vida».
Hoy, Gillet cuenta con dos empleados: Lautaro, que la ayuda en el obrador y se encarga de la bollería, y Kionana, que atiende tras el mostrador. «Encontrar personal es otro problema con el que no contaba», reconoce. Su jornada arranca a las cuatro de la madrugada, «aunque a veces, cuando tengo encargos para cafeterías, barcos o villas, tengo que venir a las dos o tres», precisa.
El obrador de Pierre & Marcelle trabaja al estilo tradicional francés, con masa madre –«que saqué de una muestra de la última panadería en la que trabajé en Francia y que tiene 40 años»– y materias primas de alta calidad. «Traemos la harina desde una fábrica en Francia porque es ideal para el tipo de pan que hacemos», explica. Esto le obliga a tener precios algo más elevados, «aunque los ajusto al máximo para que todo el mundo pueda permitírselo».
Producto
De su obrador, tras tres días de fermentación lenta, salen panes especiales como el de campo, de Aracena o de centeno, además de pastelería como los croissants –«los de almendra son la estrella»–, los canelé de Burdeos o el brioche. «Unos vecinos me sugirieron que las tostadas con nuestro pan serían deliciosas. Les hicimos caso y ahora tienen mucho éxito», añade Amélie, que también ofrece desayunos con café en su tranquila terraza o en el salón, decorado con objetos antiguos rescatados del baúl familiar.
Además de vecinos como Alberto y Jacqueline, o quienes le propusieron hacer tostadas, Gillet valora especialmente «integrarme en el pueblo y que a los ibicencos les guste mi producto». La clientela de Pierre & Marcelle incluye también a numerosos franceses que aprecian su savoir faire –«algunos se llevan las baguettes de 15 en 15»– y a cocineros de villas de lujo que «vienen desde Es Cubells a buscar nuestro pan o nuestros croissants».