José – conocido por muchos como José el Poeta – convive desde la adolescencia con un trastorno de esquizofrenia y episodios depresivos que han marcado profundamente su trayectoria vital.
Este martes, con motivo del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, y desde una posición de mayor estabilidad emocional, reivindica el valor de la palabra y del acompañamiento profesional y social como herramientas clave para afrontar la enfermedad mental. Usuario de la Asociación Pitiusa de Familiares de Personas con Enfermedad Mental (Apfem), comparte su experiencia con un objetivo claro: normalizar la conversación sobre la depresión y animar a quienes la padecen a pedir ayuda.
«Apfem es como una familia para mí», afirma José, resaltando que la entidad ofrece a sus usuarios un amplio abanico de servicios: acompañamiento, psicoterapia, talleres de habilidades sociales, manualidades y programas específicos como un taller de prevención del suicidio.
Poesía
En ese contexto, José encontró también un espacio para desarrollar y compartir una de sus grandes pasiones: la poesía. «Como escribo desde siempre, me animé a impartir un taller de poesía. No como profesor oficial, pero sí desde la experiencia», explica. Para él, escribir no es solo un hobby, sino una forma de supervivencia emocional.
«A través de mis poemas libero emociones que tengo dentro sin miedo. Escribir es lo que más me define como persona, porque me permite expresar sentimientos que, de otro modo, se quedarían atrapados dentro de mí», señala.
«Queremos soluciones rápidas y, si no llegan, nos desesperamos. Hay que entender que todo tiene sus plazos»
José explica que su relación con la salud mental es temprana. Antes incluso de que debutara la esquizofrenia, ya arrastraba episodios depresivos desde la infancia. «En la adolescencia cogí una depresión muy fuerte. Empecé a ir a un psiquiatra privado y, aunque la esquizofrenia debutó a los 16 años, las depresiones ya estaban ahí desde antes», recuerda. A esa carga emocional se sumaron dificultades en el entorno escolar, conflictos puntuales con compañeros y profesores y una sensación persistente de aislamiento que fue minando su estado de ánimo.
El origen de la enfermedad, explica, fue una combinación de factores. Por un lado, una predisposición genética – su madre padecía trastorno bipolar – y, por otro, las circunstancias personales y emocionales de una adolescencia compleja. «Fue una macedonia de cosas: depresiones constantes, pocas amistades, malos resultados académicos y una vida bastante solitaria. Todo eso acabó desencadenando la esquizofrenia y las depresiones», relata.
Tras el diagnóstico, comenzó un largo recorrido por distintos recursos de atención a la salud mental. Pasó por el hospital de día del centro de es Viver, donde permaneció un par de años, aunque la experiencia no fue del todo positiva. «La medicación era muy fuerte y yo sentía que los efectos secundarios me estaban haciendo mucho daño. No me sentí comprendido ni escuchado», explica.
Esa falta de empatía le llevó a abandonar el recurso y buscar atención en el ámbito privado. Desde entonces, ha mantenido un seguimiento psiquiátrico continuado y, desde hace más de una década, ha estado vinculado a entidades como Deforsam y, en los últimos cinco o seis años, a Apfem.
«Aquí me siento acompañado. No solo por los compañeros, que son amigos, sino por los terapeutas. Me han protegido, me han guiado y me han ayudado mucho», subraya, recalcando la importancia de las actividades en el tratamiento de la depresión.
En su caso, la creación literaria le ha servido para canalizar tensiones, traumas y momentos de desbordamiento emocional. «A veces tengo miedo de mis propias sensaciones, me siento sobrepasado, y escribir me ayuda a ordenar todo eso», confiesa e indica que en sus talleres insistía en una idea clave: los sentimientos no siempre son agradables ni estéticamente bellos.
«También hay rabia, frustración, impotencia o tristeza, y hay que poder sacarlos sin miedo», insiste. Esa vinculación con las letras ha sido una constante desde joven. Aunque no pudo completar sus estudios – abandonó en cuarto de ESO – siempre destacó en asignaturas de humanidades y mantuvo una relación intensa con la lectura. «Me llamaban el ‘ratón de biblioteca’», recuerda con una sonrisa.
La enfermedad también tuvo un impacto notable en su vida social y laboral. Durante años careció de un grupo de amigos estable y nunca llegó a incorporarse al mercado laboral. «Me hubiera gustado trabajar en una biblioteca, en una librería o dedicarme a escribir, pero es muy difícil vivir de la poesía», reconoce. Aun así, lejos de resignarse, ha intentado mantenerse activo: cursos de idiomas, informática, alemán, inglés o formación en la Escuela Oficial de Idiomas forman parte de su trayectoria.
Ese esfuerzo constante por «hacer cosas» fue, en parte, una estrategia para combatir la depresión. «He intentado luchar contra ella participando en la vida, socializando, estudiando, buscando estímulos», subraya. Con el paso del tiempo, asegura haber aprendido a gestionar mejor sus emociones y a aceptar sus propios ritmos. «Ahora estoy en un contexto mucho más positivo que hace diez o quince años. Antes iba un poco a la deriva, sin un lugar donde explayar mis capacidades». En el plano terapéutico, actualmente combina el seguimiento psiquiátrico – con revisiones esporádicas para ajustar la medicación – con un proceso psicológico continuado.
Destaca especialmente el papel de su psicóloga, con la que conectó desde la primera sesión. «Sentí que hablaba con alguien que no solo tenía conocimientos profesionales, sino una gran calidad humana. Eso te anima a abrirte desde el principio, y eso es clave para que te puedan ayudar», afirma. José no esquiva los momentos más duros de su historia. Reconoce que atraviesa un proceso depresivo y que ha tenido intentos de suicidio en el pasado. Precisamente por eso insiste en un mensaje de esperanza realista.
«Una enfermedad mental no es el fin del mundo. El problema es cuando una persona decide quitarse la vida. Todo tiene solución, aunque algunas lleguen a corto plazo y otras a muy largo plazo», reflexiona. Advierte del peligro de buscar respuestas inmediatas.
«Queremos soluciones rápidas y, si no llegan, nos desesperamos. Hay que entender que todo tiene sus plazos», señala.
La familia
Para él, la clave está en la voluntad, en pedir ayuda y en apoyarse en la familia y los profesionales. «Comunicarse, no encerrarse y confiar en los expertos es fundamental», remarca. Mirando al futuro, José no se plantea grandes metas, sino continuar avanzando paso a paso. «Seguir progresando en Apfem, con mis terapeutas, con mi familia y con mis amigos», resume.
El papel de la familia, añade, ha sido esencial, pese a las distancias geográficas y las dificultades propias de cada relación. Antes de despedirse, lanza un agradecimiento explícito: «Gracias por permitirme hablar de un tema tan delicado como la depresión y mi enfermedad. Creo que se está construyendo algo muy positivo en Apfem y en mi vida. Con compañerismo y colaboración, todo se puede conseguir».