Pasear por los barrios de la Marina, el puerto o sa Penya durante cualquier mañana del mes de enero es caminar por un páramo. La actividad comercial está prácticamente paralizada en estas zonas de Ibiza ya que apenas se ve gente por la calle y la que te encuentras tiene como destino el barrio de sa Penya. Sin embargo, aún hay valientes capaces de levantar cada mañana la persiana de sus negocios a pesar de la falta de visitantes. Casi todos ellos dicen hacerlo por cuestiones como la responsabilidad y la imagen.
En Can Font, David Romero, hijo del propietario, recuerda que este comercio, una pequeña tienda de comestibles, «lleva abierto desde 1900». «Siempre hemos abierto todo el año», explica, «somos la tiendecita del barrio. Si no abriéramos, la gente de aquí no tendría donde ir a comprar». Romero lamenta que sean muy pocos los negocios que abren durante todo el año en La Marina y se muestra sorprendido al recordar a sus 39 años que, siendo pequeño, «aquí había mucha vida». «Yo he nacido en este barrio», rememora, «y ahora hay mucha menos vida que cuando era pequeño. Antes había gente todo el año pero luego fue cayendo. Con el COVID, volvió algo de vida porque la isla estaba cerrada y entonces la gente venía a pasear aquí. Es muy deprimente ver las calles llenas de negocios cerrados».
¿Ver arte a la Marina?
Romero cree que «el Ayuntamiento ha ayudado poco con tantas obras y quitando aparcamientos». En su opinión, hay proyectos mal planteados como el de la reforma de sa Peixateria o la peatonalización de calles: «Van a hacer otra galería de arte. ¿Quién viene a ver arte a la Marina? Nadie. Ni de la isla ni turistas. Tendrían que hacer un mercado en condiciones, que es lo que necesita el barrio. Quitan aparcamientos, lo hacen todo peatonal pero resulta que la gente no puede llegar. No se puede entrar con el coche y ponen multas hasta a los repartidores».
«Siempre hemos abierto todo el año, somos la tiendecita del barrio. Si no abriéramos, la gente de aquí no tendría donde ir a comprar»
No quedan ahí las críticas. La tradicional inseguridad en esta zona de la ciudad se traduce en su caso en «tener en la puerta a varios yonkis fumando base» y una Policía Local a la que acusa de pasividad ante las peticiones de ayuda. «Tú llamas para decir que tienes en la puerta a cinco yonkis y que no puedes salir con tus hijos y no te hacen caso», asegura, «al final, llamas diciendo que la cosa es más grave de lo que realmente es, que hay un tío tirado en el suelo con sangre, y entonces sí vienen. En el túnel del Castillo, hay un montón de gente ahí tirada y nadie hace nada. Te dicen que los ayudan, crees que los llevan a algún centro pero la realidad es que ahí siguen». Y concluye con hastío: «Cada vez que sale un nuevo alcalde, viene y promete que arreglará los problemas del barrio pero la realidad es que nunca más vuelven a pasar por aquí».
En la calle de la Virgen, Andreas Ordowski es el único comerciante que mantiene abierto su negocio, Ibiza 45, durante todo el año. Lo hace desde 2014 a pesar de que «el invierno es bastante complicado». Ordowski considera que medidas del Consistorio como bonificar las terrazas a los establecimientos que abran un mínimo de nueve meses «no han servido de nada porque hay más negocios cerrados que nunca». También cree que no se puede achacar este «fracaso» a las obras del Mercat Vell: «Si es así, deberían haberlo pensado antes y haber prestado atención. En Navidades no han hecho ni una actividad aquí ni en el puerto y la obra del Mercat Vell no es excusa porque no molestaba».
Interés
Para Ordowski, es necesario que Vila ponga «verdadero interés en recuperar la actividad» en el casco histórico porque de no hacerlo «la pregunta es si merece la pena seguir aquí y si no será mejor trasladar el negocio a otra parte de la ciudad donde puedas trabajar todo el año». Este comerciante también recuerda la época previa a la pandemia como un tiempo en el que «las cosas funcionaban mejor». «Antes del COVID», asegura, «el Ayuntamiento hacía actividades aquí y había más gente con ganas de mantener abierto. Después, todo se quedó parado y cada vez cierran más negocios durante el invierno. Ahora no hay ni un restaurante abierto. La gente va a caminar al puerto pero no van de compras».
«Cada vez que sale un nuevo alcalde, viene y promete que arreglará los problemas del barrio pero la realidad es que nunca más vuelven a pasar por aquí»
Andreas Ordowski cree, sin embargo, que hay soluciones para mejorar. Y pone como ejemplo la necesidad de agilizar la apertura del Museo del Mar, que se está construyendo al final del puerto; la realización de «todo tipo de actividades y para todos los intereses» en el casco histórico y «bonificaciones de verdad a quienes abran todo el año, no solo para las terrazas».
En la calle del Bisbe Azara, Jean Paul Sánchez también mantiene abierta su tienda Re:volver en invierno. El negocio abrió sus puertas hace 18 años y su propietario nunca se ha planteado cerrar en los meses de la temporada baja. «Yo abro por responsabilidad y por una cuestión de imagen», explica, «tenemos clientes que son residentes en la isla y en los fines de semana viene también gente de fuera. Estamos aquí, pagamos nuestros impuestos y nos va bien». Sánchez, además, considera que es también una cuestión de profesionalidad porque su negocio «es de moda» por lo que ofrece a sus clientes «colecciones de otoño-invierno también».
Responsabilidad
«Si la conectividad mejorara en invierno sí habría actividad porque vendría gente y eso haría que los negocios abrieran»
Aunque cree que «el Ayuntamiento siempre puede hacer más», deja claro que no cree que dependa de la Administración el que en estos barrios haya o no actividad durante la temporada baja: «el Ayuntamiento ayuda teniendo las calles limpias y en orden. Abrir o no es responsabilidad de los propios comercios».
Jordi Sala es el propietario de la joyería Wesselton Ibiza, ubicada en la calle Rimbau y que también abre a lo largo de todo el año. Lleva ya dos décadas en el barrio y explica que solo cierra dos semanas en marzo por vacaciones. «Nosotros somos una joyería exclusiva con clientes de toda la isla y de segundas residencias», señala, «no necesitamos tanto la gente de paso aunque, obviamente, vendemos más en verano. Pero tenemos la obligación de mantener abierto en invierno por una cuestión de garantía y confianza para nuestros clientes y por prestigio». Y es que «sean a no turistas, los clientes necesitan saber que, si pasa algo, serán atendidos».
Sala asegura que la Marina este invierno «está bien» en cuestiones como la limpieza. En cuanto a la seguridad, comenta que «es algo que no ha cambiado en 20 años». Y añade: «Tienes locales cerrados, calles solitarias y gente que solo pasa para subir a sa Penya. Nosotros, de todos modos, tenemos suerte porque estamos más cerca del paseo de Vara de Rey y hay varios comercios abiertos alrededor».
Para este joyero, la baja actividad en estos barrios históricos en invierno está estrechamente relacionada con la falta de vuelos directos a la isla durante la temporada baja. Si la conectividad aérea mejorara, considera, «sí habría actividad porque vendría gente y eso haría que los negocios abrieran». Y tiene claro que de poco sirven las acciones del Ayuntamiento para dinamizar si no hay conexiones aéreas durante el invierno. Enumera como segundo problema del barrio la falta de aparcamientos, que «frena mucho a la gente a la hora de venir aquí». Entiende que se tomen medidas como la implantación de la zona ACIRE en beneficio de los residentes en la Marina pero, a la vez, asegura que sin estacionamientos cercanos, será muy difícil activar la vida en este barrio.
D.e.p. Ibiza