Pedro Domínguez (Morón de la Frontera, Sevilla, 1956) llegó a Ibiza siendo apenas un adolescente y terminó construyendo en la isla toda su vida. Hijo de una familia trabajadora, empezó a recorrer España de niño junto a su padre camionero y, tras instalarse en Ibiza en los años setenta, trabajó en la construcción, en hoteles y más tarde en la brigada de obras del Ayuntamiento de Vila. Su testimonio recorre la transformación social de la isla, desde la vida en Sa Penya en los años de la heroína hasta las luchas laborales dentro de la administración municipal.
—¿Dónde nació usted?
—Nací en Morón de la Frontera, en Sevilla. Yo fui el tercero de los seis hijos que tuvieron mis padres, Juan y Rosario. Mari y Ana eran las mayores, después de mí venían Conchi, Juan y Chari.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—Mi madre trabajaba en casa. Para criar a seis hijos como lo hizo ella hay que ser una gran mujer, y ella lo era. Ella es lo más grande que he tenido en mi vida. Mi padre era camionero, repartía primero fruta y después pescado por toda la Península. También estuvo trabajando transportando material de obra cuando construían la base aérea de Morón. Pero eso fue antes de que yo naciera.
—¿Fue al colegio?
—Muy poco. El colegio no me gustaba mucho, aunque siempre me ha gustado leer todos los libros que he podido. Siempre me dormía con el libro encima (risas). Sin embargo, dejé el colegio con solo 11 años para ponerme a ayudar a mi padre. Como le pagaban el extra de llevar a un ayudante y mi madre no trabajaba fuera de casa, así colaboraba en la economía de mi familia. De esta manera recorrí toda España (Madrid, Barcelona, Salamanca, Alicante…) siendo tan solo un niño, acompañando a mi padre en la cabina del camión, un Pegaso Comet 1090 con dirección mecánica. ¡No veas los callos que tenía mi padre en las manos por el volante! Dormíamos en una cama de la misma cabina del camión y, cuando estábamos unos días en un lugar concreto, nos íbamos a un hostal. Mi padre era mi mejor amigo y compañero. Él me enseñó todo lo que sé: a ser honrado y trabajador.
—¿Guarda algún recuerdo de infancia de su Morón de la Frontera?
—Recuerdo que junto a la base americana estaba la finca ganadera del Conde de la Maza. Había un hombre, un tal Pepillo, que era afilador, que solía colarse en la finca para torear alguno de los toros que había por allí. Para que no le engancharan la ropa, el tío se ponía a torear en pelotas (risas). ¡Los tenía bien puestos! Con el tiempo acabó como peón banderillero dentro de la cuadrilla de Jesulín de Ubrique.
—¿Estuvo mucho tiempo trabajando en el camión con su padre?
—Hasta que me fui a Ibiza cuando tenía 13 años. Mi madre y mis hermanas mayores se fueron a trabajar a Ibiza un par de años antes para trabajar en uno de los hoteles de Matutes, el Algarb. Al cabo de unos meses me vine yo. Matutes nos pagó el taxi desde Morón hasta Valencia y el barco a Ibiza. El resto de la familia —mi padre y mis hermanos pequeños— vinieron unos meses más tarde.
—Aunque usted ya había viajado por toda España trabajando junto a su padre, ¿qué impresión tuvo a su llegada a Ibiza?
—Esto era otro mundo. Tened en cuenta que yo venía de un pueblecito muy pequeño, triste y pobre donde crecí junto a gitanos y mencheros. En Ibiza he vivido los mejores años de mi vida.
—¿Se puso a trabajar en Ibiza?
—Sí. Yo también trabajaba limpiando el hotel Algarb mientras lo estaban terminando de construir junto a mi madre y mis hermanas. Mi padre siguió como camionero trabajando con Tomas, Xiquet Pou y, más adelante, con los autocares de Maimó. Mis hermanos pequeños todavía iban al colegio. En el hotel nos daban comida y cama, pero como el Algarb estaba en construcción nos tenían en el hotel Don Toni, que luego sería el Hard Rock. Cuando terminaron de construir el hotel estuve dos temporadas trabajando como botones, mientras mi madre y mis hermanas eran camareras de piso.
—¿Por qué dejó de trabajar en el hotel tras dos temporadas?
—Porque enseguida me di cuenta de que fuera del hotel se ganaba más dinero, así que me puse a trabajar en la obra con distintos contratistas. Había muchos contratistas que eran bastante piratas, así que cuando empezaba a trabajar con alguien nuevo, al cabo de un mes me iba al médico para comprobar que estaba dado de alta en la Seguridad Social. Siempre he luchado por mis derechos sin dejar de entender que los empresarios también tienen los suyos: el empresario debe ganar su dinero, claro, pero los trabajadores también. Si no hubiera luchado por mis derechos no tendría los 42 años que tengo cotizados.
—¿Dónde vivía con su familia en Ibiza?
—Después de estar en el hotel, mi madre alquiló una casa en Casas Baratas. Después, en 1978, nos fuimos a vivir a Sa Penya. Allí estuvimos bastante tiempo, hasta los años 90, cuando nos mudamos a Cas Serres. Esa fue la época en la que llegó la heroína a Ibiza. Tuve que saltar por encima de muchas personas muertas en aquella época. Algunos amigos y conocidos también murieron por culpa de esta droga. Gente de todo tipo, también personas con buenos empleos y una buena vida, cayeron en la droga. Las drogas están para disfrutarlas con conocimiento, no para que te atrapen y te maten. Lo mismo que la bebida: hay que beber para disfrutar, no para ponerte asqueroso.
—¿Fundó su propia familia?
—Sí. En 1977 me casé con Mari Cruz, a quien conocí mientras ella trabajaba en el kiosco de prensa de Vara de Rey. Tuvimos tres hijos: Jorge, Vanesa y Manuel, pero nos separamos en el año 2000. Después tuve a mi hijo Pedro con mi actual pareja, Balbina.
—¿Trabajó siempre en la construcción?
—No. A principios de los 80 hubo un parón muy grande y comencé a trabajar para el Ayuntamiento de Vila en la brigada de obras como peón, aunque pronto me puse como conductor de un dumper. También estuve unos dos años trabajando como enterrador y unos años más —cinco o seis— poniendo lápidas para sacarme un extra. Nunca me asustaron los cementerios; de hecho, siempre me han gustado. Con 55 años, por culpa de dos tumores (uno en el páncreas y otro en la vejiga), tuve que retirarme definitivamente.
—¿Qué recuerdos guarda de esa larga etapa?
—Que las jornadas de trabajo de la brigada eran partidas, de 8 h a 13 h y de 15 h a 18 h, mientras que el resto de funcionarios tenían la jornada continua. Además, no teníamos ni uniforme ni equipaje ni botas de seguridad ni nada. Así que estuve organizando el comité de empresa junto a un par de compañeros. Durante un año y medio estuvimos recogiendo firmas, casa por casa, pero muchos eran reacios. Eso sí, cuando lo conseguimos a todos les pareció bien (risas). Los esquiroles siempre se han beneficiado de la lucha de los demás. Luchar por los derechos de uno mismo es luchar por los derechos de todos los demás. Nací en el seno de una familia obrera y soy de izquierdas hasta la médula.
—Entonces lograron sus reivindicaciones.
—Así es. Estuve 13 años como enlace sindical y fue Enrique Fajarnés, a quien considero el mejor alcalde que ha tenido Ibiza, quien firmó el convenio en contra de lo que le recomendaba todo su equipo de gobierno.
—Nos ha contado que es «de izquierdas hasta la médula». ¿Qué percepción tiene de la izquierda española?
—De decepción. El primero que me decepcionó fue Felipe González, que igual que Alfonso Guerra escondió la cabeza durante el golpe de estado de Tejero y ahora los dos son multimillonarios. Los socialistas de Ibiza también me decepcionaron. Enrique Mayans es el único buen socialista que he conocido en Ibiza. Anguita y Camacho también me gustaban, pero ahora todos los sindicatos están vendidos. Ya no siento que haya izquierdas. A veces hasta me dan ganas de votar a Vox (risas), pero yo he vivido el franquismo: en el colegio nos hacían rezar y cantar el «Cara al sol» cada mañana y he corrido delante de la Guardia Civil. Esta gente, los de Vox, son una trama que dicen que solo se preocupan de los españoles; eso significa que son unos racistas y el racismo nunca ha sido bueno. Con estos solo podemos ir para atrás.
—¿A qué dedica su tiempo ahora que está jubilado?
—A caminar, pasear a mi perrita Cris, que me la traje de Santo Domingo (Balbina es de allí y vamos siempre que podemos), ya conversar con las personas. Siempre he tenido empatía con todo el mundo.