En el interior de una habitación prácticamente a oscuras, Amalia trata de acertar a golpear las figuras que van apareciendo en una mesa interactiva. Lo que podría parecer un simple juego forma parte del tratamiento de movilidad y autonomía que Amalia, una mujer que lleva una década diagnosticada de Alzheimer, lleva a cabo como parte de su terapia ocupacional gracias a la Tovertafel -la herramienta que proyecta las imágenes-. «Estábamos matando monigotes», asegura ella, poco después, preguntada por si recuerda que es lo que estaba haciendo hace apenas unos minutos. La enfermedad neurodegenerativa que padece no le ha quitado la vitalidad, ni tampoco la simpatía que le caracteriza, aunque sí que le borra ya algunos recuerdos.
Tiene 85 años y el próximo 29 de septiembre cumplirá 86. Vive en la residencia Sa Serra desde hace apenas un par de meses, más concretamente, desde el 9 de julio. Su hija Amalia —igual que ella— constituye su principal apoyo en el día a día, pues es la única de los hermanos que vive en la isla. Adelaida y Gonzalo, los otros dos hermanos, viven en Navarra, y acuden una vez al año a visitarla. «Venía con la duda de si mi madre me reconocería después de un año, pero en cuanto he llegado, me ha llamado por mi nombre», asegura Adelaida, en su visita de este viernes.
Precisamente este lunes 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer. Amalia lleva diez años diagnosticada y, durante la inmensa mayoría de ese tiempo, la enfermedad no tuvo una incidencia a la altura de lo que podría imaginarse. «Llegamos a dudar de que el diagnóstico fuera el correcto», asegura Gonzalo, sobre la autonomía que presentaba su madre.
Los indicios de la enfermedad
Los primeros avisos llegaron por la cocina. «Cocinaba y se olvidaba de poner alguna especia que era esencial para ese plato, que era típico y que ella sabía que lo llevaba porque siempre lo hacía», explica su hija. Después vinieron los nombres cambiados y, posteriormente, desorientaciones en la calle. Por ello, la llevaro al médico, y llegó el diagnóstico, todavía en una fase muy inicial.
Precisamente este diagnóstico tan temprano, con la medicación adecuada, permitieron extender la autonomía de Amalia, que durante años se preparaba ella misma el pastillero de la semana. Había dejado de cocinar y había cosas que ya no hacía, pero se valía. En ese momento le ofrecieron plaza en el centro de día, a lo que Amalia le replicó a su hija que no le llevara. «Me daba miedo lo desconocido», reconoce ahora, con una lucidez sorprendente.
A peor
Todo empezaría a cambiar hace dos años y medio, cuando después de un pequeño ictus, su hija se fue a vivir con ella. Sin embargo, el derrumbe llegó antes de las últimas Navidades, debido a una infección de orina. «Empezó que no caminaba, que no caminaba», cuenta Amalia, la hija. Cuando se curó la infección, no recuperó esa fuerza en las piernas.
A partir de ahí todo fue muy rápido. Primero dejó de andar, pero aún se aguantaba de pie. Después ya ni eso. Se pasaba el día dormida, no hablaba, no estaba comunicativa. De la cama a la silla y de la silla a la cama. Dejó de reconocer a la gente, incluso a su propia nieta.
El ingreso
Con la enfermedad yendo a peor, se le ofreció una plaza en la residencia Sa Serra. Aunque al principio tampoco quería dar el paso: «no sabía con qué me iba a encontrar. No sabía qué gente me iba a cuidar, lo que iba a pasar», ahora la mujer no duda: «aquí estoy muy bien. Todo el mundo se preocupa mucho por mí y me trata muy bien». El miedo a lo desconocido ha dejado paso a una experiencia que está resultando más que positiva para la mujer. «No ha dejado de mejorar desde que entró aquí», asegura su hija Amalia.
Prueba de esa mejora es que se encuentra más participativa en las conversaciones, e interactua de nuevo con su familia. Su única asignatura pendiente es socializar más con otros residentes «aquí todo el mundo está a lo suyo», asegura la mujer, riendo de su propia afirmación. Las rutinas que tienen en el centro, aseguran las hijas, le está ayudando.
Amalia ha sido consciente de todo el proceso: «yo notaba que me olvidaba de cosas, pero no podía hacer nada», asegura. Sobre las consecuencias de la enfermedad, se pone reflexiva para expresar que lo que de verdad echa de menos es andar: «antes con un carrito podía andar, ahora no me puedo mover si no me llevan a los sitios».
Por último, Amalia, la hija, aprovecha para lanzar un mensaje: «que la gente sea consciente de que esta enfermedad es muy dramática. A mí me da miedo cuando mi madre pierda ya todos los recuerdos, que no nos conozca». Pide colaboración, investigación y algún tratamiento que frene la enfermedad o que al menos sea más efectivo que los que hay. «Nosotros estamos contentos porque ya lleva diez años. Pero ojalá dure veinte más», concluye.
En Sa Serra viven 91 personas, unas 30 de ellas con Alzheimer. De la terapia ocupacional se encarga Amelia Ramón, quien trata de que todos los pacientes, especialmente los que estén en un estado temprano de la enfermedad, puedan mantener la maxima autonomía posible. Porque el Alzheimer se cuela por lo cotidiano. «Se les olvida realizar algún paso, o cómo tiene que ponerse una camiseta, o cómo tienen que coger el cubierto para llevarlo a la boca», ha explicado la terapeuta. Por eso se entrena la ducha, el vestido, el aseo y la comida, y se adapta lo que haga falta adaptar.
Actividad hay todos los días, porque al equipo técnico se suman la psicóloga, la animadora y los fisioterapeutas, que se reparten las plantas para que ninguna se quede sin nada. Sin embargo, es ella la única terapeuta ocupacional del centro, algo que lamenta porque es una carga de trabajo que se haría más viable «con un compañero o compañera más».