Con el corazón en un puño, la paciencia al límite y un amago de infarto en el tiempo de descuento, la UD Ibiza cumplió su cometido. No fue una mañana de brillo deslumbrante ni de fútbol desatado. Fue una batalla de resistencia, de fe inquebrantable. Y la resolvió como hacen los equipos que aspiran a algo más, insistiendo hasta derribar el muro. Un solitario zarpazo de Fran Castillo en la segunda mitad sirvió para derrotar a un ultradefensivo Tarazona y matiene vivo el pulso por el sueño del playoff.
Desde el primer latido del partido, la Udé asumió el mando. El balón tenía dueño; el ritmo, también. Sin embargo, faltaba la chispa devastadora de otras jornadas en Can Misses, aquella versión arrolladora que convertía cada ataque en una amenaza real. Esta vez, el dominio era espeso, denso, chocando una y otra vez contra la muralla maña: cinco defensores alineados como una trinchera, un bloque bajo dispuesto a resistir hasta la extenuación.
Los hombres de Miguel Álvarez no encontraban huecos. Se refugiaban en el talento diferencial de Izan y Fran Castillo, buscando en la inspiración individual la llave que abriera el cerrojo. Bebé, de regreso al once, no consiguió encender la mecha. Incluso perdió un balón en una de las acciones más prometedoras, símbolo de una primera media hora áspera y casi desesperante.
El tramo final del primer acto trajo el rugido de la grada. Fran Castillo y Bebé probaron al guardameta, que respondió con seguridad, como si también formara parte del muro. Y entonces llegó el instante que pudo cambiarlo todo. En el minuto 42, Fran filtró un pase quirúrgico en profundidad para Izan, de esos que dibujan el gol antes del disparo.
El extremo quedó solo ante el portero, pero chutó sorprendentemente fuera. Un lamento colectivo recorrió el estadio. Y es que el encuentro, trabado y con un rival que no concedía un centímetro, no estaba para desaprovechar este tipo de ocasiones.
Tras el descanso, la Udé regresó con otra mirada. Más vertical y decidida. Davo tuvo el gol en sus botas tras un pase de la muerte de Izan, pero no acertó a definir. La tensión crecía, el reloj avanzaba y el muro zaragozano seguía en pie.
Hasta que emergió la figura de Fran Castillo, que tomó la batuta y exigió el balón. En el 57, se plantó solo ante el portero, pero el meta volvió a imponerse. El árbitro pitó saque de puerta cuando debía haber señalado córner.
Miguel Álvarez movió ficha. Entraron Mazeya y Svensson en lugar de Davo y Bebé, ambos desacertados. El fútbol, caprichoso, decidió que la primera intervención del hispano-sueco fuese decisiva. Primer balón que tocaba y asistencia letal con un pase de la muerte preciso. Allí apareció, cómo no, Fran Castillo. Golpeó de primeras, con violencia y decisión. El balón besó el larguero y se hundió en la red, lejos del alcance de Amigo. El estadio explotó. Liberación, euforia, justicia y alegría se fundían en el aplauso de la afición local.
La misión parecía cumplida, pero el fútbol siempre guarda un último susto. En la primera aproximación tras el saque de centro, el Tarazona rozó el empate. Álvaro Jiménez apareció en el área pequeña, pero no conectó bien el remate. Fue un suspiro contenido que se transformó en alivio. Ramón Juan, hasta entonces espectador privilegiado, volvió a la calma.
En el tramo final, la Udé buscó la sentencia. Mazeya, de cabeza, y Theo Valls, con una semivolea poderosa, obligaron al portero visitante a lucirse una vez más. No hubo segundo tanto, pero tampoco hizo falta. Eso sí, el miedo se metió en el cuerpo de todos en el tiempo de descuento, cuando Cubillas, recién incorporado al terreno de juego, cabeceó a la red un centro de Álvaro Jiménez. Por unos segundos volaron dos puntos de Can Misses hasta que el árbitro, tras la revisión, anuló el gol por fuera de juego. La grada, esa misma que había enmudecido, volvió a explotar al no validarse el gol, de la misma forma que si la Udé hubiera marcado.
Los tres puntos se quedaron en casa por cuarta jornada consecutiva. Esta vez, no fue una exhibición, sino una prueba de carácter. Fue insistir cuando el gol no llegaba. Fue creer cuando el muro parecía inquebrantable. La UD Ibiza sumó tres puntos de oro para espantar los fantasmas del descenso y alimentar, una vez más, sus opciones de jugar el playoff de ascenso en una campaña en la que encadenar un par de victorias o derrotas te eleva al cielo o desciende a los infiernos. La Udé demostró que también puede ganar sin brillar, algo crucial en una liga tan igualada. El sueño sigue vivo.