Quiero trasladar a nuestros lectores mi anhelo de un 2026 de espléndida salud financiera.
Por salud financiera me refiero al sano equilibrio entre ingresos, gastos, ahorro y decisiones patrimoniales a lo largo del tiempo. Unas finanzas saneadas, equilibradas y en armonía con nuestra visión de la vida no solo generan riqueza material, sino salud mental y física. Se duerme mejor, sea disfruta intensamente de los momentos importantes y se experimenta menos estrés. La educación financiera es una herramienta clave para prevenir enfermedades monetarias y actúa como una eficaz vacuna frente a las malas decisiones económicas. Saber elaborar un presupuesto familiar, comparar y seleccionar préstamos hipotecarios, o evaluar el riesgo de una inversión son conocimientos esenciales. Conocer la tecnología implicada nos ayuda a operar con seguridad en banca digital y evitar fraudes cada vez más sofisticados.
Como la automedicación no es nada recomendable, muchas veces toca acudir a un «médico del dinero» para que nos recete la mejor decisión. Los bancos cumplen una función esencial en el sistema financiero, pero conviene no olvidar que su modelo de negocio se basa en la comercialización de productos y la obtención de beneficios, en demasiadas ocasiones en detrimento del interés del cliente.
El asesoramiento financiero independiente existe, pero no es fácil de identificar ni está exento de costes. Además, existe un problema estructural en nuestra sociedad: muchas personas no saben que no saben. Cuando no se percibe el riesgo, no se busca asesoramiento. El gran mal de nuestro tiempo, gestionar las finanzas personales siguiendo los consejos torticeros del vendedor de turno, bajo la falsa creencia de ahorrar el coste del asesoramiento independiente.
En demasiadas ocasiones, enfermamos y toca buscar remedio. El tiempo es un factor crítico. Una desviación leve en el gasto puede corregirse con ajustes razonables; una situación de insolvencia prolongada exige medidas drásticas. Si no se actúa a tiempo, la enfermedad puede cronificarse o volverse irreversible. Acudir a los tribunales para reclamar abusos o corregir desequilibrios contractuales es una opción, pero la operación suele alargarse y genera un importante desgaste emocional. Si la intervención judicial es exitosa para los intereses del afectado, la salud se restaura.
Pero en demasiadas ocasiones, una mala decisión financiera acaba en una enfermedad incurable.
La persona que conjuga acertadamente su capacidad de generar dinero, su forma de gastar e invertirlo, maximiza el bienestar personal y familiar. Así como hemos interiorizado la importancia de cuidar cuerpo y mente, mejorando nuestra alimentación, evitando una sedentaria, estableciendo mejores relaciones personales y disfrutando de un ocio saludable, aún no sabemos cuidar de nuestra salud financiera. No para ser más ricos, sino para ser más felices. La salud financiera no se improvisa ni depende de la suerte. Se construye con hábitos, información, asesoramiento y decisiones inteligentes.