Hace años que Menorca trabaja intensamente en diversificar su modelo turístico para reducir la dependencia estacional de los meses de verano y encontrar productos capaces de generar actividad, más allá de los meses de máxima ocupación. Sobre el papel, pocos elementos podrían encajar mejor en esta estrategia como el turismo cultural pero, sin embargo, la cifras demuestran que todavía se está lejos de conseguirlo. El estudio presentado en la Convención de Turespaña en octubre del año pasado y elaborado por la consultora de inteligencia turística Mabrian Tecnhologies, afirmaba que la cultura representaba más del 40 por ciento de las actividades turísticas comercializadas en España, consolidándose como el principal producto en el conjunto del país pero cuando se analizaba el caso de Balears, quedaba muy por detrás de naturaleza y turismo activo con tan solo un 19 por ciento.
Para el Presidente de la Asociación Balear de Actividades Turísticas (Abactur), Rafael Durán, que gestiona tres espacios emblemáticos de la Isla como son La Fortaleza de La Mola, la finca rural de Binissuès y el yacimiento talayótico de Torralba d’en Salort, el problema no es de potencial, sino de modelo, porque pese a su evidente riqueza patrimonial, Menorca todavía no ha sido capaz de convertir la cultura en un verdadero motor turístico.
TEMPORADA BAJA.
Abactur agrupa las treinta y ocho empresas más importantes de oferta turística especializada de Balears, de las cuales en Menorca, cuenta con cinco asociados. La entidad agrupa 8,9 millones de visitantes y tiene un volumen de facturación de 150 millones de euros. «En 2024 hubo un boom de visitas culturales según datos de la Fundació Foment de Turisme de Menorca pero el año pasado, no tuvimos el incremento que debería haberse dado», explica Rafael Durán. La Fortaleza de La Mola recibe anualmente 60.000 personas mientras que Binissues unas 12.000 y el monumento prehistórico de Torralba d’en Salort unas 28.000. «El empuje de la UNESCO de la Menorca Talayótica no ha hecho crecer las visitas y Menorca sigue todavía inactiva, buena parte del año», afirma.
Los meses de invierno continúan prácticamente fuera del mapa turístico y eso condiciona todo lo demás. «Enero, febrero o marzo son meses en los que apenas hay actividad, lo mismo que ocurre con noviembre y diciembre», detalla.
En este contexto, muchos espacios culturales adaptan su calendario a la demanda y concentran su actividad en los meses centrales, abriendo seis o siete meses al año y cerrando el resto. «El resultado es un círculo difícil de romper, porque sin oferta, no hay demanda y sin demanda, no hay incentivos para ampliar la oferta». A esta dinámica, Durán suma un condicionante que el sector lleva años señalando como es la conectividad. «Si no tenemos manera de venir, no venimos. Y si tenemos manera de venir pero no tenemos dónde dormir, tampoco venimos», resume Durán. Fuera de temporada, la reducción de vuelos limita cualquier intento de atraer nuevos perfiles de visitante, especialmente aquellos que podrían encontrar en la cultura una motivación principal para viajar. Pero incluso, cuando las condiciones acompañan, la cultura tiene que enfrentarse a otra realidad más difícil de gestionar. «Menorca compite consigo misma. La naturaleza, el litoral y el paisaje siguen siendo el gran atractivo del destino y lo son hasta el punto de eclipsar otras propuestas», comenta.
«La playa y la naturaleza son una competencia brutal para la propia cultura», admite Durán. El visitante que llega en verano, tiene una prioridad clara y la cultura queda relegada a un segundo plano, incluso cuando forma parte del valor global del viaje. A ello se añaden factores coyunturales que acaban de completar el cuadro. «El año pasado, por ejemplo, una ola de calor especialmente intensa afectó a los meses que tradicionalmente funcionan mejor para las visitas culturales, como abril, mayo o junio, reduciendo la afluencia a monumentos y espacios patrimoniales».
Son elementos que no dependen directamente del sector, pero que influyen en un producto que ya de por sí necesita más recorrido.
FALTA DE EXPERIENCIAS.
Con todo, limitar el análisis a factores externos sería quedarse a medias. «El turismo cultural en Menorca no solo tiene un problema de contexto, también tiene un reto de producto. El visitante ha cambiado y ya no se conforma con ver, necesita entender, participar y vivir una experiencia. El visitante hoy quiere contenido», apunta Durán. Y ahí es donde empiezan a aparecer las primeras iniciativas que apuntan hacia un cambio de enfoque. Algunos espacios han empezado a incorporar nuevos formatos que buscan conectar mejor con el visitante, desde visitas teatralizadas hasta recorridos al atardecer o propuestas familiares adaptadas a distintos públicos. También se están introduciendo herramientas digitales que permiten mejorar la interpretación del patrimonio, aunque todavía de forma muy limitada. «El hecho de que solo uno de los principales yacimientos talayóticos cuente con audioguías, es una muestra de ello», afirma Durán refiriéndose a Torralba d’en Salort.
«Lo curioso es que Menorca sí tiene cultura, y mucha. El problema es que no siempre está ordenada ni presentada de forma que el visitante la pueda consumir con facilidad. La isla combina patrimonio arqueológico, historia militar, tradición rural y una fuerte identidad que atraviesa también la gastronomía, el vino o incluso el mundo del caballo. Cuando hablamos de cultura en Menorca, hablamos de identidad», resume Durán. Sin embargo, este relato no siempre se traduce en una propuesta clara. «A diferencia de otros destinos, aquí no existe una guía evidente de lo que hay que ver o hacer. No hay un itinerario implícito que el visitante sienta que debe seguir. Y eso, que en parte forma parte del encanto de Menorca, también juega en contra a la hora de estructurar un producto cultural. Falta un listado de lo imprescindible», señala.
Otro elemento es que el sector, además, es pequeño. La oferta cultural organizada no es muy amplia y el número de operadores es limitado, lo que hace que el crecimiento sea necesariamente progresivo. Pero esta debilidad también puede ser una oportunidad. En un contexto donde la masificación es uno de los grandes debates, el turismo cultural permite crecer sin tensionar el territorio y aporta valor añadido al destino. Su desarrollo, además, podría tener un impacto directo en la desestacionalización y en la generación de empleo durante los meses de menor actividad. «No se trata tanto de atraer volumen como de generar continuidad. En este sentido, el mercado de proximidad aparece como una de las palancas más claras. Mallorca, con más de un millón de residentes a menos de una hora de distancia, representa una oportunidad evidente para activar escapadas culturales durante los fines de semana», concluye.