En Santa Eulària des Riu nos cruzamos cada día, especialmente al entrar y salir de dejar a nuestros hijos en el centro educativo. Nos vemos, nos miramos, convivimos. Y, sin embargo, mientras todo parece normal, hay situaciones que no lo son.
Algunos adultos se ríen como si todo fuera un espectáculo. Comentan como si solo existiera su versión de los hechos. Critican en corrillos, miran con desprecio e intentan intimidar con gestos o silencios. Mientras tanto, hay un menor que sigue sufriendo acoso. Sigue siendo señalado, estigmatizado y discriminado.
El acoso no terminó. No es algo del pasado. Es presente. Y sus consecuencias también lo son.
Las secuelas psicológicas no se inventan. La ansiedad no se fabrica. El estrés postraumático no se improvisa. La ideación suicida no es una estrategia. El daño clínico existe, está documentado y deja huella.
En España estamos viendo demasiados casos que han terminado en tragedia. Los nombres de Kira, Ilan, Lucía, Sandra o, más recientemente, una menor en Benalmádena, no deberían olvidarse. No son estadísticas: son vidas truncadas y familias que jamás volverán a ser las mismas. Pensar que «aquí eso no puede pasar» es una forma peligrosa de negación. El acoso no distingue entre municipios pequeños o grandes ciudades.
El acoso escolar mata. Mata la tranquilidad, la autoestima y la confianza. Y, en los casos más graves, puede poner en riesgo la vida.
Lo más grave no es solo lo que hacen algunos adolescentes. Lo más grave es que algunos adultos lo sostienen, también algunos padres. Lo sostienen cuando se ríen, cuando comentan en corrillos, cuando desacreditan a la víctima, cuando cuestionan secuelas documentadas, cuando actúan como si todo fuera una exageración, cuando no hacen nada y cuando, en lugar de actuar, solo critican.
Eso no es defensa. Eso es complicidad. Y cuando la complicidad adulta rodea el acoso, el daño no solo continúa: se fortalece.
También debe decirse con claridad que el acoso no siempre proviene únicamente de alumnos. El daño se agrava cuando los adultos no protegen, minimizan, desacreditan o miran hacia otro lado. Cuando quien debe proteger no protege, el daño es doble.
Pero detrás de todo hay una raíz más profunda: la educación que esos menores reciben en casa. Los valores que se transmiten, la empatía que se fomenta —o no—, los límites que se marcan —o no—. Si un menor humilla y encuentra justificación en lugar de corrección, el mensaje es claro. Si encuentra respaldo ciego en lugar de reflexión, el aprendizaje también es claro.
La forma en que educamos determina cómo nuestros hijos tratan a los demás. Y esa responsabilidad no es del colegio: es de los padres. Los hijos no nacen maltratadores; se forman en entornos donde el daño se justifica, se minimiza o incluso se aplaude.
Quizá su hijo o su hija estén participando en el sufrimiento de otro niño o niña. Quizá formen parte de burlas, exclusiones o comentarios que parecen pequeños, pero no lo son. Y usted, como padre o madre, tiene la responsabilidad de actuar: de preguntar, de escuchar, de corregir y de educar.
No de decir que «son cosas de niños». No de minimizar. No de mirar hacia otro lado porque resulta incómodo. Cuando el daño se normaliza, se consolida.
La verdadera protección no es negar. Es educar antes de que el daño sea irreversible.
Las secuelas no se inventan. El dolor no se inventa. La discriminación no se inventa.
Y el día que sus hijos crucen una línea más grave, será tarde para decir que nadie les advirtió.
Eduquen. Corrijan. Asuman.
La responsabilidad empieza en casa.